• Columna 7

POR SIEMPRE EN SANTA MARTA

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


Hoy me desperté recordando a mi patria, al pueblo en el que yacen los restos de mis abuelos, la bahía en la que nací, la perla que nadie se resiste a quererla, la tierra en la que la gente yerra, pero se alegra.


El paraíso en el que el mar nos recuerda lo bello que es amar. La ciudad en la que el viejo estadio Eduardo Santos nos evoca cuánto disfrutábamos ver al Unión Magdalena al balón patear y en el que nuestros corazones se alegraban al oír el pitán pitán.


La arena en la que sufrimos, pero también gozamos y de la que a nuestros nietos innumerables anécdotas contaremos.


Hoy recuerdo subir por la calle 19 o bajar por la 18 y detenerme en la casa de la familia Zapata y conversar con vecinos y desconocidos mientras nos despachaban sus aún famosas e inigualables arepas con huevo.


Añoro en las noches visitar el puesto de perros de Jimmy en el parque San Miguel, en el que al llegar, de paciencia es necesario gozar, si de un maravilloso perro caliente quieres disfrutar, pues de lo contrario te mandaba al Simón Bolívar a comprar, territorio en el que reinaba el extrovertido y bacán Pluto Laser, el propietario del puesto de perros hasta hoy más popular y tradicional.


Extraño recorrer los fines de semana el emblemático barrio Pescaito, la tierra que vio nacer al Pibe Valderrama y a la que con fervor le canta Carlos Vives en conciertos y parrandas.


Por momentos creo escuchar los gritos de alegría y ver el polvorín que se levantaba con cada zancada que los muchachos daban en el templo futbolístico de la castellana. A los padres aun observo persignarse y sonreír creyendo que había surgido la leyenda que los sacaría de la pobreza cuando sus hijos lograban un gol con la cabeza.


Cerca se encuentra el único barrio que tiene una tienda con piso alto en la que se reúnen los vecinos a consumir licor, referir historias, jugar cartas, macana, dominó, otros a chismosear y tal vez contar con la suerte de encontrarse con el Pibe Valderrama y escucharle sus anécdotas referir. Es la esquina en la que todos arriban a divertirse mientras sienten el tiempo transcurrir.


Santa Marta es la tierra en la que nuestros abuelos nos enseñaron que la lluvia será fuerte y habrá que recoger la ropa y guardar la fritanga cuando las nubes nos visiten desde Taganga.


Recuerdo las emotivas celebraciones en el parque San Miguel con ocasión a la Virgen del Carmen. Los eventos deportivos, los niños compitiendo, los adultos escalando el alto madero engrasado en cuya copa se alojaba el premio, mientras el popular Erasmo descansaba debajo de un árbol con su botella de Ron Caña. El eterno trabajador del parque y a quien seguramente la Organización Mundial de la Salud le declarará su hígado como órgano vital de la humanidad.


Añoro las noches de fuegos artificiales y las estampidas provocadas por las pelotas de candela. Por más que las mujeres gritaran, no había heridos ni quemados, no se detenían las procesiones religiosas y tampoco se caían los santos.


Qué decir de los campeonatos de microfútbol organizados por Kike y Adalín, generalmente arbitrados por Quime, que terminaban con tremendas muñequeras. Yo fui artífice de muchas de ellas.


Épocas en las que los jóvenes nos peleábamos y a la media hora nuevamente estábamos jugando, sin rencores, sin pasiones, era como si nada nos hubiera pasado.


Cuánto recuerdo las épicas batallas interbarriales con bolsas llenas de agua, las mañanas de boliche, tiradas de trompo, elevadas de cometa, las noches de peregrina, el yerbi, el escondido, la yuca o el fusilado y las alegres conversaciones con amigos y vecinos en las esquinas.


Al llegar diciembre, en mi piel siento la brisa fresca que me transporta a aquellas épocas bellas. Vive en mi el recuerdo de las celebraciones y las familias sentadas sobre los andenes. Abundaba la comida, los abrazos, el licor, la música alegre y se consumaban reconciliaciones por doquier.


Las mañanas del 25 era hermoso madrugar para ver a los niños sus juguetes presumir. Gozar por el arribo de los amigos y entre copas y canciones entonar el llanto por las amistades y familiares que al cielo partieron. Y no puedo omitir mencionar el paso alegre y presuroso del 31 para abrazar a mi madre cuando faltaban cinco pa´ las doce, para estrechar a mi vieja que, como decimos en la costa, se fregó durísimo el cuero para sacar a sus hijos adelante.


De lo expuesto y mucho más, guardo un feliz recuerdo de mi infancia, de mi primer beso, mi familia, mis maestros, mis amigos y mis hermanos.


Se trata de felices e inocentes anécdotas que me arrebatan un millón de sonrisas y me hacen olvidar los tragos amargos que en la adultez a todos nos ofrece la vida para que maduremos y nos forjemos como mejores personas.

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