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LA MUJER PROGRESA

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


El despertar de la consciencia colectiva y el establecimiento de la condición de igualdad de oportunidades para las personas condujo a revaluar la regla consistente en que el hombre provee y la mujer administra.


Esta máxima durante mucho tiempo conservó a la mujer en una condición de estancamiento, la privó de la posibilidad de construir su futuro y producir riqueza a través del esfuerzo personal, reduciéndola a vivir de las migajas que el marido le permitía recoger de la mesa.


La mujer sufrió un proceso de cosificación, y su protagonismo fue relegado a actividades serviles y reproductivas, pues injustamente se le consideró como un ser incapaz de desarrollar el intelecto.


El destino de la mujer era ser entregada en matrimonio a un hombre. Se establecían círculos afectivos en los que prevalecía la apariencia, el palacio, el carruaje, el vestido o la prenda suntuosa, y se soportaba silenciosa y estoicamente el infierno del hogar; el consuetudinario maltrato que aplastaba la autoestima de la mujer y la sometía a una vida de ultrajes y humillaciones. Un escenario de lujos ante los ojos del visitante, pero un corazón en ruinas para la mujer. En público la tierna mirada y en la intimidad la bofetada.


El concepto de amor estaba distorsionado. Hoy sabemos que nadie está sujeto al yugo destructivo de su pareja, no se pacta en nombre del amor para resistir barbaries y tampoco puede confundirse el perdón con el masoquismo.


La sociedad descubrió que el amor no debe someterse a todo, y tampoco puede reducirse el sentimiento a lo material, porque no es la joya que se ofrenda, sino la oportunidad que se concede, el maltrato que se evita, el espacio que se brinda, la igualdad que se reconoce y la palabra que motiva. El amor es sublime y trascendente.


Por ello, desde hace décadas, movimientos que reclaman igualdad de trato pregonan que es necesario dejar atrás el pensamiento de mendicidad que la costumbre sembró en la psiquis de la mujer. ¡Basta de rogar! de ser un objeto sexual, de esperar el sustento sentadas en las cuatro paredes del hogar, de soportar maltrato físico y psicológico, y de abandonar sus legítimas expectativas de vida para vivir como la mascota obediente del varón.


El estatus social, históricamente, lo ha determinado el vínculo de consanguinidad, la capacidad y autonomía financiera, o la influencia en sociedad. Por ello, las mujeres, conocedoras de su fuerza e intelecto, rompieron las cadenas, reclamaron su libertad y emprendieron exitosamente la cruzada para participar en escenarios educativos, deportivos, religiosos, económicos y políticos en los que regía el sexo masculino.

En la actualidad, el género sexual no es un impedimento para prosperar, por eso la mujer lidera procesos, asume dirigencias empresariales y estatales, crea, innova, desarrolla, es pionera, viaja al espacio sideral, lucha, corre, nada, golpea la pelota, conquista, eleva el galardón y recibe un sinfín de ovaciones que la inmortalizan en la conciencia colectiva.


Las mujeres están llamadas a una vida de acción y las puertas del triunfo están abiertas para ellas.


Son pocas las que, a costo de su dignidad, pretenden a un hombre que les sustente la existencia. La mayoría resuelve por su cuenta y seleccionan sabiamente a sus parejas; al combustible de amor que revoluciona el motor del éxito con el que el cielo las premió a todas. Siempre ha sido cuestión de voluntad y decisión.


Ya no son criadas para ser amas de casa. Hoy son educadas para triunfar. No para resistir maltrato sino para razonar y abandonar el barco, si ello es necesario.


Hay oficios que inevitablemente se conservarán, alguien debe realizarlos, hombre o mujer, porque satisfacen una necesidad persistente en sociedad, pero el asunto radica en que, si la mujer decide progresar, nadie debe atarle las manos ni obstaculizar su andar.


En el planeta persisten sociedades que, aunque se proclaman como desarrolladas y adineradas, resultan pobres en valores, y en las que la mujer no es digna de un saludo, de una muestra de cariño, o de recibir educación, pero pronto se liberarán.


La mujer continúa administrando, pero con una diferencia sustancial, que ahora administra el producto de su esfuerzo. Es un pilar que sostiene y, al igual que el hombre, está llamada a contribuir en el sostenimiento de la relación, del hogar y del progreso de la futura generación.


Conserven en la mente la libertad que se recobró y el progreso que se conquistó, pero también la responsabilidad que surgió.


Clamo por un mundo con mujeres libres, estudiosas, decididas, apasionadas, líderes, perseverantes, con autonomía financiera y carentes de prejuicios. Clamo por un mundo coherente con los valores que pregona.


Por mujeres con 365 días de felicidad, y uno más de obsequio, si es bisiesto.

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