• Columna 7

UN VIGILANTE DEL MAR

Por: Juan Fernando García Sánchez. Comunicador Social y Periodista. Miembro de Somos en el área de Comunicaciones.


No todos los pescadores son iguales y tampoco pescan de la misma manera. Algunos prefieren hacerlo con atarrayas, justo donde las rodillas tocan el agua, ahí deciden lanzar sus redes y con la ayuda de la brisa atrapar la mayor cantidad de peces. De esta forma es como empezó a realizar la pesca don Javier, pescador de 53 años, aficionado al fútbol y en los días que no es pescador, es vigilante en el edificio donde vivo.


A don Javier Mercado Iglesias lo conozco desde que llegué a vivir a la ciudad de Santa Marta, siempre lo veía cuando iba a jugar fútbol en la playa, en el mismo lugar, siempre en las mismas horas, a veces solo y otras acompañado de sus hijos, y solo hasta unas semanas después pude comprender que la misma persona que saludaba en portería antes de irme al colegio, era la misma que saludaba a la hora de llegar a la playa a jugar fútbol.


Mi mamá y sus amigas solo le confían los peces para comer a él. De pequeño mis amigos y yo compartíamos la gaseosa después del partido con don Javier mientras nos contaba alguna historia hasta que se hacían las 6:30 p.m. y nos decía la misma frase de siempre “me voy, ya pesqué ya hablé, ahora me voy a besar a mi mujer”. Fueron esa clase de momentos los que lograron que el pescador Javier y el vigilante “Mercado” se convirtieran en un solo personaje querido por todos los habitantes del barrio.


Le comenté que, si podía realizarle un perfil periodístico para un trabajo de mi universidad, le dije que no lo molestaría en su trabajo, solo quería observarlo y hacerle unas cuantas preguntas. Me respondió al instante con un “sí claro”. No entendía el por qué hacer una entrevista a un pescador, pero que si eso deseaba, debía llegar al día siguiente a las 5:15 a.m. para empezar la pesca.


La playa y el mar son su ambiente. Ahí dice tenerlo todo, su trabajo, su comida, puede estar con su familia y lo hace con un respeto y amor que es imposible negar. Su rostro refleja tranquilidad, con su voz gruesa y fuerte llega tarareando cada madrugada. Su sonrisa lo caracteriza y a la hora de empezar a alistarse para emprender la pesca, su serenidad lo hace interesante.


Son las 5 de la madrugada, suena el despertador, y rápidamente me preocupo de que no se prolongue mucho. Me levanto y me preparo para ver a Javier.

Vive no muy lejos de la playa en una casa que pertenecía a su madre y ahora es de él. No muy grande, pero con todas las comodidades que el necesita tener, es lo que repite siempre. En esa zona viven varios pescadores y trabajadores del barrio. La alegría y el baile que trae siempre Javier viene de allí, a las 10:00 a.m. en este sector reina la música, el desorden y la algarabía, características que a la hora de realizar su trabajo como vigilante se le notaban, pero de una forma más mesurada.


A las 6:00 a.m. es la hora programada con Javier y su compañero para encontrarnos en la playa, nos tomamos el primer café y surgen los primeros comentarios con el resto de compañeros de cómo se presenta el día en el aspecto meteorológico. Las previsiones son buenas, tal y como ya había consultado en la radio el día anterior Javier y sus colegas.


Entre ellos todo es risa, tienen sus propios chistes y palabras claves, “¡La loca no me va a dejar llevar comidita pa’ la casa!”, dice varias veces entre risas uno de ellos, refiriéndose a la potente brisa que azota a la bahía por esta época. Mientras van pasando los minutos más personas llegan al lugar de encuentro y el grupo se va haciendo más grande. Niños, jóvenes, adultos de hasta 70 años que desenredan sus redes o como prefieren llamarle ellos “Atarrayas” casi sin mirar, demostrando e imponiendo su experiencia a la hora de pescar.


