• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: HOSPEDAR A PAULO FREIRE EN LA ESCUELA


Por: Fare Suárez Sarmiento.


Nunca antes había sido testigo del abundante caudal de seminarios, encuentros, conferencias y reuniones virtuales que tuviera como tema central la educación pública. Tampoco se tenía noticias del número sustantivo de grupos y organizaciones que ha venido dando cuenta de las calamidades académicas suscitadas por la pandemia generada por el coronavirus. La debilidad de todo el aparato educativo tanto oficial como privado, ha quedado al descubierto (según se ha dicho hasta la saciedad), aunque no ha sido suficiente la andanada de recetas didácticas y el alto grado de innovagogía propuestas por los expertos quienes han abrazado las urgencias de la escuela para seguir adelante con sus procesos de formación en los ciclos, niveles y grados correspondientes.


Una de las circunstancias de mayor relieve que se condice con el aluvión de teorías educativas, alude a la conmemoración del centenario del natalicio del brasileño Paulo Freire, nombre que ha habitado los escenarios de las diversas plataformas desde donde se ha elevado la voz en procura de un eco nacional para que la escuela colombiana disponga los oídos y fortalezca las voluntades de sus agentes. No sería descabellado afirmar que todos los maestros han entrado en contacto audiovisual con las tesis freiriana, sin importar las rivalidades teóricas, ni mucho menos atender las concepciones ideológicas. De todas maneras, la obra de Paulo Freire ha de entrar en la escuela ya no como invitado ocasional en un momento circunstancial, como suele ocurrir con los grandes pedagogos, sino vestido con la gala de la necesidad. No cabe duda que los principios freirianos constituyen un imperativo para desatar las ataduras del estatismo escolar e imprimirle los alientos teóricos que la sitúen en este siglo.


Reconocer que la escuela pública es un espacio de confrontación de ideas y de prevalencia de una clase, es tarea de los maestros, y en esta gestión nos ayuda mucho Freire cuando nos confiesa: “no puedo ser profesor si no percibo cada vez mejor que mi práctica, al no poder ser neutra, exige de mí una definición. Una toma de posición. Decisión. Ruptura. Exige de mi escoger entre eso y aquello.”


Somos conscientes de que las políticas públicas jamás han considerado el pensamiento freiriano como fundamento para la formación en el ejercicio docente, sin embargo, el eidis curricular trazado desde la oficialidad emite unas señales fundadas en la autonomía, que facilitan la entrada a los principios de la obra de Paulo Freire.


Admitamos la pandemia como una real ocasión para que la prédica del maestro se consolide como práctica en el aula. No tomo el riesgo de negar la formación del maestro –en parte– partiendo de las teorías críticas desarrolladas por autores como Peter McLaren. Henry Giroux, Michael Apple o autores que adoptan a Freire para fortalecer las investigaciones sobre la educación intercultural, de la talla de María Verdeja y Xosé Anton González. Pero sí me atrevo a afirmar que el acuerdo entre los maestros según las tesis freirianas es indiscutible, en razón a la admisión de las mismas durante los continuos encuentros con experimentados pedagogos, en los que la obra de Freire ha estado a la orden del día.


En atención a lo expuesto, nos alarma la enorme distancia objetiva entre el saber freiriano del maestro y el hacer cotidiano en el aula. Existen evidencias de la escasa presencia del pensamiento analítico en la escuela, porque en el contexto de las políticas neoliberales domina una especie de tsunami normativo como narcisismo normativo pedagógico desde el que se obnubila todo sujeto, aunque formalmente se enuncie al alumno como sujeto de la educación, de acuerdo con Miguel Andrés Brenner. Podemos percatarnos de la ausencia de Freire en consideración a que el centro del proceso educativo no es el alumno, sino la relación educativa, y en competencia a la escuela, es la comunidad educativa, escenario antropológico donde todos educan a todos, según la referencia del texto Pedagogía del Oprimido. El paidocentrismo como fulguración del proceso pedagógico sigue configurándose como fuerza hegemónica del neoliberalismo cuyo principio se centra y concentra en el fomento del individualismo como refuerzo del darwinismo pedagógico, raíz del estadio: ganar o perder que sustenta a su vez las consideraciones culturales: éxito – fracaso.


