• Columna 7

UNAS ELECCIONES DOMINADAS POR LA DIALÉCTICA DE LA GUERRA

Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


“... La política es el seno en el que se desarrolla la guerra, dentro de la cual yacen escondidas sus formas generales en un Estado rudimentario…


Mayor General. Kar Von Clausewitz, “De la Guerra”.


El concepto de Von Clausewitz– uno de los militares prusianos que intervino en la derrota de Napoleón–, de acuerdo con el cual, la política es la matriz de la violencia suprema que es la guerra, fue sintetizado en el apotegma “La Guerra es la continuación de la política por otros medios”, atribuida al mismo Von Clausewitz.


La vida política colombiana, desde la fundación de la República, parece haber estado dominada por la dialéctica de la guerra, que Karl Schmitt– el jurista que con sus estudios de Derecho Constitucional legitimó el régimen Nacionalsocialista de Hitler– sintetizó en la fórmula “amigo-enemigo”, que para él dominaba todos los ámbitos de lo político.


Está dialéctica, cree entender la política a la manera de la guerra, cuyo objetivo consiste en la aniquilación, no del contradictor o adversario político, si no de quien se considera un verdadero enemigo. El problema que se deriva de esta concepción de la política es que ésta puede derivar en la guerra real, como ha ocurrido en la historia nacional cuando los intereses en el conflicto existentes en un momento determinado (económicos, políticos, religiosos,) se han vuelto irresolubles por los métodos tradicionales de la política (elecciones, pactos, conciliaciones, etc.), como en efecto sucedió en el siglo XIX con las siete guerras civiles que padeció el país, sin contar con las 40 o 45 guerras internas de tipo regional, o igualmente, durante el periodo de la llamada “violencia” en la década de los cincuenta del siglo pasado y que, para muchos analistas se trató de una “guerra civil no declarada” entre los partidos liberal y conservador.


En contra de la dialéctica de la guerra aplicada a la vida política, otra forma de entenderla nos la ofrece el gran jurista italiano Norberto Bobbio, a través de lo que llamó el “pactismo”, al que se refirió en los siguientes términos:


“La propuesta de un nuevo pacto social, global y no parcial de pacificación general y de fundación de una nueva condición social…” pacto al cual los sectores menos favorecidos de la sociedad reclaman que les “sean incluidas algunas cláusulas que aseguren una distribución equitativa de la riqueza de manera que se atenúe– si no precisamente elimine– las desigualdades del punto de partida”. (“El futuro de la Democracia”).


Infortunadamente, en la actual campaña presidencial que hoy vive el país, algunos dirigentes políticos han escogido la primera concepción de la política, la dialéctica de la guerra. Así han escogido como enemigo a uno de los aspirantes a ocupar la presidencia por su posición política anti-establecimiento, para aniquilarlo moralmente, acusándolo de “enemigo de la democracia” a contrapelo de las evidencias, cuando los mecanismos de esa misma democracia le han deparado un respaldo mayoritario de parte del titular de la soberanía.


A pesar de reiteradas aclaraciones y rectificaciones ofrecidas por el candidato a lo largo de la campaña presidencial, se le sigue acusando de pretender expropiar a los grandes terratenientes del campo, lo mismo que a otros sectores de la élite económica. A nivel popular se ha difundido la especie según la cual el ánimo expropiatorio del aspirante presidencial se extenderá a quienes poseen bienes inmuebles urbanos, así se trate de humilde viviendas. La propaganda negra sobre este “bulo” –cómo lo llaman los españoles–, ha tenido acogida en la gran Prensa, mediante avisos de propaganda política pagados por uno de los partidos políticos, declarado acérrimo enemigo del candidato y blanco permanente de sus ataques.


Vale aquí hacer una aclaración de contexto, más que necesaria en los actuales momentos:


Los partidos y movimientos de izquierda en América Latina, muchos de los cuales alcanzaron el poder en la última década del siglo pasado (Lagos y Bachelet en Chile, Lula da Silva en Brasil, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia, Vásquez y Pepe Mujica en Uruguay), han entendido que están obligados a gobernar bajo las condiciones que les impone una economía de mercado y el respeto a la propiedad privada. Ello, sin duda, porque el fracaso de las economías estatizadas de la URSS y de los países de la Europa del este, se ha impuesto realísticamente sobre los dogmatismos del pasado.


Por tanto, los gobiernos de izquierda en la región se han movido en dos direcciones complementarias que nada afectan al “estatu quo” capitalista, a saber: de una parte, ha ejecutado una serie de programas asistencialistas dirigidos a la población en condiciones de pobreza absoluta y de otra, han aumentado el gasto social en educación, salud, vivienda, etc., con el propósito de igualar las oportunidades de desarrollo humano para todos los miembros de la comunidad política. Objetivo este de enorme importancia si se recuerda que el continente Latinoamericano está clasificado como el más desigual del mundo, correspondiéndole a Colombia a este nivel el cuarto lugar y el segundo en la región después de Haití.


Dentro de la estrategia (término militar) de aniquilar moralmente al candidato, no ha faltado todo tipo de descalificaciones. De todas ellas la más repudiable, no solo porque recubre un odio profundo, sino porque además denuncia una supina ignorancia, ha consistido en su estigmatización por el hecho de haber pertenecido a un movimiento guerrillero– que se desmovilizó y firmó la paz con el gobierno de turno– desconociéndose una larga tradición doctrinal y jurisprudencial en el Derecho Penal colombiano, de acuerdo a la cual, el delito de rebelión es considerado una conducta altruista, esto es, que en su realización el autor no ha buscado beneficios personales, siendo su móvil fundamental el cambio de la sociedad.


Por estas razones se ha consagrado a favor de este delito político una serie de beneficios como la Amnistía y el Indulto. La benevolencia en el trato con respecto a este delito ha tenido su origen, sin duda, en las guerras civiles del Siglo XIX que asolaron la nación, buscándose con ello, su pacificación y el reintegro de los protagonistas de los alzamientos militares, que en general provenían de la élite política y económica. Una vez más queda demostrado que el odio es el hijo legítimo de la ignorancia. (cfr. Luis Carlos Pérez, “Aproximación al Delito Político”).


En esta atmósfera de ataques, muchos de ellos francamente calumniosos, no es posible que impere la política “pactista” de Bobbio porque ésta nace del diálogo entre quienes piensan distinto,pero están dispuestos al entendimiento en condiciones de igualdad y atendiendo a los mejores argumentos, de acuerdo a la democracia dialógica defendida por Jürgen Habermas, ignorada y desconocida en nuestro medio.


Porque sin un debate serio, sereno y respetuoso, no es posible una democracia dialógica.


“El noble arte de la política– sostiene el filósofo español, Roberto Aramayo– se ve sustituido por una campaña electoral… dónde las descalificaciones ocupan el sitio de los argumentos… la propaganda nos bombardea infatigablemente… tan solo cuenta con la eficacia emocional del mensaje, pese a que se trate de burdas ocurrencias….” (Periódico “El Tiempo”, 27 de marzo de 2022, p. 2.2).


Este es el paisaje deprimente de la actual campaña a la presidencia. ¿Podremos esperar un cambio de esta situación más acorde con lo que el mismo Habermas llamó “la razón discursiva” como fundamento de una democracia Dialógica? teniendo en cuenta los antecedentes y el discurso actual de algunos protagonistas del proceso electoral, el diagnóstico es reservado.

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