• Columna 7

SI TODOS FUÉRAMOS SÓCRATES

Por: Rafael Porto C.


“Solo es sabio quien sabe que no sabe, no quien se engaña creyendo saber e ignora incluso su propia ignorancia”.

Sócrates.


Era usual que los peregrinos visitaran el oráculo de Delfos –lugar que los griegos consideraban el ombligo de la tierra donde existía un templo del dios Apolo–, en busca de alguna orientación sobre decisiones que debían tomar. Es famoso en Sócrates la visita que realizó al oráculo que lo exhortó a sí mismo y lo describió de forma enigmática como “el hombre más sabio”.


Nacido en Atenas (470 a.C. -399 a.C.), hijo del escultor Sofronisco y de la matrona Fairanate quien además era partera. Combatió en la guerra del Peloponeso (431 a.C.-404 a.C.) en tres episodios distintos, las batallas de Potidea (432 a.C.), de Delio (424 a.C.) y de Anfípolis (422 a.C.), distinguiéndose por su valor y coraje. Incluso llegó a salvarle la vida a Alcibíades (450 a.C.-404 a.C.), político importante ateniense y discípulo suyo.


Reconstruir el pensamiento de Sócrates no es labor sencilla, puesto que el gran filósofo no dejó ninguna obra escrita. Es considerado un personaje casi mitológico y solo es posible estudiar el pensamiento socrático mediante testimonios de autores contemporáneos a él, críticos, historiadores o algunos de sus discípulos. Sus enseñanzas y pensamiento profundo se conoce en parte por conducto del comediógrafo Aristófanes, el historiador Jenofonte y sobretodo por su discípulo Platón.


El mensaje de éste gran pensador provocó un cambio no solo en la historia de la filosofía, sino en todo el pensamiento occidental. La grandeza de Sócrates radica en haber sido un pensador inmerso en su tiempo, sin embargo su legado representa aún validez en nuestros días. Platón, discípulo directo de Sócrates, en la mayoría de sus textos lo describe como un hombre sabio, justo, el mejor de los educadores y gran guía moral, sin embargo se debe tener en cuenta la distinción entre el Sócrates histórico y el Sócrates platónico, pues mientras que en los diálogos juveniles Platón describe la figura del maestro, en los diálogos de la madurez este se transforma casi en un alter ego del propio Platón, a través del cual este último expresa su propio pensamiento.


La ley en la mente de Sócrates


Sócrates creía en la supremacía de la ley. Pensaba que la ley debía estar por encima de todas las cosas para que existiese un orden necesario en la vida. Un gran ejemplo de ello fue que Sócrates fue sometido a juicio y sentenciado a muerte por impiedad pública respectos a los dioses y corrupción de la juventud y estaba tan convencido en la supremacía de la ley, que no apeló la sentencia y prefirió morir estoicamente tomando una copa cicuta.


El filósofo bien pudo irse al exilio, pagar una multa o incluso pudo haberse fugado como se lo propusieron sus discípulos, pero siendo consecuente con lo que enseñó a lo largo de su vida prefirió morir por causa de un fallo injusto cuya acusación fue apoyada por Meleto (representante de los poetas), Ánito (representante de los políticos y artistas) y Licón (representante de los oradores) quienes consideraban a Sócrates peligroso para la sociedad ateniense porque era un hombre que pensaba y que se cuestionaba. De los 500 miembros del jurado 280 votaron a favor de la condena y 220 se opusieron.


De esta manera se entiende no solo su convencimiento hacia la supremacía de la ley y del rigor que esta revestía, sino que además de su sometimiento a la misma que concebía como elemento imprescindible en la sociedad. El filósofo era fiel creyente del orden jurídico. Pensaba que la ley no era el problema sino los hombres. Sócrates era un convencido de la necesidad de respetar la ley y de las decisiones jurídicas para el buen gobierno y la convivencia en una sociedad civilizada.


Hablar de Sócrates es también hablar de integridad. Sorprende su impasibilidad frente a la muerte afirmando que prefiere morir habiendo vivido una vida honesta y virtuosa que vivir mediante la apelación al discurso injusto. Esta noble postura se observa cuando expresó:

“Pero ni entonces consideré conveniente hacer por miedo al peligro nada que fuese bajo, ni ahora me arrepiento de haberme defendido así, sino que mil veces prefiero morir habiéndome defendido de este modo, que vivir, si me hubiese defendido de aquella otra manera, pues ni en el proceso ni en la guerra debo yo, ni otro alguno, buscar el modo de rehuir la muerte apelando a cualquier medio”.


