• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: EQUIDAD EN DEMOCRACIA

Actualizado: sep 12

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Cuando un vocablo se instala en la conciencia colectiva se convierte en elemento esencial de la canasta social. Todo el mundo lo usa y lo abusa porque se asume como un imperativo de la moda. Pocos se detienen a tratar de comprender de la mejor manera el significado literal que los pueda acercar al verdadero contenido semántico. Así ocurrió con el término democracia. Desde el comienzo de su aparición pareció un dulce en la boca de niños. Se paladeaba, se saboreaba y se tragaba sin saber de qué estaba hecho, ni quién o quiénes aprovecharon la oportunidad de acuñarla en el ideario de la gente para que las distancias sociales quedaran bien disimuladas y hasta sepultadas con la máscara de la desfachatez discursiva, como nos lo recuerdan Marx y Engels cuando afirmaron que “la ideas dominantes tendrán una forma tanto más general y amplia cuanto más forzada se vea la clase dominante a presentar su interés como el de todos los miembros de la sociedad” aunque la verdadera trampa que asalta y corrompe la ingenuidad de los otros es que la clase dominante en la voz de los todotenientes expresa una de sus más elocuentes habilidades presentando sus propios intereses como si fuesen colectivos. Además, cuando se refieren a los dominados les asignan el honor de “sujetos de derechos” a quienes el Estado les otorga todas las “garantías constitucionales” para el ejercicio de la ciudadanía. De esta manera, la democracia traduce en realidades sus principios, filosofía y sentido social. No hay duda de que hemos venido asistiendo a encuentros dadivosos de los gobiernos con multitudes de pobreza, quienes se sienten aludidos con los discursos oficiales incluyentes y con una mano generosa extendida para que la miseria se esconda por algún tiempo, mientras los escogidos por Dios se inventan nuevas fórmulas de ilusionismo. Aún resuena en labios patrioteros de congresistas, políticos y sindicalistas la palabra democracia cuando el orden social se altera y las fuerzas armadas intervienen para preservar el Estado Social de Derecho, escenario natural para la práctica democrática. Es decir, en nombre de la democracia y por la democracia los gobiernos legitiman los bombardeos y las masacres, hasta el extremo de esconder sus actos como eventos subliminales que no admiten conmiseración ni muestras de dolor. Razón de sobra para desmanchar los titulares de prensa cuando expresan que “N cantidad de salvajes guerrilleros narcoterroristas fueron “dados de baja” en combate, no a mansalva ni acribillados sin piedad alguna.


En fin, los ultrajes de los que ha venido siendo objeto la democracia en la mayoría de los países del mundo, han hecho añicos el significado. Ahora, cada uno de sus pedazos se utiliza de acuerdo con las necesidades coyunturales de carácter político, militar, económico y hasta religioso. Incluso para invadir naciones y destrozar vidas inocentes con la falsa retórica de “preservar el orden y garantizar los derechos de los civiles”.


La equidad, como una de las más fuertes expresiones del ejercicio democrático, tiene necesariamente que sufrir los rigores de la desemantización, burla y perversión de la ilusoria práctica democrática.


En realidad, la democracia solo se adoptó como sistema por los atenienses. El mundo contemporáneo la interpretó en un estricto sentido filosófico de la vida y de las relaciones entre los hombres. La modernidad la asumió como un estado de expresiones axiológicas compartidas, con cultura propia y orden social igualitario en cuanto derechos y deberes ciudadanos; algo así como lo más próximo al socialismo, con fuerte arraigo en la tradición histórica y en la repetición cíclica de los modos de hacer y de pensar de las generaciones. Esta es la forma que más acerca al individuo al concepto de felicidad.


Pero volvamos a la equidad, uno de los engendros más perversos del contenido y espíritu de la democracia. Tal vez el mundo civilizado esperaba mucho más de la Asamblea Nacional Constituyente francesa cuando aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano el 26 de agosto de 1.789. La promulgación de igualdad expresada en su artículo primero: “Todos los hombres nacen libres e IGUALES en dignidad y derechos...” fue asumida como un salto al vacío, superado tenuemente solo dos años después en 1791 por la proclamación de la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadanía de manos de Olympe de Gouges. Fue por la puerta de atrás como la mujer alcanzó a entrar en la historia de los Derechos Humanos Universales. Decimos “entrar” en sentido lírico. Los discursos reivindicativos y de reconocimiento igualitario llenaban columnas de prensa sin que ello atenuara la marginalidad social, la discriminación laboral y-desde luego- la forzada sumisión de género.


La equidad les ha hecho mamolas a todos los esperanzados en un mundo justo, bendecido por un espíritu solidario y con una fiebre muy alta de altruismo; aunque no todos la entendemos como la distribución equitativa de la riqueza, en estos países donde lo que sin dudas mejor se distribuye es la pobreza. La riqueza es de los ricos, el problema de la inequidad es que ellos también son propietarios hasta del aire que los pobres usan. La equidad es mucho más que dinero y poder. Si la asociamos con el reconocimiento y respeto al derecho natural a la vida, a la honra y a la dignidad de la persona, tal vez, la división de clases –aunque irreconciliable– no sería determinante a la hora de pensarse como sujeto social que sueña con que su cuerpo y su alma vayan a donde dice el cura en misa, en lugar de ser objeto de engaño y la voracidad de los gusanos no los deje subir al cielo.

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