• Columna 7

MIS RECUERDOS DE LA SERGIO ARBOLEDA II PARTE

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


Conforme a mi experiencia, pertenezco a una generación que se vistió de gloria, que roció en su alma la excelsa fragancia del saber y se romantizó con las cátedras de docentes sin igual.


Aún custodio en mi memoria el recuerdo de los auténticos alfareros que posaron sus pies en el aula, ilustrando honestamente y construyendo profesionales de verdad, para que fueran capaces de colocar el ingenio al servicio de la sociedad y tuvieran el coraje para derrotar cualquier adversidad.


Hoy que evoco mi pasado y me visualizo sentado junto a mis compañeros en el sitial de los alumnos, descubro que los discursos de mis maestros superaban con creces la cátedra de derecho. Sus palabras transmutaban en proclamas de justicia y moralidad. La pasión que le imprimieron a la cátedra, y la majestad que irradiaban en cada gesto, simulaba la estancia en un mítico santuario del saber.


Algunos de ellos hoy están ausentes. Se apartaron de la academia, dejando una huella imborrable y un recuerdo valioso en la memoria de sus alumnos; otros acudieron al llamado del padre celestial, no sin antes mirar atrás y sembrar en el terreno fértil de sus alumnos el amor por la academia y el coraje para enfrentar la terrible práctica profesional, que cada día riñe más con el romance de las letras.


Mis maestros de derecho laboral. La escuela de derecho nos premió ofrendándonos a uno que ejercía como magistrado y a otro como litigante. Ambos son escritores apasionados por la justicia y la defensa de los oprimidos.




Recuerdo a Augusto Torregrosa Sánchez haciendo gala de una elegancia acorde a su investidura, ingresando al aula vistiendo camisa manga larga y corbata. Sus clases siempre fueron concurridas. Llamar a lista era perder el tiempo. Se respiraba sabiduría y respeto, y se expiraba agradecimiento cada vez que compartía su conocimiento. Nos inculcó la virtud de la puntualidad. Nadie ingresaba después de él. La valía de su cátedra estuvo comprobaba, porque los despistados impuntuales, pese a encontrar la puerta cerrada, se alojaban en las proximidades para escucharlo, tomar apuntes y nutrir su alma. ¡Regresa maestro! aún hay mucho para ofrecer a las nuevas generaciones.


El maestro Alberto López Fajardo nos imprimió la fuerza, el coraje, la irreverencia y sana astucia del abogado litigante. Recuerdo haber asumido y logrado el reto de memorizar su libro de derecho laboral. “Introduzcan el dedo en la página que quieran”. En las horas libres algunos compañeros tomaban el texto, al azar me preguntaban, y al instante les recitaba el contenido de la página.


López Fajardo es un ser enérgico y apasionado, que se caracterizó por su sapiencia, amplia experiencia y por cultivar en el estudiante un espíritu crítico y propositivo. ¡A estudiar porque el día de la quema se verá el humo!





En el área del derecho civil nos engalanó un baluarte, el doctor José Alejandro Bonivento Fernández. Dictaba la cátedra una vez al mes, un día jueves, en el horario comprendido de ocho de la mañana a doce del mediodía y de dos a seis de la tarde. Su cátedra es comparable con la dulzura de la miel de abeja.


No recuerdo haber visto a un estudiante dormirse o distraerse durante las clases del maestro Bonivento. Ninguno sentía incomodidad en la silla y nadie perdía la oportunidad de participar. El tiempo transcurría veloz, pero el saber se perpetuaba mágicamente en la mente de sus alumnos.


Recuerdo a algunos profesores ingresar a sus clases y sentarse a nuestro lado. No negaré que disfruté cuando el doctor Bonivento ocasionalmente los corchaba, mientras a nosotros no guiñaba un ojo, diciéndonos: “los maestros también somos humanos”.


