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CINCO VIRTUDES QUE COLOMBIA NECESITA

Por: Rafael Porto C. Abogado y Periodista.


Se ha perdido la noción desde cuando el país se encuentra en crisis, es menester restablecer el orden y la democracia en la sociedad colombiana. Para lograrlo, es vital el empoderamiento de las virtudes, con las cuáles saldríamos de la caverna en la que vivimos.


Primero debe haber claridad en lo que se entiende por virtud. Esta palabra proviene de una traducción un poco limitada de la palabra griega areté. En nuestro tiempo puede llegar a tener incluso ciertas connotaciones religiosas. El concepto de areté vendría a ser algo así como la excelencia en el cumplimiento o la realización perfecta del propósito de algo o alguien, e incluye tanto las virtudes morales, como las intelectuales. La justicia, la fortaleza y la templanza son tres de las virtudes de mayor importancia para Aristóteles. Dentro de las intelectuales encontramos la Justicia, la prudencia, la inteligencia y la sabiduría. Lo contrario a la virtud vendría a ser el vicio, ese hábito de obrar mal o con exceso frente a conductas como el ocio, la lujuria, la avaricia, la ingratitud, entre otras.


¿Ahora bien, cuáles son esas virtudes que Colombia necesita para recuperarse de la dolencia que la aqueja en el corazón de su sociedad? Básicamente propongo cinco.


En primer lugar, encontramos a la mayor de todas las virtudes: la Justicia, que regula la igualdad o proporción que debe haber entre las cosas, Ulpiano, jurisconsulto romano la definió como: “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que es suyo”. La Justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. A diario observamos actos de injustica en nuestro país, lo cual genera inconformidad en la sociedad. Es indispensable contar con una justicia efectiva, segura y que nos brinde estabilidad jurídica, una justicia robusta, no frágil e insuficiente como ha venido ocurriendo en las últimas décadas. La injusticia daña, un sistema judicial débil conduce a la impunidad y consigo el mal ejemplo a los ciudadanos, pues de esta manera se alimenta y se induce al colombiano a cometer delitos y a contrariar las normas. La justicia busca dar a cada uno lo que le corresponde y es la virtud que nos conducirá a la igualdad y a la evolución como sociedad.


Otras de las virtudes que necesitamos cultivar de carácter urgente es la tolerancia; que vendría a ser ese respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes a las nuestras. Ese derecho a pensar distinto ha producido en el país una crisis profunda, no en vano nos hemos desgastado en más de cincuenta años de conflicto, y aún con un proceso de paz con la guerrilla del ELN en desarrollo seguimos irrespetándonos e insultándonos por todos los medios. Hasta en las redes sociales se ha perdido el respeto por pensar diferente. Sin tolerancia somos excluyentes, exiliamos al otro por no compartir los mismos gustos, inclusive por no vestirse como nosotros. Que hay de aquellos que excluyen al vecino, o al compañero de clases, por ser de otro color, por tener diferentes creencias religiosas, o por tener inclinaciones sexuales distintas, ejemplos sobran. Lo que sí es seguro es que la tolerancia nos ayuda a mejorar la convivencia, la cual está ubicada en el terreno de lo privado, es decir, en el fuero interno de cada individuo, pero que se manifiesta y se refleja en el terreno de lo público. La tolerancia, entendida como virtud cívica se encuentra sujeta a la potestad de la conciencia, del control consciente de nuestros actos, sin saber con exactitud si nuestros actos son ejecutados siguiendo algún plan de conducta previsto o simplemente son hechos precipitados que hacen que un individuo actué de forma inexplicable. Por falta de tolerancia han ocurrido tragedias familiares, en el círculo de amigos y en la sociedad en general. Pequeños problemas toman giros inesperados y en consecuencia sobreviene la desgracia, la cual se evita a través del diálogo y ejerciendo la tolerancia.


