• Columna 7

SI ESCRIBIR ES UN ARTE… LEER ES UNA OBLIGACIÓN

Por: Esperanza Niño Izquierdo.


Tenía nueve años cuando me enteré de los tres incendios de la biblioteca de Alejandría y me eché a llorar".

Ray Bradbury, escritor autor del libro Farenheit 451.

Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído".

Jorge Luís Borges.

El arte en general se manifiesta de múltiples maneras, siembre buscando la estética para comunicar su esencia, su mensaje, la belleza o simplemente anhela que el espectador interprete desde su interior lo que dice la obra, el color vibrante o sombrío, si causa alegría o por el contrario melancolía. Si sus formas dicen poco o trasmiten emociones diversas. Es lo que espera el artista en su creación cualquiera que esta sea.


Por el contrario el escritor tiene una gran responsabilidad al momento de iniciar y terminar un texto. Así lo sabe y con ese convencimiento se enfrenta a su hoja en blanco que llenará de palabras hilvanadas por hechos, sentimientos, sucesos cotidianos, políticos, policiacos, en fin, pero siempre, a diferencia de otros artistas el escritor tiene el convencimiento de que está haciendo amigos lejanos, desconocidos a través del abrazo de las palabras, sin importar el espacio en que se encuentren.


Para llegar a comunicar mediante la obra literaria, cualquiera que esta sea la narrativa, o el poema el escritor ha debido llenar su imaginación haciendo una inmersión en los vericuetos de toda clase de lecturas que se abren al mundo de las palabras, los verbos, los sujetos, las hipérboles, en general a todas las figuras literarias que caben en la magia del lenguaje. Agudizando la capacidad de observar, aplicando criterios que llevan a sus lectores a pensar de manera abierta, libre, creativa, de imaginar otros mundos.


“La escritura debe tener arte, es una cualidad de orden intelectual, es una virtud que engrandece el espíritu”, como lo decía el periodista y escritor dominicano, José Gomez Cerda.

También si se escribe literatura social, realismo crítico o historia, no se necesitan florituras literarias, si no la búsqueda de la verdad para comunicar de manera eficaz y responsable. Por el contrario, se requiere gran imaginación para crear utopías o distopías, en espacios y tiempos circulares o lineales.


Escribir es un impulso, una emoción, tener una idea, darle forma, activar el uso de muchas palabras concatenadas para que transmitan ideas claras, precisas, comprensibles, pensamientos sentimientos, sensaciones. En general hacer de la escritura un arte ameno, técnico o científico. Hasta aquí esbozamos el complejo mundo del escritor.

El asunto inminente al que hoy nos enfrentamos es a la desidia, al desinterés, a la indiferencia de los lectores.

Pregunta un profesor universitario a sus alumnos cómo interpretaban los consejos ofrecidos a Sancho para gobernar la ínsula de Barataria. Ninguno de los 42 estudiantes pudo acercarse siquiera a una respuesta. El maestro decepcionado, se pregunta si a sus cuasi colegas, estudiantes de últimos semestres de Derecho en la cátedra de argumentación jurídica la cuestión había sido muy compleja, entonces optó por preguntar de nuevo si Sancho Panza, había sido un buen gobernador de la ínsula de Barataria? Así fue como descubrió que ninguno había abierto tan siquiera la portada de “Don Quijote de la Mancha”. Recordó entonces este profesor, al maestro Estanislao Zuleta filósofo, escritor y pedagogo antioqueño, que afirmaba sobre la obligación de leer: “Leer es trabajar” y esto quiere decir, luchar, pelear, no desfallecer ante retos que impone el texto, no abandonar la lectura, cuando se hace la distinción entre el gusto y la necesidad”... También recordó a Ivan Gallo, que con mucha elocuencia traía la anécdota triste que relataba Zuleta hace unas décadas. Este realizo un taller a 50 profesores colombianos que dictaban la cátedra de español en los mejores colegios privados del país y se llevó la triste sorpresa que ninguno había leído de manera completa “El Quijote”. ¿Cómo podrían inculcar, estos pseudoprofesores, la alegría e importancia de la lectura a los niños y jóvenes que educaban? Si el deber de un catedrático es motivar al alumno a disfrutar de la lectura, pero para ello es menester, conocer los autores, dominarlos, interpretarlos, analizar sus obras a profundidad.


