• Columna 7

SIN ERRORES NO HAY TRANSFORMACIÓN

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


Hoy desperté recordando a Jesús, no al cristo puro que nos ilustran desde un punto de vista esotérico en los textos sagrados. Hoy recuerdo al cristo humano que, pese a su avance moral, ético, místico, etc., se dejó vencer e instrumentalizar por la pasión y los instintos, y víctima de ese impulso humano se batió a golpes con los mercaderes que habían convertido en un sitio de comercio a la casa de su padre. Arrojó sus mercancías y monedas al suelo, partió sus mesas, y a golpes los expulsó del templo.

Una conducta que resulta extraña para una persona de extremo adelanto espiritual para la época de los hechos. Podemos sorprendernos de dicho acto impulsivo cometido por quien era y es proclamado como ejemplo moral y el mesías de la humanidad. Podríamos criticar y mancillar su nombre a raíz de ese lamentable acontecimiento y respuesta impulsiva de la cual está expuesto todo ser humano en su vida pública o privada, desconocer sus milagros, sus nobles sentimientos, su entrega y sacrificio por nosotros. Sin embargo, la humanidad, sabia y bondadosa, comprendiendo la naturaleza del ser, prefiere resaltar las virtudes del hijo amado de Dios. Yo también lo prefiero.

También recuerdo a Gandhi. Abogado y libertador de la india, altamente impulsivo, presa de las oscuras pasiones y arranques de violencia. Perdió la posibilidad de acompañar a su padre en su último suspiro de vida porque decidió satisfacer los impulsos de la carne, y llegó al punto de dar puntapiés a su esposa y a todo al que se resistiera a sus pretensiones. Torpe para el diálogo en una época, pero ágil y presuroso para extender el brazo de la ira. Hoy universalmente es reconocido como un santo gracias a su genuino deseo y esfuerzo de transformación moral. Dos seres iluminados que vencieron sus humanos y naturales instintos, los mismos que nos acompañan desde el nacimiento y se consumen con nosotros en la fosa de la muerte material.

Ninguno de ellos logró el estado de iluminación de la noche a la mañana, ni exclusivamente por la influencia de la formación obtenida en el hogar, o por los maestros que los acompañaron. También fueron decisivas las experiencias ofrecidas por las piedras con que tropezaron en su vida.

Ahora bien, pese al alto grado de estimación moral y esotérica en que hoy tenemos a los faros de virtud que he mencionado, y podría mencionar a otros sabios que se encuentran en las mismas condiciones, ninguno de ellos logró ser considerado como héroe universalmente aceptado para la época en que sus cuerpos y la magia de sus verbos gravitaron sobre la tierra. Algunos los consideraron una amenaza, no reunían el catálogo de virtudes proclamados por la fuerza política y religiosa reinante. Pero para otros, fueron seres cuya vida se erigía en un templo de virtud. El mal terrenal “triunfó” sobre sus cuerpos, pero jamás sobre sus almas.

Robín S. Sharma, en el monje que vendió su Ferrari, afirma que no existen los absolutos, pues el rostro de tu peor enemigo, puede ser el de mi mejor amigo. Yo diría que el peor de los vecinos es, a juicio de otro, el mejor de los padres, hermano, amigo, profesional, compañero de trabajo. Incluso un excelente vecino según la óptica de otros individuos. El mismo ser observado por diferentes sujetos. Incluso quien en el pasado o el presente está desestimado con la etiqueta del rechazo y, por tanto, padezca de lepra social, mañana puede ser, así como Gandhi y Jesús, un ejemplo a seguir.

Esta reflexión es producto de una experiencia personal y conversación con una señora que, coincidencialmente, tiene un nombre bíblico, Esther, y que para mayor sorpresa tiene un apellido de “ángel” que humildemente me brindó una enseñanza a través de una vivencia personal. Un relato que corresponde a precisos acontecimientos que se asimilan como paradas por averías que se presentan en las carreteras por las que inevitablemente transitamos todos los seres humanos mientras conducimos el vehículo de nuestras vidas. Rutas que pocos se muestran dispuestos a compartir para ayudar a los demás a ser mejores personas, para que adviertan que sus errores los padecen los demás, pero sobre todo para que entendamos que, así como otros los superan, nosotros también podemos hacerlo, y de esta manera cristalizar el deseo de experimentar una vida tranquila y en armonía con nosotros mismos y con las personas que nos rodean.

