• Columna 7

UN ONCE DE SEPTIEMBRE ARAUCANO

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


Araucano o arauco, indígena de la Araucania o Araucanía en Chile. De ahí el título de esta columna. Los araucanos en aquel país, y los taironas en Colombia, fueron las etnias que más resistieron a la conquista española. Jamás sometidos, siempre luchando, ambos pueblos representan la indómita raza.


Los taironas no tuvieron quien narrara sus hazañas, los araucanos sí, en magistral forma por Alonso de Ercilla en su poema épico La Araucana, en el cual describe la lucha de los indios de Chile contra el español Pedro de Valdivia. En dicha obra la figura del cacique Caupolicán representa la grandeza y la tragedia de muchos chilenos, no solamente de esa época, sino de las guerras de independencia como por ejemplo, Bernardo O´Higgins, en el siglo XIX José Manuel Balmaceda (1.838-1.891), y en el XX el presidente Salvador Allende Gossens (1.908-1.973). Caupolicán fue empalado, Balmaceda y Allende en un acto de dignidad personal y nacional acudieron al suicidio…o al menos del segundo se sostiene eso.


El viernes pasado se cumplieron cuarenta y siete años del golpe de Estado al presidente de la República de Chile Salvador Allende por las fuerzas armadas de ese país. Lo ocurrido ese 11 de septiembre de 1.973, las especulaciones derivadas de éste, se han repetido, potenciado y corregido en este casi medio siglo. No voy a repetirlo aquí.


Mi recuerdo de aquello se proyecta a las instalaciones de la Universidad del Atlántico, en Barranquilla, donde cursaba los primeros años de derecho. Veo en la cafetería de la universidad a los muchachos de la Juventud Comunista (JUCO) y de la Juventud Patriótica (JUPA), apéndices del Partido Comunista de Colombia, de línea soviética, preocupados y cariacontecidos, muy tristes.


También en la cafetería de la U. estaban los estudiantes maoístas y troskistas, para quienes el golpe de Estado en Chile era irremediable y se veía venir. Para ellos Salvador Allende era un “mamerto”, pues sólo alguien de esta condición podía creer que podría hacerse una revolución a través de las urnas y no del fusíl.


Quizás tuvieron razón en esos momentos, no solo por lo anterior, sino también por el hecho de que habiendo recibido el gobierno de la Unidad Popular tantas armas de la U.R.S.S, del bloque de Europa oriental, y sobre todo de Cuba que las enviaba camufladas en barcos repletos de sacos de azúcar, no las distribuyera entre sus seguidores, sino que las acumulara en depósitos, más aún cuando era sabido que la derecha chilena se estaba requetearmando a través del sur de Argentina. Ahí en esos depósitos ubicó las armas el ejército chileno, y la masacre comenzó.

Los estudiantes y profesores liberales y conservadores hacían comentarios a soto voce, muy prudentemente, pero era evidente el conformismo de los primeros, y la alegría disimulada de los segundos.


Fuera de lo anecdótico de la universidad hay dos hechos inolvidables:


1) La doble moral de la oligarquía colombiana y de su prensa. Por un lado mostraban la preocupación del golpe, por un ejército que se tenía como el más profesional y sujeto a la Constitución y la Ley en América Latina… y hacían comparaciones. En nuestra patria había generales con pinta de “presidenciables” por ejemplo Álvaro Valencia Tovar, lo que obligaba a recordar la dictadura del Gral. Rojas Pinilla (1.954-1.957) y el rumor de golpe del Gral. Alberto Ruiz Novoa al presidente Guillermo León Valencia (1.962-1.966). En la Colombia oligárquica el ruido de sables y el taconeo de botas siempre preocupa, aún cuando veladamente en circunstancias difíciles se haga referencia a esto.


Por otro lado, hipócritamente celebraban el golpe, tratando de justificarlo culpando a Allende de la debacle económica chilena. Para muchos compatriotas el General Augusto Pinochet Ugarte y demás miembros de la junta golpista eran patriotas de admirar. Después cambiarían de opinión, igual que el ex presidente Eduardo Frei y la Democracia Cristiana en Chile, al principio incondicionales del pronunciamiento militar.


2) El comentario que le hiciera un periódico capitalino a una actitud y respuesta del doctor Álvaro Gómez Hurtado. Un periodista, ese 11 de septiembre, le preguntó si creía posible el socialismo en estos lares, y parece que el doctor Gómez contestó algo así como “imagínese después de lo de Chile” acompañado de una sonrisa y tono socarrón y burlón. La respuesta fue como una especie de recordatorio ético señalándole que a la hora de la muerte, aun cuando el cadáver fuera del peor enemigo, uno se descubría en señal de respeto. No sé si el doctor Gómez respondió.


Un personaje sigue llamando mi atención. El capitán de la “Escuela de Infantería San Bernardo” Roberto Garrido. La razón es obvia, lleva mi segundo apellido, fue el primer señalado de haber acribillado a Salvador Allende en el Palacio de la Moneda y de “haber liberado a Chile de las garras del marxismo”. Después se hablaría del teniente René Riveros por igual motivo.


Nunca he visto foto alguna del capitán Garrido, he preguntado a muchos chilenos sobre su existencia y no saben de él. Habiendo durado la dictadura diecisiete años, debió el tocayo haber llegado a general, y tener ahora unos setenta y cinco años. Alguna vez en el periódico sandinista Barricada, García Márquez aludiendo a la muerte de Allende habla de un capitán Gallardo, debe ser Garrido. Parece un nombre muy común en Chile.


El 11 de septiembre parece signar al país austral. Ese día en 1.541, el cacique Michimalonco al mando de sus guerreros araucanos asaltó e incendió Santiago de la Nueva Extremadura, la actual capital Santiago de Chile. Los españoles debieron de reconstruirla.


Otro 11/9, en 1.924, fue testigo del golpe de Estado al presidente Arturo Alessandri Palma, liberal y demócrata. Pronunciamiento militar éste que cerraría el período político en ese país conocido como el Parlamentarismo. Ese día se organizó la nueva junta de gobierno y se tiene como fecha del golpe, aun cuando Alessandri ya se había asilado en Argentina.


Casi treinta años después del golpe, coincidiría en un post grado en la Universidad del Norte con Paola Amar, hija del eminente profesor chileno José Amar. De ella escuché como su familia pudo escapar de Chile con la ayuda de un general del ejército, y como siendo muy niña había quedado afectada psicológicamente por un tiempo por el recuerdo del bombardeo y combates.


Dentro de la casualidad cabe todo. Desde muchacho colecciono marchas alemanas, siempre me han gustado. Cual sería mi sorpresa cuando buscando en internet, encuentro que la marcha Erika, una de mis preferidas, era también la preferida del Gral. Augusto Pinochet. Es muy marcial, los alemanes la cantan marcando el compás muy fuerte con los tacones de las botas. Pero parece que el dictador nunca la tradujo, habla de todo menos de guerra y acciones militares. En realidad Erika describe a una joven campesina de ese nombre, contenta porque hay muchas abejitas en la campiña, su corazón está lleno deun olor dulce y suaveque viene de los capullos. Pero Pinochet Ugarte prefirió seguir marcando marcialmente el compás con el tacón de sus botas, hasta machacar a Chile.

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