• Columna 7

EL ARTE EN LA HISTORIA DEL CARIBE (III)

La plástica y la fotografía sobre la Quinta de San Pedro Alejandrino

Por: Jorge Enrique Elías-Caro.

Una de las cosas que para mí tiene significado es el cumplimiento de la palabra dada. El dicho “palabra de gallero” tiene mucha validez y peso. A pesar que estos tratos o pactos culturales se han ido perdiendo como costumbre en nuestra sociedad, yo la mantengo y en firme. Hace un par de semanas atrás había prometido un escrito sobre la plástica que existe hacia lo qué es y representa la Hacienda de San Pedro Alejandrino en Santa Marta (Colombia), espacio que hoy es un museo vivo y dinámico por toda la historia y hechos patrimoniales que acontecieron allí. También funge como museo de arte contemporáneo y jardín botánico. Todo eso en un solo sitio. En estas líneas cumplo lo que prometo y detallo lo que se ha dibujado y fotografiado sobre este mágico lugar durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX.


Figura 1. Hacienda de San Pedro Alejandrino en Santa Marta. Acuarela sobre papel de Edward Walhouse Mark (1843). Dimensiones de 17,2 x 24,8 cm. Colección de Arte del Banco de la República. Bogotá (Colombia).


La Quinta es reconocida mundialmente porque allí permaneció los últimos días de su vida Simón Bolívar. Al fallecer este personaje de la historia universal el 17 de diciembre de 1830, así como lo es para la persona, también dicho espacio quedó inmortalizado para la posteridad. Por eso, es declarado monumento nacional de Colombia y demás países bolivarianos. Todavía conserva las instalaciones que cobijaron a Bolívar. La casa principal de una sola planta con sus alcobas, salas, mobiliarios, locerías, baldosas y techo de teja, rodeada de una exuberante vegetación –con inmensos árboles maderables y frutales– y una diversa fauna en sus dominios. Al ser una hacienda de trapiche del siglo XVIII, su infraestructura inicial es propia de la época.

Cuenta con molinos, hornos, bodegas, bagacera y establos de la economía azucarera que aún conservan trazos del dieciochesco, relativa a la producción de ron, aguardiente anisado, panela o papelón que se comercializaba en el Caribe colombiano y en las Antillas menores, principalmente en Curazao. No obstante, sufrió modificaciones con el tiempo. La mayoría de sus construcciones son decimonónicas y se encuentran en pie muy bien conservadas. Fueron testigos presenciales de la estancia de Bolívar en esta hacienda, que paradójicamente era de origen colonial español. Fue una hacienda esclavista y propiedad de la familia de Mier, en cabeza de Joaquín de Mier y Benítez y posteriormente de su hijo Manuel Julián de Mier, hasta que la venden al gobernador del Magdalena Ramón Goenaga a fines del siglo XIX para declararla patrimonio nacional de Colombia.


Figura 2: Hacienda San Pedro Alejandrino. Fotografía de Joseph de Brettes (1892). Biblioteca Nacional de Francia. París.

A lo largo del siglo XIX muchos fueron los viajeros que pasaron por sus predios y mediante relatos o crónicas dejaron sus impresiones de lo que significaba estar en el lugar donde había fallecido “el libertador” de cinco naciones. Por la Quinta estuvieron diplomáticos, expedicionarios científicos y militares, comerciantes o inversionistas y artistas plásticos, tanto europeos como estadounidenses y latinoamericanos, quienes legaron su estancia sobre ella, ya fuera con relatos que posteriormente fueron publicados en libros o lo que convoca a la escritura de este trabajo, las pinturas, dibujos o fotografías que sobre ella se hicieron desde la muerte de Bolívar hasta 1930, o sea hasta el primer centenario de su muerte. Verbigracia de ello, fueron las descripciones que hicieron los franceses Eliseo Reclús en 1855 y Henri Candelier para 1888. Eliseo Reclús en su libro Viaje a la Sierra Nevada escribió lo siguiente:

(…) Por esta época, las únicas explotaciones importantes del distrito eran las haciendas de San Pedro y Minca, pertenecientes entre ambas al mismo propietario, señor Joaquín de Mier, el más rico comerciante de la ciudad. San Pedro está situado no lejos de Mamatoco, entre el Manzanares y su principal afluente, que desciende de los gargantas de la Horqueta. El agua, este elemento tan necesario para las plantas, corre murmurando por pequeños acueductos distribuidos a lo largo de los canales de servicio; árboles gigantescos arraigados al borde del río balancean sus hojas, de un verde oscuro, por encima de los vastos campos de caña; en el huerto de donde se escapan aromas que pudieran llamarse irritantes, se ven innumerables arbustos cubiertos de flores que se abren extendidos o chorrean en forma de cascada sobre las romas inclinadas; por todas partes la naturaleza, como madre generosa, da productos magníficos sin mayor trabajo. La hacienda contrasta con lo exuberante vegetación que la rodea. Los edificios de explotación se encuentran en mal estado; los patios están desempedrados, la máquina de vapor, toda desarreglada, funciona rara vez y la mayor parte del jugo de la caña se emplea en la confección de la bebida llamada guarapo. Fue en San Pedro, en una modesta alcoba de la casa de habitación, que murió en 1830 el general Bolívar (…)”


Figura 3: La muerte del Libertador. Óleo sobre lienzo de Antonio Herrera Toro (1889). Colección del Museo Bolivariano de Caracas (Venezuela).

