• Columna 7

¿SOBRE QUÉ NOS INTERPELA LA LEY DE ORIGEN EN NUESTRA MODERNIDAD POSTCONTEMPORÁNEA?

Por: Bernardo Carreño Gómez.


Apodícticamente, estamos dentro de una cuarta y séptima revolución científica que nos lleva a inferir que existe una nueva modernidad que no ha concluido en la revolución del alma.


Según los estudiosos de la guerra, y, prohijando contextualmente la evolución humana como una hermenéutica un tanto racional de la experiencia humana en su mínimo vital, que se contrae fisiológicamente al genoma humano y al aparecimiento del neocortex, solo han existido 400 años de paz en 2.000.000 de años de existencia desde el surgimiento del homo sapiens.


Ha existido una ruptura de la naturaleza espiritual del hombre con su naturaleza humana. Según Gardner, la más elevada inteligencia humana es la transcendental, no es ni siquiera la físicomatemática. Esa naturaleza transcendente que nos lleva a los más recónditos paisajes que nos puede recrear el espíritu humano en función de la paz, del perdón, de la reconciliación, del amor, dentro de un entramado cósmico que se nos presenta ordenado, a pesar del principio de incertidumbre de Heisemberg. Esa es la paradoja de la vida: hago lo que no quiero y quiero lo que no hago, como lo expresara el Apóstol Pablo en una de sus cartas.


Esa realidad cósmica también lucha por sobrevivir, como experiencia mínima de la vida creada. Así, el hombre, ha luchado por sobrevivir, lo que se constituye en una de las primeras de las motivaciones humanas según la neurosicología. Y esa lucha por la supervivencia diaria lo ha llevado al abatimiento de su alma; a una desintegración hologramática y complexional entre su alma, su alter ego y la creación. Descomposición y desarticulación que la observamos, según lo expuesto, desde millones de años atrás, pero no solo en el factum de la guerra, sino, en mucho de los instantes personales de cada uno de nosotros. Y por ello apelamos a la resolución conflictiva de un estado de cosas que nos parece injusto –tal vez no poseamos la suficiente inteligencia emocional y la empatía, como una de sus manifestaciones, con el propósito de solucionar un problema existencial uni o pluridimensionalmente–.


Frente a ello, y en derredor de las revoluciones científicas (Khun), nos hemos alejado de la ley de origen –como la llaman nuestros hermanos ancestrales indígenas–. Esa ley de origen que es una forma de ver la vida en el saber ser y que construye la realidad a partir de la urdidumbre del tejido que va recreando lo holístico y complexional de la vida humana, la naturaleza y el cosmos que se constituye en tiempos y espacios diferenciales, donde, parafraseando a Rodolfo Kusch, se interpelan el estar en, el ser y el acontecer.


Esa coherencia que debe existir en el estar en, ser y acontecer se ha roto en la existencia humana. Hemos avanzado de alguna manera tecnocientíficamente –no es un adelanto superlativo; estamos, aún, en los primeros pasos de unas revoluciones científicas mucho mayores–, donde el alma y espíritu humano tengan una incidencia tan profunda que logremos la complexión más importante de toda la historia de la humanidad: la vida en el Amor.


Pero frente al Amor nos preguntamos qué es esto que nos inquieta tanto. Recordando unas palabras de un teólogo, el amor es la decisión de hacer el bien. Todas las filosofías naturales que han existido tanto en occidente y oriente nos han hablado del bien que consiste en un valor que nos lleva a la intrasubjetización de poseer la bienaventuranza de hacerme uno con quien está a mi lado, a favor de servirle en sus más probos anhelos humanos con el propósito de que sea verdaderamente una persona humana.


Debemos recordar como la estructura semántica, persona humana, deviene, etimológicamente, de dos raíces de lenguas vernáculas: el etrusco, latín y griego. Persona, significa resonar –etrusco y latín–, pero, también, puede significar prósopon o máscara. Humano –del latín, humus: abono–. Entonces, extrapolando la ley de origen nos señala que amar, como decisión de hacer el bien, significa ser campana que resuene en consuelo, en sanidad, en compasión, perdón, paz, misericordia para el otro yo, porque también soy, y debo serlo, abono para el próximo, el cercano, en fin, para la sociedad.


Porque, así como para nuestros hermanos ancestrales indígenas el comprender del mundo viene del sentir, del estar en –concepto relevante de proyección–, en ser –ser persona humana–, acontecer –como proyección hacia el otro y el orden cósmico–, la persona humana debe vaciar su iniquidad y llenar el alma de la decisión de hacer el bien, entre, otras cosas, para comprender que la verdadera revolución humana en nuestra modernidad postcontemporánea subyace en el Amor.

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