• Columna 7

UN CRUCIFIJO CONTEMPORÁNEO (I PARTE)

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.



Arriba: Pintura flamenca. El descendimiento de la cruz. Roger van der Weide. Hacia 1435. 220x 262 cm. Museo del Prado. Madrid.



El fallecimiento del padre Alfonso Llano el año pasado, me hizo rememorar sus columnas en el diario El Tiempo de Bogotá y comprobar como sus concepciones del cristianismo contemporáneo sustentadas con una sindéresis clara, y con lecturas profundas de las obras sobre el tema, influían en mis clases de ideas políticas cuando la visión del cristianismo y de Cristo mismo, son descritas y tratadas con los alumnos desde un punto humano y terrenal pero, sobre todo, desde el ideario político de ser antes que nada – en sus comienzos – una ideología de reivindicación nacional, anti imperialista y antioligárquica, y de solidaridad humana.


La teoría de los actuales tiempos de El Cristo descendente y El Cristo ascendente son percibidos en el magín de los alumnos con una evidente incertidumbre para su aceptación, más si se acompaña con la Doctrina de la Liberación del Helder Cámara y su proyección en el sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo, los españoles Domingo Laín y Manuel Pérez – para nombrar los más conocidos – y el grupo armado colombiano Ejército de Liberación Nacional (ELN).


Enfrentados a una explicación que choca estrepitosamente con las sacras enseñanzas recibidas a su escasa edad, no comprenden fácilmente que, por ejemplo, de ser así, puede haber cristianos ateos, o mejor, que hay quien no crea en Dios, pero sí en la doctrina de Cristo. Tiene lógica: por mucha academia puesta al asunto, romper con el unívoco principio de la Santísima Trinidad y su unicidad, implicaría ir contra aquel dogma fundamental para todo cristiano. Creer en los principios sociales y humano del Hijo, descartando al metafísico Padre o, negar al Padre pero sí aceptando al Hijo hombre de carne y hueso, va contra la profesión de fe contenida en el Credo.


Leyendo la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco, en la cual la figura de Cristo es sometida a análisis “dialécticos” por los imperiales, franciscanos y seguidores del papa, sobre si Jesús era propietario o no de la ropa que vestía, o que si tenía que regresar todas las noches a Betania porque no tenía dinero para pagarse un albergue en Jerusalén, pero, sobre todo, si alguna vez había reído (ya que en la Biblia no aparecía que lo hubiese hecho) no pude abstenerme de tratar de hacerme una imagen propia del Redentor.


Es evidente que el Cristo medieval de la novela, no podría compaginarse con los nuevos y actuales tiempos de compromisos sociales y políticos relevantes, en los cuales las conquistas y reivindicaciones populares y la lucha de clases derivada de conciencias sociales muy concretas, exigen un compromiso mayor por parte de cualquier religión.

Mantengo total rechazo a las irreverentes posturas y adjetivaciones del escritor colombiano Fernando Vallejo hacia la Iglesia cristiana católica (“La puta de Babilonia” Edit. Planeta) pero, se dio en mí la incertidumbre al leer la entrevista que le hiciera María Jimena Duzán al escritor (Lecturas de Fin de Semana. El Tiempo 20/10/2007. Bogotá) en la cual al preguntarle ésta porqué creía que Cristo nunca existió, aquel respondió: “¿Cristo? Cuál de todos, porque hay muchos…” y procedió a enunciarlos: el Cristo de los evangelios sinópticos, el del evangelio de Juan, el de las 14 epístolas de Pablo, el de los ebionistas,elkesaitas, ofitas, nazarenos, judaizantes, adopcionistas, docetistas, gnósticos, simonianos, valentinianos, el de Basílides, Cerinto, Carpócrates, Marción. Se queda corto Vallejo, la lista es larga: fraticellis, cátaros, patarinos, circumcelliones, donatistas, valdenses, joaquinistas, católicos, luteranos … etc.



Pero la lectura que me convenció de la búsqueda del otro Cristo, hombre, político y líder de su pueblo fue ¿En qué creen los que no creen? diálogo entre Umberto Eco y el Obispo de Milán Carlo María Martini, el primero de clara cultura laica, y el segundo un intelectual de la Iglesia formado en la Universidad Gregoriana en Roma y rector de esta. Participan también el famoso periodista Indro Montanelli y el político e intelectual italiano Claudio Martelli, entre otros. Los conceptos presentados desde las distintas orillas de la fe, la ética y la moral, incluso de la biología y las fronteras de la vida humana, me convencieron de que el Cristo contemporáneo y la doctrina respectiva, debían aderezarse con una nueva visión de las sociedades





Arriba. El cristo de San Juan de La Cruz. Salvador Dalí.

1951. 205x 116 cm. Museo Kelvingrovre. Glasgow.


actuales influenciadas por ideales de justicia social aquí y ahora, que implican otra forma de interpretación del concepto del amor y la solidaridad, y que pueden estar, para alcanzar su función y objetivo, sustanciados con criterios de violencia e incluso con la lucha armada cuando se han agotado los caminos del diálogo para subsanar la injusticia y la negación al cambio justo y necesario se hacen tozudas.


El criterio resulta claro cuando acudiendo al mito judío del Chivo expiatorio, humanizado con Jesús, de que Dios envió a su hijo para que acumulara en él los pecados de su pueblo y muriendo crucificado estos desaparecieran salvándonos a nosotros, podamos concluir de que en y para estos tiempos un sacrificio equivalente, pero sin base mítica alguna, sino sustentado por una convicción de búsqueda de justicia y paz sociales, hace válido, legal y justo el accionar de quien lo adelanta, sea un sacerdote o pastor que trabajando dentro de un grupo humano en abandono se contagie de alguna enfermedad y muera, o un sacerdote que ante la impotencia de la razón para cambiar una injusticia, tome el camuflado y las armas, pereciendo en combate.


La máxima demostración del respeto por la vida es entregar la propia en aras de la de otros, cuando esa decisión es un batido de excelsa condición humana e iluminada esta por un ideal. Así, tendría el mismo peso específico morir crucificado en el Gólgota, en masa en Bézier, para que “Dios reconozca a los suyos en el cielo”, o en pleno combate, tratando de recuperar una carabina, en Patio Cemento, Santander, Colombia.


Hay muchas formas de ver y sentir a Cristo. El arte mismo es un reflejo de ese criterio. Los artistas de diferentes épocas representan las escenas sagradas con ropaje y paraje de su tiempo que vuelven anacrónica la obra. Pero lo que encierra la obra del caso, no es sino el deseo del autor de ubicar a Cristo en la época a la cual pertenece el artista. En estos días el escultor canadiense Timothy Schmalz, donó a Colombia una estatua de bronce llamada “Jesús habitante de la calle”, representa a un hombre tumbado en una banca y envuelto totalmente en una frazada de la cual solamente emergen los pies con las heridas de los clavos que nos dicen que el pordiosero es Cristo. Llama a la compasión, que implica solidaridad y ayuda. Es una imagen de todos los días, que de tanto verla no la vemos ya. Hay que verla y actuar, si no ¿qué cristianos somos? FIN I Parte.


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