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PALABRA DE MAESTRO: ACERCA DE LA POLARIZACIÓN POLÍTICA

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Cuando nos referimos a Colombia, en cualquier sentido, osamos creer que somos los que más, en la mayoría de los casos; o los que menos, en unos pocos. En realidad, los vacíos conceptuales para emitir juicios acerca de lo que yace más allá de la superficie, conducen a pensar que el país siempre ha sido un océano de ignominia, vergüenza, y fuertes cargas de odio que desbordan los límites, incluso de los gobiernos donde se sostienen de pie la egocracia y la tiranía. Y ostenta los eslabones más bajos, en aquellos escenarios paradójicos del tipo del exministro de la guerra Juan Manuel Santos, exhibiendo el trofeo de Alfred Nobel de la paz.


Lo anterior, le debe mucho a las dos visiones ideológicas que han coexistido en la vida republicana. Pero no aludimos a ideologías políticas per se; hablamos de las conciencias de clase que por muchas máscaras que porten los unos, no admitirán el reconocimiento bíblico dictado en el segundo mandamiento de la Ley de Dios: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”; mandato que no ha salido de sus páginas en formato divino; no obstante, la tradición judeo cristiana, y el ya casi extinto poder de la iglesia sobre la inocencia religiosa de los fieles. Riqueza y pobreza no pueden asumirse como vocablos antónimos. Ellos constituyen un ser, un sentir y un hacer que los diferencian por encima del tener. La polarización del país es una entelequia utilizada para satanizar todo lo que esté o haya quedado por fuera de una clase; como también una realidad traducida en narrativa para divinizar el sueño del futuro dentro de la otra clase. Si deseamos justificar la existencia de los extremos en la sociedad colombiana, tendremos que aferrarnos a la creencia de que, en efecto, vivimos dentro de los preceptos de la democracia. Esta afirmación deriva de la vigencia de los otros sistemas distintos de la estructura política de Colombia, casos Nicaragua, Venezuela y Cuba, para no salir del patio latinoamericano.


No se trata de vindicar la histórica presencia de los dos partidos que se jugaron a Colombia al cara y sello; pretendemos restablecer en el imaginario nacional la admisión de que la polarización no es un asunto novedoso; hemos vivido ligados a la presunción de que los partidos o movimientos han sido producto de formación ideológica, ocultando las motivaciones económicas cuyos profundizan cada vez más las relaciones de clase. Una mirada romántica y hasta generosa, conduce al ciudadano a la aceptación de que estamos frente a un disenso político, un simple y llano desacuerdo entre la derecha ortodoxa y la izquierda ramificada. Toda la máquina publicitaria apropiada y manipulada por la derecha, orienta el pensar del colombiano desprevenido, aquel que se sienta frente al televisor mientras almuerza. Resulta obvio que el proceso de la deglución alimentaria interfiere con la capacidad disquisitiva. De igual manera, las alocuciones con tono y sentido catastrófico, resienten los sentimientos si los contenidos parcelados y sesgados provocan conmiseración y, hasta catarsis, cuando se refieren a la inminente pérdida del empleo, por ejemplo. No hay polarización, solo asistimos a un temblor sísmico de clase, un terror que se alimenta y crece cada vez que el gobierno da una pincelada a las fórmulas reformistas, ya mordidas, ya desmembradas en su esencia, en nombre de la democracia. Así es como se interpreta y adopta la participación de los partidos políticos en las hondas definiciones de otra Colombia.


Da grima ser testigos de las extorsiones políticas para mantener los mordiscos en la pulpa de las reformas propuestas. Son esas pulpas jugosas las que han propiciado la postración social del país y sus magnates -muchos operan desde las sombras- han transformado el significado cultural del delito. Pocos ciudadanos les temen a las sanciones jurídicas por el pillaje al erario; ya es un lugar común el tráfico de toda índole, pero por encima de todo, el de la contratación tanto pública como privada. Ella es la fuente de mayor musculatura para que los ricos se vuelvan mucho más ricos, mientras que la clase media echa tierra a la ética y sepulta las tradiciones y las buenas costumbres con tal de emularlos. Muchos se mofan del juicio moral, al mismo grado que les importa un bledo que les sumen nuevos apodos degradantes.


Nos duele a los colombianos observar como una torta tan nutrida y vigorosa, diseñada para que más del setenta por ciento de los niños alcance la fortuna de llegar a viejos, cargados de esperanza, llenos de historias dignas de ser contadas, tenga que repartirse entre un puñado; que los parásitos, las gripas y las muertes por inanición se pierdan en nuestra memoria, y que las lombrices no se extrañen de ser visitadas por alimentos sanos y dignos.