Otra virtud de suprema importancia para restablecer a la sociedad colombiana, es la prudencia, que consiste en saber deliberar correctamente lo que es bueno y malo para el hombre, de manera que podamos hallar los medios idóneos para alcanzar nuestros verdaderos fines. A través de la prudencia podemos discernir aquello que nos conviene o no, alimenta el buen juicio y la sensatez. Nos guía a comportarnos con cautela y moderación, pues requiere de un gran espíritu de reflexión. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. La “colombianidad” está llena de imprudencia; somos eufóricos y emocionales, por ejemplo, conducir un vehículo luego de haber ingerido licor es un acto de total imprudencia, meterse en asuntos ajenos, no callar cuando es necesario, inclusive ir a una fiesta sin haber sido invitado es un acto de imprudencia. Estas son pequeñas muestras de nuestra idiosincrasia. La imprudencia es el tiquete de entrada al terreno de la culpa. Hago un llamado al buen juicio, al cuidado de sí mismo y a la conservación de la sociedad. Se puede decir que lo prudente y lo bueno son la misma cosa, son el querer obrar bien conforme a la justicia y a la verdad. En todos los aspectos de la vida es necesario actuar con prudencia. Para tomar decisiones es preciso esperar los mejores momentos, es decir cuando hay serenidad y claridad de pensamiento, nunca hay que replantearse tales decisiones en los momentos negativos, de oscuridad, dificultad, prueba, agitación de las pasiones o en presencia de sentimientos turbulentos.


Ahora es preciso hablar de la honestidad que está ligada a la decencia o el decoro. Ser honesto es ser razonable y justo, pero sobre todo probo, recto y honrado. Esta virtud sí que es necesaria en la Colombia actual. Sobre todo, en la administración pública, donde se necesitan servidores íntegros, ya que son el ejemplo de la sociedad, que actúen de acuerdo a las normas morales de la comunidad y respeten las leyes, sin cometer delitos ni faltas éticas. La sociedad en general se alimenta del ejemplo de sus mayores. El niño, el joven y el adolescente imita generalmente a sus padres, a un familiar cercano, al amigo más próximo, a su artista o deportista favorito, y son estos quienes brindan el buen o el mal ejemplo y se convierten en modelos a seguir, por tanto, recae sobre ellos una enorme responsabilidad de conducta. Con tristeza observamos como la corrupción se ha apoderado de todos los estamentos de la sociedad colombiana. Las ramas del poder público y la empresa privada han contraído un matrimonio perverso y corrupto en aras de enriquecerse por cualquier medio sin importar las consecuencias. Hoy en día lo importante es ser rico como ha de lugar, sin tener en cuenta los principios y valores, cada quien persigue un interés personal, y eso del bien común se quedó en los libros y en los sueños de unos pocos. La cultura del dinero fácil, alimentada por el contrabando, el narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión, entre otros delitos, ha hecho menoscabo a la conciencia común del pueblo colombiano.


Por último, quiero reflexionar sobre la solidaridad como virtud clave en nuestra sociedad. La solidaridad es de algún modo la raíz de todas las virtudes sociales. El fallecido Papa de la iglesia católica, Juan Pablo II dijo: Las exigencias éticas de la solidaridad requieren que todos –hombres, grupos, comunidades locales, asociaciones y organizaciones, naciones y continentes–, participen en la gestión de todas las actividades de la vida económica, política y cultural, superando la concepción puramente individualista”.


En suma, la solidaridad conduce al hombre a sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos; somos solidarios en el bien y en el mal. La solidaridad nos permite multiplicar las fuerzas en momentos de dificultad, abrir el corazón, la mente, extender la mano, perdonar, y despertar del letargo y del egoísmo en el que nos encontramos. Usted y yo hacemos parte de un todo, pertenecemos a la misma familia: la familia humana, en esencia somos lo mismo. Solidaridad es lo que necesita Colombia. Perdonarse, reconciliarse con la verdad, con la historia, con las víctimas y los victimarios. Es exponer el alma a un nuevo episodio de nuestras vidas, es darle vida a la vida y a los días que están por venir, es esperanza y luz para que alumbren nuestro sendero.

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