• Columna 7

SUBALTERNIDAD Y PROCESO DE EMANCIPACIÓN FEMENINA

Por: Esperanza Niño Izquierdo.


La subalternidad es el segundo presupuesto que plantea Mary Nash, historiadora y profesora irlandesa en el estudio sobre “Identidad de género y mecanismos de “subalternidad”. Dicho concepto hace referencia en las ciencias sociales a los sectores marginalizados y también a las clases menos favorecidas de la sociedad. Por tanto, se considera al grupo femenino como parte integral de este concepto, en el sentido de encontrarse en posición de subalternidad.


Debemos entender que como género, las mujeres desde tiempos inmemoriales han debido buscar su lugar en el espacio y en el tiempo para batallar al lado de los hombres e ir de su mano en los distintos desarrollos sociales.


Los derechos a la igualdad, fraternidad y solidaridad, concebidos como parte integral de los seres humanos se proclamaron, sin lugar a dudas, en la Revolución Francesa. No obstante, fue necesario que mujeres como Mary Wstonecraff y Olimpe de Gouges se pronunciaran en su época, mediante manifiestos tales como “la vindicación de los Derechos de la Mujer” y “Los Derechos de la mujer y de la ciudadana” respectivamente, nacidos como respuesta inmediata a la “Declaración de los Derechos de Hombres y de los ciudadanos, en consideración a que éstos últimos solo incluían los Derechos de los Hombres y de los ciudadanos sin pensar en la equidad, la igualdad, los derechos familiares de las mujeres. En general se expuso la manifestación androcentrista generalizada en esas épocas de grandes propósitos, políticos, sociales económicos, educativos en cabeza exclusivamente de los hombres.


Entonces, los mecanismos de “subalternidad” operan como un desafío a las mujeres que deben emprender las mujeres para romper con los papeles o roles asignados socialmente durante milenios, en la búsqueda de una identidad y representación emanada del logro de una emancipación y realización efectiva de sus derechos en contra de la ideología del desconocimiento injusto de su género.

La ideología colectiva de menosprecio a la mujer no nació espontáneamente, ni tampoco en esos tiempos revolucionarios. Cabe señalar que la tendencia ideológica en este aspecto crece y se estimula mayormente en la Edad Media a través de la interpretación y aplicación fanática de los agentes clericales, de los preceptos contenidos en los textos y cartas que el padre de la teología cristiana San Pablo de Tarso, había dejado y difundido por todo el territorio que recorrió desde oriente hasta la misma Roma, para construir los dogmas y el universo teórico en que se apoyaría y se desarrollaría el cristianismo primitivo.


Como prueba de ello podrían citarse extractos de la Carta de Pablo a los Corintios contenidas en la Biblia. 1 Cor.33b-35. 33b: “como en todas las iglesias de los santos,34 “Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas [subalternidad] como dice también la ley.35 no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre , sino que permanezcan calladas.35. y si quieren aprender algo que pregunten a sus propios maridos en casa, pero que no es correcto que la mujer hable en la iglesia”.

Estas enseñanzas del más importante difusor del cristianismo, fueron tomadas e interpretadas por los agentes eclesiásticos literalmente en la Edad Media, época en que se derramó sangre inocente de mujeres castigadas solo por serlo y como estrategia de convencimiento colectivo se las señaló como brujas, herejes, pecadoras, cuerpos con los que alimentaron las llamas infames de las hogueras que recorrieron extensos territorios europeos.


Así pues, en los desarrollos sociales posteriores las mujeres han reivindicado sus derechos rompiendo estas estructuras religiosas que formaron la ideología de sumisión femenina en todos los ámbitos sociales hasta hoy en pleno siglo XXI.


Sin embargo, el fanatismo religioso no solo es patrimonio de la religión católica, sino que viene irradiado desde tiempos antiguos, por el judaísmo, que a su vez inspiró las doctrinas, creencias y dogmas adoptados y desarrollados por el Islamismo.


Pero veamos “grosso modo”, cómo el fenómeno del fanatismo se esparce en el ámbito social, político, cultural y en general marca el camino que deben seguir los pueblos que dominan y las consecuencias palmarias de su aceptación obsecuente sobre los que aplica.

