• Columna 7

MAQUIAVELO EL PATRIOTA FLORENTINO (II PARTE)

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


Carlos Marx al referirse a la capacidad de abstracción del pensamiento político de Maquiavelo, expresa que éste liberó a la política de los preceptos morales y religiosos que hasta entonces la regían, otorgándole una concepción propia e independiente, con una dinámica basada en la observación de los hechos, la psicología, y la historia del hombre.


No debió ser nada fácil hacerlo; solamente conociendo los cambios que en Europa del siglo XV produjo el Renacimiento se asimila el fenómeno. Cambio rotundo, al menos en las clases noble, burguesa, y atreviéndonos a darle, para efecto de mayor comprensión, la condición de clase, la Iglesia romana.


No solo se trata de enunciar el cacareado salto del Teocentrismo al homocentrismo, sino entender lo que fue el fin de un mundo, al menos para las clases mencionadas, fin con el cual se resquebrajó y derrumbó toda una sólida estructura no solo material (el modo de producción feudal, dando paso al capitalismo) sino anímica y mental (adiós al terror al castigo post mortem y a todo de lo que de esto se deriva), que al permitir que se impusiera todo aquello represado - incluyendo instintos de todo tipo - por mil años de moral cristiana, colocó el andamiaje social del hombre de los siglos XV y XVI patas arriba.


El hombre del Renacimiento respondía al principio de que cuando alguien siente la holgura económica se torna insolente, se atreve a iniciativas antes impensables en sus voliciones y objetivos. El asunto no se quedó en el deseo de la recuperación e imitación de la cultura grecolatina en su literatura, ciencia, y la revaloración del cuerpo humano en el arte, sino que se proyectó también en el rescate de la filosofía antigua, científica y especulativa, dialéctica y polémica, pisoteada y arrumada por la cristiana, dogmática y alienante ésta en su intransigente convencimiento de ser dueña absoluta de la verdad. Todo esto durante quince siglos… ¡Imaginemos el esfuerzo para desmontar aquello!


El renacentista, en continua conversación con los clásicos, retoma su filosofía cuestionadora libre de dioses y dogmas, analizando el mundo desde la perspectiva de lo real, objetivo y esclarecedor en cada una de sus partes.


Y parte fundamental de ese mundo es la política, ese accionar que permite a los hombres vivir socialmente (zoom politikón), y, también, obedeciendo a su natural tendencia a la mezquindad y a dominar, consolidar su poder y gobierno sobre un grupo humano. En ese ambiente delirante que es la política, plétora de esencia humana, mezcla de virtudes teologales y pecados capitales, Nicolás Maquiavelo desarrollará su ideario político desde el mundo de carne y hueso de los hombres, sin caer en oníricas teorías grandilocuentes sobre el deber ser iluso de gobiernos justos y equitativos, basadas en los sentimientos de amor al prójimo que invocan siempre la presencia y conveniencia de un Príncipe cristiano para la obtención del cielo en la tierra. De ahí la crudeza de sus a veces desalmadas conclusiones; a veces, porque no siempre lo son.


Para el florentino, que vive la bella pero convulsionada Europa de los monarcas como Fernando El católico de España, Luis II de Francia, y Maximiliano de Habsburgo, Carlos V y Francisco I; papas de la talla de Julio II, Alejandro VI, Clemente VII y León X, para nombrar algunos personajes del período; todos obsesionados por reacomodar una y otra vez sus fronteras a costa de los demás, el Renacimiento es algo más que las pinturas de Leonardo, la Capilla Sixtina, o las madonas de Rafael Sanzio.


Él, testigo de las invectivas del dominico Jerónimo Savonarola contra la corrupción de la Iglesia de Roma, y de los Médicis en Florencia, de las guerras y alianzas por conveniencia entre las ciudades italianas y potencias extranjeras, sabía que los tiempos habían cambiado…y los hombres debían adaptarse a dicha mutación.


Nombrado en la jefatura de la Segunda Cancillería de Florencia en 1.498, con escasos 29 años, desde la cual se ventilaban las relaciones exteriores de la República de Florencia, Maquiavelo pudo desarrollar un amplio conocimiento de la condición y psicología humanas el cual le permitiría llegar a sus extremas conclusiones y consejos iguales sobre la naturaleza del hombre y su proyección en la vida de las naciones y en el ejercicio del poder en éstas.


El perfil que Maquiavelo adelantaría sobre su época y los hombres de ésta, estaba abonada por una realidad social, cultural y anímica que Jacquez Barzun, en su obra Del amanecer a la decadencia, define a la perfección:


…Al librarse el Renacimiento de la moral ascética de la Edad Media, no la substituyó con ninguna otra. La mayoría de las personas parecían obedecer únicamente a las reglas del interés personal o se dejaba conducir por sus inclinaciones o pasiones. El relajamiento de los lazos conyugales, asesinatos, envenenamientos y de toda clase de perfidias en todos los rangos de la escala social atestigua una crisis moral indudable. Y, sin embargo, se ve apuntar en medio de este desorden, el sentimiento de la libertad individual, el de la dignidad del hombre, el de la belleza, el de energía y el de la responsabilidad del hombre ante su propia conciencia.

Nicolás Maquiavelo, es el clásico hombre renacentista. Culto, sabía latín y posiblemente griego, estudió gramática, matemáticas, retórica, y se inició desde muy joven en los clásicos, leyendo a Virgilio, Tucídides, Tácito y Tito Livio, éste último será referencia cuando compagina y analoga sus deseos de una Italia unida y fuerte como lo fue antaño la República Romana. Pero también participa de la frivolidad, casi hasta la vulgaridad, de la época y del “destape” que en ella se produce. Ambas circunstancias son mejor asimilables leyendo su epistolario, mixtura de conocimientos humanísticos, históricos y políticos – sobre todo de su patria Florencia – y la más erótica y burlona picaresca a la altura de un Boccacio y de su Decamerón.


Esa pluralidad de ánimo estaba clara y definida en su mente, debía Maquiavelo tener un completo autoconocimiento de su personalidad e idiosincracia, lo que sumado a su formidable cultura, le permitiría observar y juzgar en forma concreta, diseccionante, firme y ocultas dentro de sí mismo. Y, al momento de actuar, y de aconsejar como hacerlo, sería basándose en una firmeza y convicción que nos permite comprender con la mayor lógica los contenidos de sus frases, por ejemplo “… si una lesión tiene que ser hecha a un hombre, debería ser tan severa que su venganza no necesite ser temida”. Es decir, hay que derrotar al enemigo contundentemente, cosa que no pueda recuperarse nunca. Ergo conservar la posición dominante: el poder.


Pero no quedan ahí las cosas, pues Nicolás no se limita al mundo de los hombres políticos, sino también al de los mundanos, como cuando en una carta a un amigo describe su encuentro con una mujer en plena oscuridad de una cabaña, y que después de yacer con ella, al prender un tizón y verla tal como es, procede a describirla en forma tal (con piojos, mal aliento, desdentada y con tanta baba en los labios como moco en una horrorosa nariz, que sintiendo ganas de vengarse se vomita sobre ella) que no sabe uno si reír o vomitar junto con el toscano.


Más lo uno no opaca lo otro, según la circunstancia él sabrá desenvolverse como el hombre de los nuevos tiempos que es.


Quizás por esto último, cuando escribe a su amigo Guicciardini a finales de octubre de 1.525, comentándole lo mal que ve la guerra entre Francisco I y el Imperio de Carlos V, se despide de aquel firmando la carta como ”Nicolás Maquiavelo, historiador, cómico y trágico”.

(FIN II PARTE).



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