Por su parte, Candelier dijo:

“(…) La única cosa curiosa que vi en mi ruta fue la propiedad de “San Pedro” donde el general Bolívar, el héroe de la Independencia, pasó los últimos años de su existencia y donde murió. Me mostraron su habitación y un grueso árbol del jardín, bajo la sombra del cual el valiente colombiano iba con frecuencia a leer y descansar”.

Así como estos viajeros y otros tantos del siglo XIX escribieron lo que vieron sobre la Quinta, igualmente los artistas que la visitaron durante dicha centuria dejaron también impresas sus emociones, ya no en textos o narraciones sino en acuarelas en papel, carboncillos, óleos sobre lienzos, plumillas con tinta en negra, daguerrotipos, fotografías y otras técnicas de arte. Hay muchos registros sobre pintores que la visitaron.

Uno de los más conocido fue Edward Walhouse Mark, quien fue un pintor y diplomático inglés, nacido en Málaga, España, en 1817. Vivió en Nueva Granada en las décadas de los cuarenta y cincuenta. En Santa Marta, entre 1843 y 1845, se desempeñó como vicecónsul de Inglaterra, período que aprovechó para conocer la ciudad y sus alrededores: Cartagena, Barranquilla, Ciénaga, Pueblo Viejo y la Sierra Nevada de Santa Marta, de cuyos recorridos y estancias dejó más de una centena de acuarelas y dibujos sobre el paisaje, el quehacer económico, la arquitectura, la vida cotidiana y sus tipos humanos. Son famosas las acuarelas suyas sobre el puerto de Santa Marta, sus cerros, la catedral, la laguna de Pueblo Viejo y la iglesia de Ciénaga, y por supuesto, las hacienda de Minca y San Pedro Alejandrino. En 1856, luego de un último periodo como encargado de negocios en el país, marcha a Baltimore, donde continúa la labor diplomática y artística. Murió, en 1895, en Norwood, Gran Bretaña.


Figura 4: Hacienda de San Pedro Alejandrino. Anónimo. Obra realizada a finales del siglo XIX

La hacienda también fue visitada por los luministas del siglo XIX que pasaron por Santa Marta, quienes siguiendo los pasos del barón de Humboldt llegaron a la ciudad buscando los paisajes que brindaba el entorno latinoamericano. Dentro de estos paisajistas del entorno latinoamericano que estuvieron en Santa Marta se pueden citar a los de la Escuela del Río Hudson, entre ellos Frederick Edwin Church en 1853 y Martin Johnson Heade hacia 1871-1872.

Varios fueron los que la visitaron. Inclusive hay algunos dibujos que se han dado a conocer, pero se mantienen en anonimato quién las dibujó. Otros lo hicieron ya en 1930, justamente el año de conmemorarse el centenario de su muerte. Es el caso de Arnoldo Michaelsen, arquitecto y dibujante chileno que como homenaje a esta celebración póstuma y ya residenciado en Colombia, contratado por los gobiernos bolivarianos pintó en plumillas con tinta negra la arquitectura de los sitios donde estuvo Simón Bolívar. Dentro de estos lugares se pueden citar al Colegio Pinillos de Mompox, el interior del convento de Santo Domingo en Cartagena de Indias, así como la Torre del Reloj y las murallas de esta ciudad, pero también otra infraestructura donde estuvo el personaje en Lima, Quito, Ayacucho, Puerto Cabello, Trujillo, entre otras ciudades de Perú, Ecuador, Venezuela y Colombia, y como es lógico, el lugar de su lecho de muerte no podía quedar por fuera.


Figura 5. Santa Marta – Quinta de San Pedro Alejandrino por Arnoldo Michaelsen (1930). Plumilla dibujada en tinta negra. Caracas (Venezuela).

Las expediciones científicas, exploradores y personas que andaban de búsqueda de inversiones convenidas por gobiernos extranjeros e incluso contratadas por el gobierno local, también se hicieron presentes, sobre todo con fotografías. Dentro de los visitantes a este lugar está el explorador francés Joseph de Brettes, quien por encargo de una misión, en principio de su país en 1890, y después, por el gobierno local hacia 1893, fotografió a la Quinta tanto en contexto como a la escultura que hizo colocar el gobernador de turno en ese año.

Figura 6. Escultura de Simón Bolívar en San Pedro Alejandrino. Fotografía de Joseph de Brettes (1893). Biblioteca Nacional de Francia, París.

La importancia de este lugar sin lugar a dudas es de resonancia continental. Se mantiene viva su memoria. Y más porque aparte de ser un museo vivo lleno de historia y patrimonio, el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo y el Jardín Botánico ayudan a que esto se preserve. Es uno de los lugares más visitados por los turistas en el Caribe colombiano. Destino obligado en la ciudad. Inspira recuerdos y sentimientos, hasta el punto que la plástica hoy aún la mantiene con ojos de privilegio y se sigue pintando con frecuencia por ser un lugar que siempre será perenne y vivirá por largo tiempo.

Figura 7. La villa de San Pedro Alejandrino. Óleo sobre lienzo. Anónimo de la Escuela Colombiana. Colección Privada.



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