Los conflictos y los problemas son inevitables, incluso para quien ha logrado vivir en santidad, pero con el tiempo desarrollaremos la capacidad de afrontarlos de diferente manera, y lograr, ojalá sin pretenderlo, para que resulte auténtico y espontáneo, que la humanidad te recuerde por tus virtudes y no por tus inevitables e imborrables errores que marcan la vida de necios y sabios.

Como Jesús y Gandhi, con el tiempo todos podemos desarrollar la capacidad de reaccionar razonadamente ante las agresiones, las provocaciones, o sobre las que erradamente podamos creer que lo son, pues muchas veces ese fantasma solo existe en nuestra mente, pero lamentablemente en la cotidianidad se descubre después que se ha reaccionado de manera acalorada, no por uno, sino por muchos que, a pesar de agregar leña al fuego, luego se ocultan mediante la débil practica de señalar al otro. Otras personas, como la señora que me inspiró esta reflexión, ayudando de manera sabia y discreta al prójimo.

Pese a que no existe un pasaje bíblico en el que se relate que Jesús ofreciera disculpas a los comerciantes agredidos, estoy seguro que, luego de haber reaccionado violentamente en contra de ellos, debió meditar sobre sus acciones. Y así fue, porque el triunfo sobre sus instintos se reflejó cuando reprendió a Pedro en el Huerto de Getsemaní por haber cortado con su espada la oreja de Malco, el siervo del sumo sacerdote que, junto con los soldados y alguaciles de los principales sacerdotes y fariseos, participó en el procedimiento de su captura. La injusta aprensión de Jesús constituyó un acto más grave que la ocupación del templo por parte de los mercaderes. Pese a ello, no reaccionó frente a sus adversarios. Este acontecimiento, y muchos más, dan cuenta de su evolución.

Nadie puede asegurar qué prevalece en su interior. Hay frases sublimes para leer, pero dolorosas al momento de practicarlas. “El lobo que más alimentes ese vencerá”. La pasión o la virtud. Pero a veces la pasión y los instintos se presentan sorpresivamente sin ser invitados a la cena, y sumergen al ser humano en un manto de desastres y calamidades sin brindarle a la razón la oportunidad de colocar el freno desde un inicio.

Se supone, y así lo revelan expresiones románticas, que el sabio guarda silencio cuando el imprudente eleva la voz, pero si el sabio también grita, serán dos o más imprudentes en el escenario del caos. No podrá entonces el sabio juzgar al necio porque él incurrió en el mismo error. Su consciencia lo juzgará, así no lo reconozca. El necio conservará su posición, pero el sabio retrocederá. Al final de la contienda, la reflexión siempre es la misma: “no había necesidad”, “todo fue un mal entendido”, “escuché mal”. Pero también se repite la misma debilidad humana: nadie reconoce sus errores, el dedo índice apunta hacía el otro, mientras la consciencia nos hala las orejas por haber permitido que aumentara el fuego de la pasión.

Es cierto que la lámpara está diseñada para alumbrar e indagar en el exterior, pero no ilumina su interior. Tal cual nos ocurre durante una parte de nuestra vida. Reclamamos de otros virtudes que también están ausentes en nosotros. Neciamente nos aferramos a una ilusión. Pero despertamos cuando la experiencia personal nos obliga a redireccionar el enfoque de la lámpara hacia uno mismo.

Quien escribe, desde luego, no es un santo, y pese a que en artículos anteriores he sido un acérrimo crítico de ciertas conductas, también me reconozco humano, muchísimo menos virtuoso que otros, más torpe en su momento de lo que fue Gandhi en sus años de juventud, y quizás menos prudente que cualquier otro ser transformado que haya pisado la tierra hasta el momento. Como ellos, también presa de los instintos y las pasiones. Pero una parte de mi ser también instrumentalizado por las virtudes, las artes y la aspiración a una vida iluminada.

Hoy la invitación es a la reflexión personal, al autoanálisis, pero también para practicar con sabiduría, tacto, dulzura y prudencia, el sagrado deber moral de mover nuestros labios y extender nuestros brazos para impulsar a los demás en el camino de la virtud.

Gracias por acompañarme a leer esta reflexión.

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