Aún hay mucho de donde echar mano para que la autonomía escolar conduzca hacia la liberación. La tenemos escrita, la construimos, fuimos coautores de la Ley que la contempla, pero hemos sido indiferentes frente al menoscabo de la letra que la legaliza y mudos sumisos frente a las voces que la legitiman. Nos ha dicho el referido Brenner que “mientras la resistencia se encuentre fragmentada no hay posibilidad de certezas, de ninguna de ellas, tampoco de liberación. A su vez, en la lucha docente tiende a ser más fuerte un posicionamiento reactivo que activo, pasivo que creativo, donde la resistencia predomina sobre la acción creadora.” Es esa barrera de oposición a las transformaciones la que ralentiza toda iniciativa de cambio; es esa resistencia (sobre todo interna) la que contagia a los sujetos – maestros y alumnos– con la actitud anoréxica que edifica los muros de indiferencia difíciles de derribar. Y está bien que la escuela exhiba su alto nivel de democracia, desde la permisión a que intervengan maestros en los procesos conducentes a interpelar con suficiente autoridad la validez de las teorías freirianas en la práctica académica.


En este presente, marcado por la desesperanza con un futuro hipotecado por la incertidumbre, bien vale la pena preguntarle a la escuela si la cuarta revolución industrial demanda un sujeto aferrado a las predicciones del maestro o si en su lugar, es necesario cosechar el espíritu de búsqueda, explorar líneas investigativas que acerquen a los niños y jóvenes al conocimiento de las verdades que se ofrecen como verdaderas, pero que ellos no se encuentran formados para controvertirlas. Si llegara a ocurrir de otra manera, nos hallaríamos en proximidad con la pedagogía de la liberación freiriana, en el más alto grado. En suma, la escuela hospedaría sin equipaje el pensamiento de Paulo Freire e iniciaría la fase de expulsión de la heteronomía colonial hasta que la pedagogía recupere su sentido incluyente, libertario y esperanzador. De hecho, la escuela enriquecería su valor de claustro con el agregado de escenario de diálogo y búsqueda de significados sin la presencia sustantiva de héroes o heroínas, solo con el rumor de voces de niños, jóvenes, maestros, padres, madres; en fin, comunidad educativa y de aprendizaje. Cuando Paulo Freire logre estacionarse en la vida escolar los despertares serán enriquecedores, las visiones de mundo cerrarán las puertas al fatalismo criado por la pobreza. Los admass, los outsiders, podrán contar con un pedazo de suelo donde sembrar sus sueños y la utopía dará paso a una eutopía que afianzará los ideales de la comunidad de aprendizaje en la reinvención de la escuela. Una escuela en la que el escándalo infantil se burle del silencio forzado, obligado, censurado por el rigor histórico del maestro.


Cuando Freire llegue a la escuela y nos convide al disfrute de la enseñanza con pasión motivadora para que el espíritu creativo y la sensibilidad de los alumnos se riegue por todos los rincones del aula, entonces, sí, brotará el aprendizaje que mantendrá ávido al pensamiento y abrirá las puertas al análisis y posterior expresión de las ideas vestidas con el sentido de la coherencia.


No creí pertinente declarar con la puntualidad debida a través del contenido de sus obras, aquella filosofía de la enseñanza que convirtió a Paulo Freire (1.921 – 1997) en la luz que pudo haber hecho brillar la educación pública desde hace más de cincuenta años, pero que la resistencia parida de la tradición, la comodidad y la costumbre –por un lado– y la nesciencia y el miedo a la transformación de la escuela –por el otro– erigieron muros inexpugnables que tal vez la pandemia ayude a saltarlos hacia el otro lado, hasta allí, donde la escuela de la esperanza ya abrió sus puertas.


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