• Columna 7

TE CREERÉ SIEMPRE

Por: Andrea Castaño.


Ahí estábamos, dos almas jóvenes y moribundas esperando no sé qué de quién. Tú me tomaste de la mano y me llevaste por un sendero cálido detrás de la colina, decías que la hierba en ese lugar era espesa como espuma y fresca como el mar, te creí y te seguí creyendo aún cuando empezaste a rozar tus manos en mis prematuras pieles, te creí cuando el brillo de tus ojos se transformó y tu sangre empezó a hervir, te creí cuando ensordecida por el sonido de las aves no te negué tocar mis tetas taciturnamente primaverales y como si fuera un baile entre dedos, pieles y boca empezaste el rumbo de una fiesta interesante llevada por una inocencia casi demoníaca. Poco a poco el retumbar de mi pecho me absorbía y me pareció solo un instante que todo mi cuerpo latía, tú tampoco sabías, eras inexperto en el arte del amor, ni siquiera tenías cátedra en la teoría, sino que tu primigenio instinto te hizo llegar hasta mi puerta, la llave de tus besos, de tus labios encandilados y tu sudor alquímico la abrieron con mucha duda pero decidido a encontrar aquel tesoro del que todos los hombres hablan y del que los poetas se jactan de haber embellecido, jamás repliqué porque gozaba de aquel choque eléctrico soberano, transformado en energía en aquel cuerpo novicial. Tenías razón, la hierba de ese lugar era espesa y fresca porque cuando en mi cóncava existencia aquella bestia simpática y hambrienta colonizó, me sentí en el cielo, casi casi como si tocara a dios.


Los olvidos tienen colores, sabores, imágenes y sobretodo sensaciones. Los olvidos son como cuando tú y yo nos besamos detrás de la pared recién pintada, los olvidos son como aquel azul de la pared, los olvidos son el sabor de tu saliva y la picadura latente de mi pubis al tocarme.

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