Según Sócrates, el buen ciudadano debe obedecer aún las malas leyes, para no estimular al mal ciudadano a violar las buenas. Fue el iniciador del intelectualismo, pues establece una relación entre el saber y el actuar, y la dependencia del actuar con el conocimiento. Principios aplicados inclusive en el Derecho actual al establecer la culpabilidad de las personas. Pensaba en que “solo existe un bien: el conocimiento, y que solo hay un mal: la ignorancia”, lo cual quiere decir que el hombre actúa de forma indebida por falta de conocimiento. Creía que todo vicio es el resultado de la ignorancia y que el hombre es libre cuando logra controlar sus instintos.

Aportes socráticos


Sócrates es considerado el padre de la filosofía política y de la ética. El gran filósofo estudia la naturaleza de las cuestiones éticas y coloca al hombre en el centro de la reflexión. Quizás su contribución más importante al pensamiento occidental es su modo dialéctico de indagar, conocido como el método socrático que a través del diálogo busca la verdad. El método era aplicado para el examen de conceptos morales clave, tales como el bien y la justicia.

Otro elemento fundamental del método socrático es la ironía en griego eironéia que significa disimulo, y precisamente eso era lo que hacía Sócrates ante sus interlocutores. El filósofo iniciaba el diálogo adulando al adversario, exaltando su fama y su habilidad y animándolo a exponer su propia opinión, y muy hábilmente se presentaba al público como un ignorante que se dirigía a los verdaderos sabios para aprender.


Por otra parte, tenía la capacidad de sacar razonamientos autónomos de sus interlocutores utilizando la mayéutica en griego maieutiké téchne, que en realidad era la técnica que utilizaban las matronas para traer los niños al mundo. Es preciso recordar que su madre ayudaba a las mujeres a dar a luz. Es curioso, pues el mismo Sócrates “obstetra de las almas” se consideraba estéril en sabiduría y expresaba que solo servía de partero –como su madre– para hacer florecer, a través del razonamiento las opiniones de sus interlocutores. En suma, la mayéutica es una metáfora que a través de ella se logra comprender aún mejor la verdadera esencia del método socrático.


Ética socrática


En su pensamiento resulta de especial interés por las cuestiones de naturaleza ética: temas como la virtud, la educación, la felicidad, la amistad, etc. El elemento en torno al cual gira toda la reflexión moral de Sócrates es la noción de virtud, en griego areté, a quien el filósofo le dio otro significado, pues para los griegos de la antigüedad, la virtud se identificaba con la capacidad de cualquier cosa de destacar respecto de su propia función. Por ejemplo, en el reino animal la virtud del león era la fuerza y la del guepardo la velocidad, en los objetos la virtud de los ojos era ver y la del arco disparar flechas. En lo concerniente al ámbito humano, la virtud solía identificarse con el valor militar, con la capacidad de combatir con valentía, con el vigor físico, etc.


Por su parte, Sócrates no solo consideraba que la virtud pudiese enseñarse, sino que la interpretó como una cualidad exclusivamente interior. Sócrates concebía la virtud como ciencia, al considerar que el hombre solo podía distinguir entre lo que está bien y lo que está mal a través de la razón y el conocimiento. Para Sócrates la virtud consistía en el ejercicio de la razón. Razón y virtud eran concebidas como si estuvieran unidas indisolublemente. En suma, como la virtud puede ser enseñada o aprendida, cualquiera que la desee puede aproximarse a ella y cultivarla.


Desde el punto de vista interior, el hombre virtuoso es aquel que se perfecciona mediante la reflexión compartida; desde el punto de vista exterior, el hombre virtuoso es aquel que respeta las leyes de su comunidad, aunque esas leyes vayan en contra de su propio interés. Frente a ambos significados de virtud, Sócrates fue coherente hasta el final de sus días.


Llama poderosamente la atención que para el filósofo la felicidad no consistía en la posesión de bienes materiales ni en la búsqueda del placer, por el contrario, se refería a la vida interior de los hombres y la identificaba con el perfeccionamiento moral de la propia alma. En Sócrates, ética y felicidad se identifican: solo el hombre virtuoso (justo y sabio) puede ser realmente feliz; el malvado (injusto e ignorante) tiene vedada la felicidad.


En tiempos de incertidumbre resulta de gran provecho acercarnos a los clásicos y a los grandes filósofos que han iluminado y guiado al mundo en momentos de invalidez mental. Es preciso cultivar la virtud e instituir la ética socrática como estilo de vida, es indispensable perseguir el bien y la justicia y es necesario hacer amigos porque los enemigos se hacen solos.

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