• Columna 7

UN ENCUENTRO FUGAZ

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


Allí estaban, pocos minutos después de la hora señalada, contemplándose frente a frente, capturando cada detalle de sus expresiones corporales, el sonido de la voz, la espontaneidad y sinceridad de las palabras, siendo testigos mudos del brillo inevitable con el que las miradas confiesan la química corporal y la atracción espiritual. Sí, allí estaban esos seres, ardiendo en su interior, experimentando la cálida energía que irradiaba el alma, mientras tímidamente se precipitaba el alba.

El viento se apropiaba de la charla sincera, amena y profunda de dos espíritus maduros que expresaban lo que deseaban experimentar, sin pena y sin el peso de las cadenas, libres para ir y venir, y sin impedimentos para repetir y repetir.

Una misteriosa luz rodeó aquel momento, en el que esa mujer divina cobraba vida, moviendo elegantemente su cabello y su cintura, y al abrir sus brazos, con su pecho natural, tiernamente, a ese hombre le ofreció la bienvenida.

Sometido por el universo, el sol los contemplaba pícaramente escondido entre las nubes, siendo obligado por orden celestial poco a poco a descender, pero resistiéndose a desaparecer, porque anhelaba ser testigo del beso fugaz con el que el corazón sus sentimientos suele desbordar.

No hubo escenas para la luna. Al amar las experiencias son efímeras, y pese a que perdieron la noción de las horas que marcaba el reloj, Cronos los obligó a marchar.

Sus mentes compartieron una queja reprimida: ¡El tiempo es un traidor!

Cuando más se quiere y se desea, como una estrella fugaz se escapa de las manos.

Qué frágil es el gozo de los momentos, el tiempo dispone de ellos como el viento a la arena del desierto.

Un último rayo de sol los observó partiendo por caminos distintos, pero con la reciprocidad comprobada, sabiendo esas almas que para ellas habrá un mañana, en el que reinará el deseo, el sudor y las ganas.

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