• Columna 7

UTOPÍA POLÍTICA

Actualizado: jul 19

Por: Ricardo Bolaño González.


La problemática ya está mas que identificada, algunos la llaman polarización; yo prefiero denominarla radicalización en las ideas, para no decir fanatismo político, aunque en últimas la consecuencia sea prácticamente la misma.


Que en una sociedad existan dos o más sectores con visiones contrapuestas o con criterios diferentes de lo adecuado o no, debería considerarse ideal, pues entre mas opiniones y propuestas se fortalece nuestra democracia. En una sociedad liberal, como decimos que es la nuestra, debería darnos temor aquellos ciudadanos alineados a ciertas ideas sin un mínimo esfuerzo por tener criterio propio.


Sin embargo, y esto lo he manifestado en otros escenarios académicos, nuestro país nos se ha caracterizado por el respeto del criterio ajeno. Vivimos en guerra prácticamente desde la conquista, divididos siempre en dos sectores, y donde uno exige la exterminación del otro.


El Acuerdo de paz y su plebiscito en el 2016 me dio algo de optimismo, llegué a creer que habíamos logrado alcanzar la madurez democrática necesaria para entender que, si una persona piensa distinto a mí, ese hecho no lo puede graduar de enemigo, a lo mucho de mi contradictor, pensando ante todo el respeto por las ideas contrarias.


Pero sólo fue un espejismo, nuestro lideres políticos tampoco han ayudado en la tarea, por el contrario, han aplicado la efectiva tesis del “divide y vencerás”. Por supuesto, es mas fácil construir muros que tender puentes, por eso antes de darle crédito a mi opositor, es preferible asumir verdades alternas.


El resultado resulta palpable, una sociedad totalmente fracturada, incapaz de llegar a acuerdos, al borde de una guerra civil (si creen que exagero, explíquenme que pasó en Cali), producto de un liderazgo irresponsable que olvida la importancia de mantener la cohesión social para la estabilidad de las instituciones.


Al parecer no haber estudiado historia nos afectó más de lo esperado. Este ha sido un país que derramó sangre por la violencia partidista, pero que está dispuesta a seguir derramándola, luego, no aprendimos nada.


Nada justifica la violencia, ni un partido político, ni mucho menos un político, y aunque a estas alturas ya suena a cliché, la solución está en respetar a quien piense distinto a mi, a aprender a convivir entre la diferencia, aunque hoy, en este país, suene a utopía.

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