Hace algunas décadas también, que teníamos el magnífico hábito de leer pero este era sin duda perfectamente instalado. Creería que para nosotras, este buen hábito viene desde la primera infancia cuando estudiábamos seminternas, es decir almorzábamos en el colegio y a esa hora precisamente en un atril se ponía de pie una alumna, todas debíamos ocupar ese sitio durante el año lectivo. Allí se leían diferentes textos literarios en la hora y media que duraba el almuerzo. La alumna que leía tenía un incentivo en el Centro Literario o siempre la recompensa de una nota en la catedra de español.


Por su parte el Profesor Ricardo Rosillo, así se llamaba nuestro maestro de español, logró en muchas de nosotras sembrar la semilla de la “necesidad de leer”. Este inolvidable docente tenía una hermosa voz y aprovechaba su clase para inducirnos de sutil manera al gusto por la literatura. Nos leía, recuerdo bien, la obra de Alejandro Casona “Los árboles mueren de pie”, cada clase uno o dos actos dejándonos en vilo para la próxima. Recitaba poesía, triste, alegre, de amores y desamores, por eso deseábamos conocer más poesía, aprenderla, declamarla, supimos de la canción desesperada de Pablo Neruda y Gustavo Adolfo Bécquer, de sus oscuras golondrinas.


Allí conocimos a Julio Flores: todo nos llega tarde/ hasta la muerte/, a J.M. Marroquín con su lánguida Perrilla que no era una perra sarnosa sino una sarna perrosa con figura de animal; disfrutamos los pingüinos peripatéticos de León de Greiff; aprendimos a reír llorando con Juan de Dios Peza.


Esos primeros años marcaron con tinta indeleble nuestros corazones que permiten volar con la imaginación sin límites, alimentando el espíritu, lecturas que ayudan a formar el pensamiento racional, a conocer la intimidad de la existencia, sus levedades, culpas y miedos del alma que sirven para analizar, entender y sobre todo alcanzar niveles de abstracción necesarios para comprender hasta lo posible lo universal.


Con ellas logramos atravesar las tenebrosas ficciones de Allan Poe, vernos viejas en el retrato de Dorian Grey, entender los infortunios de los miserables de Victor Hugo; Adentrarnos en los ímpetus amatorios de Madame Bobary y su resolución de luchar por lo valores de las mujeres señalando de pacata la cultura moral burguesa de su época, hasta provocar su rechazo y posterior suicidio. También nos preocupamos por aprender textos de libros y poesía antes de que ardieran en la hoguera a 451 grados Fahrenheit que ocurriría según Ray Bradadbury como premonitoria distopía.


No es que en este momento histórico en que vivimos estemos abocados a la quema de libros. No. Estamos enfrentados a la quema de cerebros inducida por la ausencia de esa “necesidad de leer”, por la ausencia de Zuletas, de Rosillos, de Restrepo Mejia, de Nicolás Buenaventura y del maestro de la escuela de barrio que autodidacta conoce a Dostoievski y entiende el existencialismo humano, a Tolstoi y su invitación a la vida sencilla del campo.

Pero hay esperanza: El maestro que sube a lomo de mula llevando la montaña mágica a los niños que sin tarabita no podrían llegar a ningún parte del conocimiento. También en la maestra que en una lejana vereda de Boyacá, con su propia caligrafía escribe las guías pedagógicas que exige la virtualidad para que sus alumnos no se queden en la ignorancia y en el abandono estatal, recorriendo a pie distancias hasta llegar a las manos de los niños. O a la Maestra del colegio experimental que enseña en la ruralidad a desarrollar proyectos vitales de investigación para hacer hombres y mujeres del futuro pensantes y escribientes. ¡Menos pantalla y más libro!

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