En este albañal legislativo hallamos los más avezados mercaderes, defensores de sus intereses económicos, como también estradiotes que venden su alma al mejor postor. El poder investido no ha de alcanzar para satisfacer las afugias de la gente que habita la otra orilla. La efusividad de los discursos en campaña, se ha traducido en un tenue rumor nostálgico, casi un susurro, que por fortuna todavía no ha logrado invadir de desesperanza a los que hemos venido caminando por los pretiles, a hurtadillas. Ya los pasos firmes no están dejando huellas; aquella torta adornada con gajos de ilusiones se ha venido adelgazando, cortada en tajos como la pizza.


Con el estribillo de la polarización, la fortaleza ideológica y el altruismo social del gobierno expandió los brazos con el objeto único de consolidar acuerdos nacionales, que enviarán el falso mensaje de que la unidad y el consenso político en Colombia estaban como el Pibe Valderrama. Tal vez, no se esperaba que el costo de ese fláccido consenso fuera tan alto que es posible que, de la torta, el pedazo mayor que correspondía a los innominados, haya que subastarlo en cocteles en el Nogal para disimular la inminente derrota.


Cuesta admitirlo; es cierto, pero la historia se ha escrito de esa manera, y para preservarla, nos han mantenido drogados con asiduas dosis de fútbol, sensacionalismo noticioso, WhatsApp, Tik tok y apertura indiscriminada al protagonismo del adolescentrismo. Nos han forzado a la entrega de todos los espacios. Ya no hay cantina donde escuchemos a Daniel, a Pirela, a la Sonora, y otros muchos. Las han ocupado los muchachos en un bien planeado -desde afuera- desplazamiento sociocultural.



No hay polarización, sino un presidente que creyó llegar a tener el control sobre las estructuras económicas, políticas y sociales del país, y un sector fortalecido históricamente por la identidad de clase y por el amasamiento hiperbólico e incesante de su alcancía familiar. Las posiciones antagónicas se declaran cuando las reformas planteadas por el gobierno tienden al menoscabo, desdoro y suspensión de la rentabilidad financiera, derivada de la succión inmisericorde de la hacienda pública.


Al margen de toda esta maraña política, es preciso recalcar que Colombia no está en manos de un gobierno de izquierda. Un amplio sector del pueblo, fraccionados en trabajadores, asalariados, desempleados, muchos de clase media, y unos pocos embuchados de la burguesía criolla, nos aferramos -por pura ilusión- a esa posibilidad; creímos que el fantasma del falso poder no planearía sobre los techos de la Casa de Nariño. Es tanta la desesperación ahogada por el grito de libertad, que llegamos a pensar en un sistema hegemónico, regando fórmulas de recuperación de la dignidad humana por doquier, un plan maestro estratégico cuyos tentáculos arropen todos los derechos constitucionales, hasta el de ser sepultado sin pagar. Hablamos de Colombia Humana, en connivencia con la Unión Patriótica. Pero el intento envejeció en plena niñez. El reconstituyente había que buscarlo en otros escenarios. Luego de tanto merodeo por conquistas de otros sectores nos presentaron al galán de la fiesta: el Pacto Histórico; apodado por algunos, diabólico. Tal vez la razón del apelativo se deba al constreñimiento esperado. Quizá, la toma y daca para el apoyo a las reformas a través del chantaje, sea durante cuatro años. Será muy difícil, entonces, ignorar la paráfrasis que nos remite irremediablemente a Winston Churchill. “A veces hacer el bien no es suficiente, aun cuando sea lo mejor que puedes hacer. A veces tienes que hacer lo necesario”. El problema radicaría no en “hacer lo necesario”, sino en hacer hasta lo indebido durante el período de gobierno. Sería ingenuo pensar que la coacción objetivada en tanques de mieles, acabará en el aquí y el ahora.


Este pacto sindémico, en el que los correligionarios de Colombia Humana podrían ser subsumidos por la cultura mercenaria, y su posición política deferida, inducida hacia la repitencia de actos, hechos, silencios y complicidades, debería estar conscientes de no cortar el oxígeno a la incipiente masa humana que aún continúa creyendo, afianzada en los celestiales discursos de campaña como “ningún niño se acostará con hambre”. Esperar más de quinientos años, para sólo dormir con el estómago feliz, por cuatro. Esa será la cuestión si no resistimos en la lucha, la confrontación entre las navajas y garrotes contra los misiles y las armas químicas de ellos.

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