A las 6:15 a.m. estamos a bordo de la lancha 'María Dolores', en nombre a su mujer, con la que lleva casado 31 años y la madre de sus 4 hijos. Aunque su esposa solo se llama María, el “dolores” que lleva la lancha lo tiene por tantos dolores de cabeza que ella le ha dado, dice Javier. “Yo dejo que le ponga a su lancha como él quiera, mientras tenga mi nombre ahí y no la de la otra fulana… yo no tengo problema”, me contaba María entre risas la tarde anterior cuando acompañaba a su esposo hasta su casa.


Desde el momento que llegamos a bordo empieza la tarea, hay que preparar los baldes y las redes para evitar problemas a la hora de entrar los peces. Su compañero de pesca, Beto, intenta ayudarme y explicarme que debo hacer mientras salimos a aguas más profundas. A Beto no le quedaban muchos dientes y su habla era difícil de entender, por lo que debía estar atento a todo lo que explicara mientras Javier me veía y murmuraba su risa viendo mi cara de preocupación.


Los pescadores en esta zona de Santa Marta se han visto afectados por las fuertes lluvias que han azotado a la ciudad en los últimos meses. Esta parte de la bahía coincide con la desembocadura del río Manzanares, el mismo que se ve siempre en esta época del año arrojando todos los desperdicios naturales y la basura de los ciudadanos a las orillas de la bahía de Santa Marta, ocasionando así la contaminación del agua hasta llegar al punto de eliminar cualquier rastro de fauna y flora que quede en el espacio.


Por eso hoy a Javier y a Beto no les queda más opción que cada día ir a aguas más lejanas de la orilla, donde aún queden peces para realizar su trabajo.


La jornada parecía tranquila, no había mucho movimiento y mientras los dos expertos en la pesca conversaban de una manera tranquila y con gracia, yo los observaba y esperaba que llegaran los peces a nosotros. La paciencia es sin duda una de las fortalezas de Javier, pues en sus dos trabajos las necesita al 100%.

¿Hoy te toca de noche? Le pregunto. “Sí, esta noche me toca, hoy me entro temprano para descansar un rato”.


Empiezan las primeras cargas de peces, no eran muy grandes, pero Javier y Beto empezaron a seleccionar y guardar cada uno de los peces con una facilidad que no me atreví a decir ni opinar nada. Así fueron 3 o 4 veces antes de llegar a la orilla. Llevábamos una buena cantidad de peces y solo habían pasado un par de horas.


Pero hasta ahora va bien la pesca, ¿no?

“Esto es por turnos más o menos, no podemos llevarnos lo poquito que hay. De esto que llevamos regalamos algo y salen otros pescadores un rato”.


“Los pescadores gordos, esos que salen en la noche y vuelven en la madrugada con una pesca gorda, esos ya no traen pescados tan grandes, ahora imagínese nosotros que pescamos en la orilla... Pero ajá, es lo que toca comer ¿sí o no?”. Fueron las palabras de Beto cuando llegamos a la orilla.



Mientras Javier se bajaba de su lancha empezaba a hablar y a presentarme con el resto de sus compañeros, al rato llegaron sus hijos haciendo bromas y comentándoles con orgullo que saldrían en un reportaje para una universidad, con una emoción y humildad característica de él y su familia.


Se hacen las 10:15 a.m. y empiezan a llegar las primeras canoas y lanchas con la pesca de la tarde. El grupo de personas vuelve a ser grande y se escucha el sonido de las carretillas de madera entrando en la arena, esperando que sus dueños las llenen de pescado para la venta. Pero mientras las personas se van acumulando para ver las ganancias del día, don Javier y sus hijos se van alejando con su balde lleno de pescados camino a su casa. Logro alcanzarlo y preguntarle ¿No va a vender su parte? “nombre hoy no hubo tan buena pesca, hoy toca llevar lo que cogimos para poder comer en la casa, nos vemos esta noche en el edificio Juancho, gracias por la compañía”.

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