Bonivento viajaba desde Bogotá hasta Santa Marta, rindiendo culto a la promesa del rector Rodrigo Noguera Laborde (Q.E.P.D.) de ofrecer a sus coterráneos lo mejor de lo mejor para que no tuvieran que migrar de su ciudad natal en búsqueda del saber.


En ausencia del doctor Bonivento, el sagrado deber de regentar la cátedra fue delegado a los doctores Gustavo Manrique Gómez y Julián Cabas Caiafa. La sapiencia, decencia, honestidad y santidad que transmitía el maestro Manrique permanece intacta en mi memoria. Julián Cabas fue un maestro sabio que, sin perder su lugar en la cúspide de la intelectualidad, enseñaba a sus alumnos ofreciéndoles un tratamiento de amistad.




La doctora Bibiana Ovalle De Andreis regentó la cátedra de derecho comercial. Excelente maestra, una mujer aventajada en su campo, siempre nos cautivó con su sonrisa, decencia, forma de enseñar y su elegancia magistral. Compartía con claridad los conceptos y siempre fue justa al momento de calificar.




Luego haría su puesta en escena nuestra amada maestra Julia Betancourt de Ovalle, un tesoro de mujer que, con un carácter militar, aún suministra el conocimiento societario y mercantil en general, y estimula la memoria de los alumnos al ser exigente en la reproducción de los conceptos ofrecidos en el aula.


Nuestra amada maestra Julia aparenta ser una mujer inflexible y tiene fama de regañona, pero es una simple armadura con la que oculta el corazón de niña bondadosa que la caracteriza. Los alumnos principian temiéndole y culminan el semestre amándole.


Falté a mi primera clase con la profesora Julia. Por fortuna mi esposa, que también fue alumna suya, me advirtió que me preparara porque a los ausentes siempre les preguntaba.


Al iniciar la segunda clase llamó a lista. Su rostro alternaba serenidad y picardía. Manifestó que realizaría una pregunta al azar. ¿Adivinen quién fue el elegido del supuesto azar? Había estudiado y respondí correctamente ¡ja, ja, ja! Se mostró algo sorprendida y luego me reprendió por haber estado ausente en la primera clase.


Superé los dos primeros seguimientos. El parcial final lo realicé, fue una prueba escrita. Luego de revisarlo me dijo: “pensé que te confiarías por tener buenas calificaciones y que no ibas a estudiar para el final. Muy bien mijo, estás exonerado”. Confieso que nunca me habían eximido de un parcial después de haberlo realizado ¡ja, ja, ja! Quiero mucho a mi maestra Julia, siempre la recuerdo con cariño.


Alfonso López Carrascal, el auténtico gran maestro. Es un profesional sabio y sereno, y, aunque entrado en años, continúa siendo un litigante aventajado; apasionado por la historia, y docto en el derecho, pues tiene una visión holística del fenómeno jurídico. Razón le asiste cuando afirma pertenecer a una generación de abogados que fueron preparados para desempeñarse en todas las áreas. “El abogado debe ser integral.” Nos ilustró con ferviente pasión, revelando la bondad que anida en su corazón. No olvido sus gratas enseñanzas.


En mi época de estudiante no anhelé estar en otra universidad, porque la Sergio Arboleda tuvo, y aún conserva en su nómina, maestros de alta calidad ejerciendo una influencia moral e intelectual que perdura.


A todos mis maestros ¡gracias! me fascinó la historia, filosofía, hacienda pública, el derecho civil, financiero, penal, laboral y el comercial. Todo fue productivo y llamativo, aunque profesionalmente me ennovié con el derecho administrativo.


Aquí cesa mi viaje al pasado. Desde hace quince años soy maestro de la institución. Ignoro lo que contarán de mí los estudiantes. No sé cuánto tiempo permanezca en la academia; no sé cuándo cese en mí la pasión por escribir, pero lo que sí sé es que anhelo alcanzar el nivel moral e intelectual de mis maestros.


¡Gracias maestros!


¡Gracias Universidad Sergio Arboleda!

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