• Columna 7

UNA OPORTUNIDAD DE CONCRETO

Por: Iván David Correa Acosta.


Son las 7 a.m. y usted se dirige hacia su lugar de trabajo o de estudio y al salir se encuentra con un trancón al salir de su casa, lo mismo sucede hacia las 5 p.m. cuando se dirige de regreso a su hogar. Esta escena es totalmente cotidiana en la Santa Marta de hoy, trancones monumentales causados en gran parte por un problema estructural que cada vez se hace más que evidente: tenemos las mismas vías hace 30 años y la población de la ciudad ha crecido de manera vertiginosa en ese mismo lapso. Tenemos las mismas vías que en 1991, cuando la ciudad solo gozaba entre unos 80 mil a 100 mil habitantes, en comparación con el 2021 cuando ya tenemos más de medio millón de ciudadanos viviendo en la Samaria.


La falta de vías nuevas en la ciudad se hace una constante y aunque hay que reconocer el esfuerzo de las administraciones anteriores en reparchear las vías existentes, el afán de crear unas obras de infraestructura vial acorde con nuestra mentalidad de ciudad metrópolis es enorme. Las vías de la ciudad ya se encuentran desgastadas, el concreto se deteriora y los carros sortean los constantes huecos que hay, a pesar de que el reparcheo de estas mismas calzadas haya sido poco antes y ¿esto a que se debe? El concreto de mala calidad sumado a los intensos calores que aceleran el deterioro del material y sumado a esto, una intensa cantidad de vehículos que a su paso empeoran el tiempo útil de la vía arreglada. Una situación que se ha repetido en varios puntos de la Avenida del Ferrocarril, la Avenida del Libertador, la calle 22, entre otras arterias viales.


Se hace imperativa y necesaria la llegada de calzadas más amplias para los vehículos de la ciudad, una ambición en infraestructura vial que ya se consume de una vez por todas, puentes vehiculares, rotondas bien planificadas que no generen un cuello de botella en horas pico. Lo que se pide no es algo utópico, es algo que ya ha ocurrido en otras ciudades del país y que Santa Marta necesita imitar. Se planea la llegada de un sistema de transporte urbano que en teoría es paradigmático y completo pero que se hace para vías paupérrimas. No se necesitan paños de agua tibia, se necesitan obras que cambien la malla vial de la ciudad, obras que hagan que los vehículos de la ciudad tengan que conducir a una velocidad máxima de 30 kilómetros por hora cuando en las grandes urbes la velocidad alcanza los 60 kilómetros por hora.


Adicional a estos problemas de infraestructura vial que tiene la ciudad, las infracciones a las normas de tránsito no son el pan de cada día, son el pan de cada minuto y segundo y de parte de todos los actores viales. Tanto de vehículos automotores que causan embotellamientos con sus peripecias donde como coloquialmente se dice: “se meten a la brava”, como de peatones que ponen en peligro la vida es ya una rutina para el samario de a pie. La situación supone un coctel que hace que la ciudad tenga un índice alto de accidentalidad, así como trancones a toda hora en las calles de la Perla de América.


Santa Marta debe dar una mirada hacia el cambio estructural de su malla vial, así como de sus costumbres en materia de tránsito, de lo contrario, si el parque automotor sigue creciendo tal y como lo ha hecho en los últimos años, solo veremos esos trancones de las 7 a.m. y los 5 p.m. disparados y en todas las vías de la ciudad. Debemos hacer algo al respecto, algo que de verdad le genere rédito al samario que se moviliza en su medio de transporte, tenemos que generar una oportunidad de concreto enorme para nuestras vías y nuestro entorno, tenemos que definitivamente dar pasos de gigante y acabar con esa mentalidad de ciudad pequeña que aún nos domina.

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