Las características del fanatismo pueden ser resumidas en tres campos : 1.- No es exclusivo del ámbito religioso sino de la vida en común que se manifiesta como una “exaltación o entrega apasionada y desmedida, a una idea o a unas convicciones consideradas como absolutas”, por tanto, se imponen a los otros por todos los medios posibles, incluida la violencia. 2.- Todos los asociados deben seguir las ideas impuestas ya que estas son “la única verdad verdadera” sin aceptar por tanto, ningún cuestionamiento”, creyendo tener todas las respuestas sin lugar a ninguna discusión posible. 3.-Discriminan y persiguen a los que piensan diferente. La actitud fanática manifiesta una intolerancia ante los otros. “son obsesivos y autoritarios, lo que les conduce a tomar actitudes extremistas y radicales” (Cfr. Fanatismo religioso como posible factor de radicalización violenta. Francisco Javier Nistal).


Estas características del fundamentalismo de tipo religioso han llevado a que distintas sociedades, países o territorios convertidos en fundamentalismo religioso construyan e instauren un sistema de gobierno teocrático (gobierno divino que rige a la sociedad) imponiendo la ley mediante la fuerza y el castigo.


Podríamos llegar así a unas conclusiones que nos permitan mirar al futuro de las mujeres sometidas, tomando como vértice la lucha femenina frente a la imposición de subalternidad ideológica, en gran parte nutrida por el dominio de la religión católica, fincada en las interpretaciones de la ley divina (La Biblia, Nuevo Testamento) y del otro lado, la Ley Sharia extractada de la interpretación radical y extremista del Corán.


En ambas situaciones, cabría plantearse una posible solución a estas interpretaciones radicales sobre el papel de las mujeres. La definición y aplicación de derechos tales como el divorcio, el aborto, la sexualidad, la posibilidad de ocupar cargos jerárquicos en la Iglesia católica, tendría que proceder del mismo modo como se han impuesto sus concepciones misóginas. Esto es, propiciando el cambio y la racionalización de los derechos enunciados, desde la cúpula del poder de la iglesia católica para que se abran las compuertas a la razón y a la equidad entre los sexos, desterrando en estos casos la idea de pecado y de condena a la toma de decisiones personales libres. Este cambio, parece estarse operando en el seno de la segunda iglesia más rica y poderosa del catolicismo, la alemana cuyo sínodo de obispos y arzobispos se ha declarado en rebeldía frente a una Iglesia misógina y enemiga de la libertad sexual.


Del otro lado, si miramos hacia el oriente el cercano y el lejano, en donde hoy las tendencias marcan la radicalización de las ideologías islamistas de aplicar la Ley Sharia con todo el rigor a las mujeres, tendríamos el mismo escenario.


Una fórmula que podría desgravar la mentalidad de todos aquellos que comparten esas profundas convicciones religiosas tergiversadas y convertidas en fanatismo religioso encumbrados con el poder económico y militar. Una salida sería entonces la intervención decidida de los Ulemas o ministros del culto islamista con una formación menos ortodoxa, provenientes de cada grupo tribal para reorientar con otra mirada más abierta y justa la ideología extremista venida como hemos dicho, de la interpretación radical de los textos sagrados que los alimentan.


Occidente ya demostró su incapacidad para imponer su “democracia” a pueblos que desconocen y rechazan estas fórmulas salvadoras, y por el contrario lo que han conseguido durante todos estos años de invasión, de dominación armamentista y destrucción de pequeñas y grandes ciudades, es que esos pueblos se radicalicen y persigan hasta el extremo imponer como respuesta el sistema del Califato o la dominación del Talibán, cuyas víctimas, en ambos casos, en la primera línea ha sido y son las mujeres, que no solamente vuelven al papel de subalternidad extrema, sino que ahora serán esclavizadas y sojuzgadas sin esperanzas posibles.


Solo con cambios al interior de las mismas comunidades religiosas se encontraran soluciones emanadas de los propios sujetos que detentan el poder religioso que enfrenten las concepciones que impusieron tales e irracionales ideas sobradamente injustas.


El camino debe ser entonces, apoyar desde Occidente a quienes adelanten nuevas doctrinas de cambio en estas regiones. No por medio de la guerra, sino por la recuperación de condiciones de libertad y autonomía de los pueblos

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