• Columna 7

NERUDA Y EL TAPIR DE EREVAN

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


Pablo Neruda, el poeta chileno, aficionado a los zoológicos estuvo visitando el de Erevan o Eriván, capital de la República socialista de Armenia, antigua Unión Soviética. Encontraría dos ejemplares de su América: un cóndor enjaulado sin ilusiones al cual miró con tristeza porque sabía que mientras él regresaría a su patria, el pobre animal no volvería a ver los Andes, permaneciendo inacabablemente prisionero. El otro fue un tapir del Amazonas, al cual llamamos danta, ese animal extraordinario, con cuerpo de buey, cara nariguda y ojos chicos. Neruda confiesa que no es ningún secreto que los tapires se parecen a él. Es cierto, al menos de perfil eran idénticos.


La anécdota, es referida por el bardo austral en su libro Confieso que he vivido, verdadero deleite para el lector. Lo concluyó tres días después del golpe militar a su gran amigo Salvador Allende (11/9/73) y a escasos doce días de su propia muerte (23/9/73).


El título es perfecto: Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, o Pablo Neruda si lo prefieren en seudónimo, vivió a plenitud todas las situaciones posibles de vivir, desde participar en la guerra civil española, tener una feroz amante birmana, recibir un premio Nobel de literatura, escuchar las quejas de García Márquez por las supresiones, por supuesta crudeza, en la edición rusa de los Cien años…, y parecerse a un tapir.


Comentar el libro resulta difícil. ¿Por qué este capítulo y aquel no?, narrar esta anécdota y dejar esta otra sin comentario alguno. Es tan rica la vivencia del chileno que cada capítulo parece una vida independiente de la otras, como reencarnaciones dentro de un eterno dharma.


Ante lo insalvable de la situación, comentaré lo que pueda caber en estas cuartillas.


La guerra civil española concitó, por ambos bandos, solidaridades que no cabe calificarlas en estas líneas. El bando republicano no recibió solamente el apoyo de los brigadistas internacionales, de la Unión Soviética y de los gobiernos de tendencia izquierdista como el de Lázaro Cárdenas de México, sino también el respaldo de innumerables intelectuales tanto dentro de la “piel de toro” como Alberti, Miguel Hernández, y García Lorca, como desde fuera de ésta, entre ellos Neruda, el cual se desempeñaba como cónsul de Chile en Madrid.


El libro de poemas España en el corazón, adelantado por el chileno cuando la guerra comenzaba a perderse por parte de la República, no solamente entraña la poesía para la Madre patria en esos dolorosos momentos, sino también su génesis y elaboración material que son tan poéticas como el contenido mismo.


En circunstancias tan adversas, cuando incluso ya había sido fusilado en Granada Federico García Lorca, se procedió cerca de Gerona, en el frente del este, a la impresión del libro.


Manuel Altolaguirre, tipógrafo, instaló en un monasterio una imprenta, y al faltar el papel, los soldados republicanos, improvisados como linotipistas, procedieron a fabricarlo utilizando un molino para triturar los materiales necesarios. Ahí radicó lo sui generis del asunto, pues se utilizó lo que se tuvo a mano para elaborar el papel, incluso objetos dramáticos: trofeos tomados al enemigo como banderas del bando nacionalista, alguna capa o túnica manchada de sangre de un soldado moro muerto, de esos que llevó Franco desde Marruecos como carne de cañón y para aterrorizar al enemigo violando y matando.


Se consiguió el papel, según Neruda muy hermoso, y por ende el libro, pero la derrota era inminente, y los soldados de la República huyeron a Francia con los libros, ametrallados por los aviones de la Legión Cóndor, que habían arrasado Guernica, enviados por Adolfo Hitler en apoyo a los rebeldes.


Muchos libros se destruyeron o quedaron en los caminos hacia la frontera francesa; otros fueron incinerados por los vencedores, se volvieron raros e invaluables, pero después de conocer estos detalles, y leer o releer el libro, lo encontramos mucho más épico, más bello y humano.

Quien quiera conocer un ejemplar de esa edición príncipe puede verlo en la Biblioteca del Congreso, en Washington, protegido dentro de una urna de cristal. Ahí lo pudo contemplar su autor muchos años después de haberlo escrito, y que la sangre del soldado moro se volviera poesía.


En el capítulo titulado La soledad luminosa, se incluye un aparte denominado Los dioses recostados, que si bien no identifica con exactitud el lugar de la experiencia, creo que se desarrolla en la India de los años veinte cuando Neruda, muy joven, era cónsul comercial de Chile en Oriente. Alude a las estatuas de Buda, a las sedentes y yacentes, a la paz y tranquilidad que de ellas emanan. Hay que diferenciar las imágenes de Buda del arte hinduista y del sureste asiático con las del extremo oriente. Responden a idealizaciones propias de las varias ramas del budismo. Las primeras lo representan joven y esbelto, por lo general en la posición “flor de loto”, sentado sobre las piernas cruzadas, y las manos en posición de proteger, otorgar la gracia o bendecir. Puede identificarse el período al cual pertenece la estatua por los elaborados peinados.


Las segundas, muestran la imagen de un monje con características somáticas del lejano oriente, regordete, con cráneo rapado y voluminoso vientre. Las que observa el poeta parecen ser del arte hinduista de la India.


Puede ser en unas cuevas talladas, como las de Ellora y Ajanta, o en un claro de la selva. Las observa inmensas, de granito arenero corroído por el tiempo, con una disolución como si el aire las desgastara, brotan de sus narices y cubren su cuerpo hongos, porosidades, huellas excrementicias de la selva. Irradian tranquilidad, paz espiritual, con una sonrisa de suavísima piedra.


No puede el joven Neruda evitar comparar esa placidez con la angustia y el dolor que transmiten los crucifijos españoles, llenos de sangre, llagas, pústulas y cicatrices, con ese olor a vela, a humedad, a pieza encerrada que tienen las iglesiasla religión del suplicio, en el peca y sufre, en el no pecas y sufres, en el vive y sufres, sin que ninguna escapatoria te librara. Concluye que los que tallaron aquellas estatuas se rebelaron contra el dolor, y crearon de la piedra rostros sosegadamente humanos, dejando el sufrimiento a un lado, armonizando con el lugar donde fueron esculpidas, y por ello mana un olor, no a habitación muerta, no a sacristías y telarañas, sino a espacio vegetal, a ráfagas que de pronto caen huracanadas, con plumas, hojas, polen de la infinita selva…


Y resulta imposible después de leer aquello, cuestionar, sin irreverencias, porqué tiene que ser el sufrimiento la tabla de salvación del cristiano; si se trata del triunfo final del hombre con la doctrina de Cristo también hombre, porqué esa redención no puede alcanzarse con un criterio más acorde al corazón humano como es la sublimación de la paz interior.

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