• Columna 7

EL MAGISTER DEL SABER


Por: Rosember Rivadeneria Bermúdez.


Usa lentes oscuros, pero no por timidez, ni para

cubrirse de los rayos solares, tampoco para evitar

que en el trabajo lo descubran soñando, sino para

que nadie perciba que se deleita pensando.


Estudioso de la teología y la filosofía, y he ahí el

fortín de su sabiduría.


Buen amigo y compañero inseparable del filósofo

Ariel, por eso podría decir que, el uno es el “herma” y

el otro el “nazo”, y aunque Ariel está en el cielo,

jamás dejará de ser su hermanazo.


En sus discursos lo rodea un silencio celestial, y no

es que prohíba hablar, es que su riqueza intelectual

nos deja sin palabras para expresar.


Sus charlas son todo un festín, y a todos se da a

entender, así te hable en latín.


Por su intelecto humanitario, la Procuraduría lo

pretendió disciplinar, pero su propia defensa logró

edificar y, durante la indagación preliminar, la razón

de su discurso supo explicar. Como testigos, Dios al

párroco y a las monjas le envió para mayor

seguridad y, asistido por las encíclicas papales, su

dignidad pudo demostrar.


Concluyó la autoridad que se trata de un

revolucionario, pero del saber, por eso se deleitan

con todo lo que su alma tiene por ofrecer.


Desde entonces, y hasta la fecha, afirma no temer a

ningún tribunal humano, pues Dios lo cubre con su mano.


Cuando lo observo en las calles de la perla

caminando, siempre lo confundo con una biblioteca andando.


Es el maestro por antonomasia, y está a la altura de

cualquier sabio mítico de Grecia, Asia, Rusia,

Francia, e incluso de los extraterrestres que se

pasean por la galaxia.


Al aula siempre arriba asistido de su bolso, en cuyo

interior transporta libros que custodia como un

guardián celoso.


Un sabio bajito, incognito, de avanzada edad, pero

con la agilidad mental de un muchachito, y en las

siguientes líneas su nombre revelaré a toditos.


Un héroe auténtico, y a pesar que no tiene espada,

capa ni fama, con su perseverancia, a muchas almas

ha logrado rescatar de la ignorancia.


Un sabio adornado con piel morena, de corazón

suave como la arena, tan pensante como parlante,

seguidor y de Cristo amigo, por eso en su mente no

existe el concepto de enemigo.


En el palacio del saber lo conocen como el Magister,

pero se apellida Avendaño porque a nadie es capaz

de hacer daño, Pantoja, porque le fascina leer un

libro hasta que en sus manos se deshoja, y

responde al nombre de Alfredo, porque en la Sergio

Arboleda sus enseñanzas están a la par del credo.

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