• Columna 7

TUMBANDO ESTATUAS Y CAMBIANDO LA HISTORIA

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.

A raíz de videos de indígenas en Popayán derribando una estatua de Sebastián de Belalcázar ante dos agentes de policía los cuales simplemente se limitan a mirar, nos atrevemos a hacer ciertas consideraciones.


Es un gesto atávico en el hombre destruir el símbolo de aquello que rechaza, mira como un enemigo, u obliga a un recuerdo humillante y doloroso de alguna circunstancia. Quemar una cárcel donde se torturó a enemigos políticos por parte de una dictadura ahora derrocada, tumbar un muro que separaba a un mismo pueblo, tomar las banderas e insignias del vencido como trofeo de guerra, e incluso, desbordada la ética del vencedor por la victoria y aparecida la bestia de la venganza, aparece también el genocidio, la violación y el incendio.

Símbolo preciso son los monumentos, concretamente las estatuas, hechas para eternizar un recuerdo. Por lo general representan a un personaje héroe para unos, malévolo para otros. La circunstancia conmemorada por ese monumento, también es mirada desde ambas perspectivas. Germán Arciniegas en su libro Biografía del Caribe, describe su asombro cuando en Inglaterra le muestran una mesa donde “la reina Isabel I se honró cenando con Sir Francis Drake”. Dudo que un cartagenero o un samario piensen lo mismo, a ambas ciudades las arrasó el pirata – perdón el corsario, que no es lo mismo – pero es que contemplamos el río desde la orilla opuesta.

Lo mismo ocurre con el General Pablo Morillo, si vamos al Museo del Ejército, en España, nos encontramos con todo un rincón dedicado a aquel soldado español héroe de Trafalgar y Bailen, Marqués de La Puerta y Conde de Cartagena – cada victoria le otorgaba un título nobiliario - llamado por los suyos el Pacificador, y quien matara de hambre a Cartagena y fusilara al sabio Caldas por que, precisamente “España no necesita sabios”.


La Reconquista española de sus colonias americanas también tiene sus bemoles en ese aspecto. Camino a Cartagena el oficial español, recala en Santa Marta, donde es recibido con euforia y terminada de aviar su flota de guerra. La razón es clara, la ciudad de Bastidas sigue fiel al Rey, y tiene ya largo rato de estar enfrentada a la independentista Cartagena. Debemos entonces observar el derribo de la estatua ecuestre de Belalcázar por nuestros indígenas caucanos, con el doble prisma de lo hispánico y lo aborigen.


El intelectual colombiano Alberto Zalamea, director de la revista Cromos por varios años, y de la publicación de la obra América Hispania Colombia, conmemorativa de los quinientos años del descubrimiento auspiciada por la Fundación Mario Santodomingo, señala en su ensayo preliminar que “…La búsqueda de la identidad iberoamericana no puede ser el reemplazo de nuestra autenticidad racial, lingüística, religiosa, por el mínimo código cultural de tribus que fueron, para bien o para mal, justa o injustamente (conceptos éticos que no interesan a la historia), aplastadas por una cultura conquistadora pero creadora”.

Carlos Lozano y Lozano, político, plenipotenciario e intelectual colombiano, en su Escritos políticos: España y la Conquista, señala la obligación de expresar nuestra veneración a España, y es claro al reconocer que fuera de la tierra, no poseemos nada que no sea español, desestima los prejuicios de la leyenda negra de la Conquista y Colonización, y precisa que los hechos históricos no pueden llevarse a efecto sin una mezcla de lo puro y lo perverso.


Contrario sensu, los escritos, narraciones y crónicas de la Conquista por parte de los conquistados y de los enemigos de los métodos utilizados para conquistar, son un verdadero horror. Nunca he tomado al pie de la letra los escritos de De Las Casas, he preferido autores contemporáneos como Germán Castro Caicedo y su libro El Hurakán (así, con K, pues es una palabra taína y suena más fuerte que con C) que recoge relatos de la época y los comenta a partir de la práctica periodística y de la investigación histórica.

Todo aquello fue un verdadero huracán. Salvador de Madariaga, citado por Castro Caicedo, describe ese 12 de octubre de 1.492 al acercarse las carabelas de Colón a Guahnani: “La tierra estaba quieta, viviendo su ensueño matinal como lo había hecho durante tantos siglos, en bendita ignorancia de lo que significaba aquella mañana fatal que cerraba para siempre una era de paz en los jardines de su alma”.


Los horrores cometidos por los españoles sobre nuestros indígenas, es un imposible para ser olvidado por estos aún después de tantos siglos de ocurridos. Y los horrores todavía continúan. Si el destrozar a los indígenas con los feroces mastines y perros molosos por los conquistadores creó el verbo perrear, contemporáneamente el verbo cuivear significa en los llanos orientales colombianos salir a cazar indios cuivas, al menos hasta los años 60’ y 70’ cuando el famoso caso de la matanza de indígenas en La Rubiera hizo pública esa costumbre.

Pero lo que más enardece a nuestras etnias, y el Cauca es el mejor ejemplo de ello, es el expolio de sus tierras, antes a través de las instituciones de la Encomienda, Mita y Resguardo, posteriormente los blancos corriendo cercas con ayuda armada (todavía no se les llamaba paramilitares) y legalizando el hecho con notarios familiares de los usurpadores.


