• Columna 7

TASAJERA: SALTANDO A LA CARRETERA

Una niña que quiere estudiar, un pescador al que ya no le alcanza y un abuelo se niega a marchar por no dejar su casa en el agua. ¡Ay dime Dios! qué es lo que tengo que hacer si yo no conozco más que la laguna a mis pies. Y es verdad que no hay lisa pa coger, la atarraya se rompió y el bocaquicho se fue…

"La Casa en el Agua"

Jorge "El nene" Martínez.


Por: Dina Elena Ramos.


Los hechos recientemente acontecidos en el corregimiento de Tasajera, Municipio de Pueblo Viejo, Magdalena, han suscitado en la población una conmoción de dimensiones babilónicas: Un camión de gasolina se vuelca en el kilómetro 47 de la vía Ciénaga- Barranquilla. Muchos de sus moradores se acercan a saquear el camión, este explota. El saldo de personas fallecidas hasta el momento: 45.


La reacción ante la tragedia y el dolor, que embarga al país, ha estado mediada por una serie de expresiones, en redes sociales y medios masivos de comunicación, que proponen cuales han de ser las relaciones y los límites entre la pobreza, el hambre, el abandono estatal y la ética, y a su vez revelan el profundo desconocimiento que tenemos sobre la realidad de Tasajera y aún más el desconocimiento sobre la interdependencia que existe entre el deterioro ecosistémico, la pobreza multidimensional y la pérdida de la capacidad de resiliencia adaptativa de una sociedad.


Para comprender un poco mejor estas relaciones es indispensable ubicarnos geográficamente hablando: Tasajera se encuentra situada en la ecorregión de la Ciénaga Grande de Santa Marta en el delta del río Magdalena. Se asienta en un pequeño tramo de tierra, entre las aguas de la laguna costera más grande del país (La Ciénaga Grande) y las aguas del mar caribe, y cuya hermosa complejidad ecosistémica, en la que también interviene la Sierra Nevada de Santa Marta, se ha visto tremendamente alterada gracias a las decisiones tomadas por décadas sobre la disposición del uso de los recursos naturales, principalmente orientados a una idea de progreso económico basada en sistemas productivos que al final priorizan y terminan justificando la presencia de la agroindustria, desarrollo portuario y de infraestructura vial sobre las necesidades integrales del entorno, y cuya principal consecuencia es el empobrecimiento productivo de un ecosistema que justamente se caracterizaba por ser altamente productivo y diverso, sobre el cual la población venía desarrollando sus estrategias de subsistencia, históricamente asociada a la pesca.


Sin embargo, el despojo de los recursos no solo se limita a la escasez del recurso pesquero, contaminación de las aguas, pérdida de la biodiversidad o a la falta de acceso a alimentos, educación y salud de calidad, sino que obedece también al despojo de una representatividad, del reconcomiendo colectivo de una población sujeta a derechos, golpeada por la violencia e históricamente olvidada por el Estado.


Hoy, en Ciénaga Grande ya no hay peces suficientes que den soporte económico a la población: primero encontramos la construcción de la carretera Ciénaga – Barranquilla que cortó el intercambio natural de agua dulce y salada, sedimentos, nutrientes y fauna entre la Ciénega Grande y el Mar Caribe, proceso que además acelera la erosión del litoral. Hacia el margen occidente, los cuerpos de agua, caños, que nacen del río Magdalena y desembocan en la ciénaga, son bloqueados para uso en la agroindustria y explotación bovina, así como las planicies de inundación del río son rellenadas para el mismo fin, o para la construcción de grandes carreteras (Vía de la prosperidad), quitando caudal a la laguna; y junto a las estribaciones de la Sierra Nevada en el lado oriente de Pueblo Viejo, todos los ríos que de ella descienden son priorizados también para los cultivos de banano y palma, negándole a la ciénaga oxígeno, fuerza y caudal y a las personas el agua, la salud y el sustento. Así pues, los peces desaparecen de la ciénaga y los habitantes de Tasajera cuya población es rural en un 67% queda atrapada en medio del “progreso” y la industria.


La pérdida de la biodiversidad se traduce también en perdida de saberes, oficios y relatos que construyen al territorio y sustentan cultural y socialmente a la población. Con esto se le ha arrebatado a la comunidad la capacidad de ser resilientes como sociedad. Sin escenarios donde mantener una memoria viva y sin acceso recursos conocidos y propios o próximos, para la innovación, la adaptabilidad se desdibuja y la conciencia se ve sesgada por la necesidad de subsistir sin reconocer las dinámicas complejas que determinan la subsistencia en nuestro sistema.


En los recorridos por el pueblo, en las conversaciones con sus habitantes, en las voces de la carretera y los cantos de las canoas, se evidencia la resignación, el miedo, la ilusión, tenacidad y esperanza con la que se levantan y desarrollan las personas de tasajera: “uno deja de estudiar para ir a pescar, alquila la canoa y las redes por día y sale a pescar, pero ya no hay nada, a veces no hay nada, entonces cuando uno regresa, hace moto taxi y se rebusca pa comer, porque si no hay pescao no hay comida.” “A mi me gusta pescar, pero a mi hermanito le digo que no lo haga, que la pesca es mala, uno no avanza, que me mire a mí. Él que estudie” Jaimer Rodríguez, 38 años. Pescador de zona. La situación de las personas que se resisten a olvidar, pero que creen que deben hacerlo para subsistir, es directamente proporcional al deterioro del ecosistema que también se resiste a morir, a olvidar, a no existir.


Este salto a la carretera cuando el camión se volcó, no es el primero, tampoco será el último y mucho menos es un hecho aislado que no puede leerse desde el simplismo del reproche, el señalamiento, la falsa misericordia o a través de los lentes de un determinismo histórico que pareciere justificar conductas injustificables, sino de uno que de luces de una realidad que superó todos nuestros marcos de análisis, comprensión y conocimiento de la misma.


La tragedia de Tasajera es entonces una tragedia de voluntad política, es una tragedia de conciencia ambiental, es una tragedia de pertenencia social, es una tragedia acumulada en el tiempo, que explotó para vernos reflejada en ella, para entender que en nuestro país esto pasa de muchos modos que resultan desapercibidos. Es algo que nos esta pasando a nosotros no a los otros y que pronto, sino reaccionamos, la ausencia de equilibrio socio-ecosistémico también nos tocará la puerta y quizá nos toque vernos saltando a la carretera.


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