Demasiado han soportado nuestros indios, y ahora que tienen más acceso al Estado, líderes estudiados y un claro reconocimiento de derechos a nivel internacional, están actuando.

Sin embargo, no creo que sea derribando estatuas como prosperen esas reivindicaciones y conquistas. Es más, la tolerancia estatal a esos actos explicados y justificados por más de un populista, pueden derivar en hechos y estados de mayor trascendencia.


La pasividad estatal representada por los dos policías estáticos al momento del derrumbamiento de la estatua, daba para pensar que la propuesta de nuestra galáctica –por lo de estrella– congresista Paloma Valencia se había hecho realidad y el Departamento del Cauca había sido dividido en dos mitades, una para los blancos y otra para los indígenas. Esa sería la razón para que los policías no intervinieran. No estaban en su “jurisdicción” palomera.

Si bien el derribo de marras contiene una tremenda carga de simbolismo, protesta y reclamo, no menos cierto es que no va a borrar con siglos de ignominia y explotación, y crear el estado ideal indígena. Van bien, quizás algo lento, pero bien, cada vez tienen más representación en los cuerpos colegiados y en el gobierno mismo, reconocimiento de derechos y respeto a sus lugares sagrados como la Sierra Nevada de Santa Marta y el Parque Nacional Tairona. Sus jóvenes estudian en centros superiores sin abandonar después de ser profesionales su entorno, lo que significa desarrollo y mantenimiento de la entidad.

Sus reivindicaciones deben continuar, pero dentro del marco de la legalidad, antes de que las cosas tomen un cariz tipo Ecuador, donde una minga indígena marchando hacia la capital, derroca a un presidente sin ningún problema. Que nuestras instituciones son más fuertes y no lo permitirían… ¡quién sabe¡


Pero hay algo que en el plano de las suposiciones me preocupa en caso de seguir esas manifestaciones anti conquista y colonialismo español de esa manera.


Lo heroico de la Conquista, la visión de esos hombres cruzando páramos y selvas, enfrentando a los aborígenes, las fieras salvajes, fiebres malsanas, comiendo cocido el cuero de las sillas de sus monturas, etc., diluye en cierta forma otro tipo de heroicidad en esa epopeya, y es la de los miembros de la Iglesia cristiana, apostólica y romana de España en otro tipo de conquista, la espiritual. Serían los sacerdotes los que arrancarían de las garras del demonio a esos seres desnudos y salvajes, los que decidirían si eran hombres o bestias, si tenían alma o lo contrario.


Hay que ser honestos al respecto. Si hubo una institución que produjera una aculturización (en el sentido de una cultura que desplaza o se impone a otra) es la Iglesia cristiana católica y su accionar en América la que ocupa el primer lugar. El cristianismo, igual que hizo con la cultura clásica grecolatina mil seiscientos años antes, barrió con la espiritualidad de nuestras culturas aborígenes. Sus bellas mitologías, sus criterios sociales de convivencia y sexuales, su concepto del delito y su inocencia sobre lo que es el pecado, fueron reemplazados por la alienante y doble moral cristiana. Siempre he rechazado el accionar de misioneros y evangelizadores sobre nuestras etnias, sean el Instituto lingüístico de verano, sacerdotes católicos o pastores protestantes.


Pero el cristianismo hace parte de nosotros, incluso aun cuando quiera negarse, constituye nuestra unidad como Nación junto con el idioma español. Difícilmente podríamos terminar de elaborar la cultura colombiana dejando al cristianismo a un lado, por mucha laicidad que queramos darle a nuestro presente y futuro.


Qué podría ocurrir, si conscientes del daño que causara a su cultura ese fenómeno de aculturización referido, los indígenas la tomaran contra nuestras instituciones religiosas, como templos, representaciones sacras y demás.


Cuál sería la reacción estatal ante el incendio de templos veredales, expulsión de sacerdotes de aquellos lugares, o ataques dentro de la efervescencia de una manifestación o minga en una ciudad a catedrales, palacios episcopales, o museos religiosos.


Puede parecer exagerado, pero recordemos la escena del oficial del ejército nacional llorando de impotencia cuando tomado por piernas y brazos por indígenas que habiendo decidido desalojarlos de su puesto de mando procedieron a hacerlo. Se tomaron el puesto militar sin dispararse un tiro, nuestros soldados tenían la orden de no oponer resistencia. Conocían esa circunstancia de prohibición, y actuaron en consecuencia. A Dios gracias ocurrió así, y la sindéresis de nuestros soldados impidió una tragedia.


Colombia siempre ha sido una bomba de tiempo, corren tiempos difíciles en los cuales se puede esperar cualquier cosa. Hay que apoyar las reivindicaciones de nuestros indígenas y sus exigencias de derechos, pero dentro del derecho mismo. No mirar los toros desde la barrera aplaudiendo o siendo indiferentes ante actos como los de la estatua, hecho este definitivamente fuera de la ley.


Sobre todo, ser conscientes de los justos reclamos de nuestros aborígenes, para no quedar dentro de la frase del mexicano Octavio Paz cuando señala que queremos a nuestros indios pero en los museos, en la calle los despreciamos.

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