• Columna 7

SANTA MARTA Y EL MAGDALENA EN RUINAS

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


La dirigencia política de Santa Marta y el Magdalena no cesa de acumular trofeos indignantes.


Quienes han vivido largos años en nuestra tierra buscan razones para comprender el por qué la primera ciudad fundada en Suramérica se encuentra rezagada en obras de infraestructura y sufre el flagelo de poseer una población estudiantil señalada de ser el hazmerreír en las pruebas nacionales de conocimiento.


Sanamente envidiamos el desarrollo de ciudades vecinas, en las que se respira un incesante aíre de progreso y en la que todo el que llega, danzando con la voz del Joe, exclama que en Barranquilla se queda.


Pero, he aquí al Departamento del Magdalena y a la Perla de América, cuyos presupuestos se agotan, pero las obras no se notan. Entes territoriales que aplauden los discursos y silencian los disgustos, para que nadie advierta que nuestros recursos se han extraviado en manos del señor hurto, individuo de dudosa alcurnia que incrementa su riqueza a través del peculado.


Nos retiramos la venda, y con voz quebrantada y los ojos enrojecidos por el llanto, nos descubrimos victimizados por un sistema de salud deficiente, con escuelas públicas clausuradas, rodeados de políticos y algunos maestros perezosos que apoyan la educación virtual para que los estudiantes, educadores comprometidos y padres de familia no adviertan que las escuelas se encuentran en ruinas, gobernadas por el polvo, las heces de las palomas y amenazadas de ser reducidas a escombros por el comején.


Observamos avergonzados a la única ciudad turística del planeta que ofrece la bienvenida a paisanos y extranjeros con obras inconclusas, con vías que destruyen la suspensión de los vehículos, con calles cerradas por mal estado, con un centro histórico que flota en materia fecal y de cuyo suelo emergen insectos, roedores y gases putrefactos que enferman a los transeúntes.


Acosados por males antiguos y nacientes, nos exhiben ante el mundo como una ciudad accidentada, de cuyo subsuelo brota un líquido negro y mal oliente, que lejos está de ser petróleo. Se trata de fuentes artificiales, que disparan a las alturas incesantes chorros con agua de alcantarilla.


Probado está que no se trata de un boicot, sino de un mantenimiento que nunca se realizó, a pesar que el presupuesto se ejecutó. Y esto no lo expreso yo, lo declaró uno que en autoridad se convirtió y que en el pasado los defendió.


Damos la bienvenida a los turistas en barrios tradicionales, para enterarlos que en ellos nacieron artistas y deportistas de orgullo nacional, que oran de rodillas para que cese la lluvia, porque el agua hasta el cuello les llega, inundando sus hogares y destruyendo sus enseres.


Prontamente los samarios cumpliremos doce años, y cuatro los magdalenenses, de ser la prueba irrefutable de las promesas políticas incumplidas. Al igual que los pescaiteros, fuimos conquistados mediante la exhibición de certificados de disponibilidad presupuestal que jamás se emplearon para brindar soluciones, sino para silenciar la voz de los protestantes.


Esperamos la finalización de la costosa e innecesaria remodelación del camellón de la bahía, hoy detenida estratégicamente para ser entregada e inaugurada en días previos a las elecciones del Congreso de la República, y de esta manera idiotizar al pueblo con obras de última hora, e inducirlo a que deposite el voto por los candidatos de un movimiento degradado y reducido a una vergüenza ciudadana.


Pobre pueblo Samario y Magdalenense que, a causa del histórico maltrato recibido, dio paso a la cólera, y de esta al posterior estado de indiferencia que lo condujo a naufragar en el valle de las resignaciones, al ser una población diezmada, desfalcada y por los entes de control abandonada.


Hoy retumba en mis oídos las duras frases que en mis años de estudios universitarios escuché de un honesto maestro de avanzada edad, quien expresó que Santa Marta es una tierra vencida. Hoy prefiero creer que se trata de un pueblo adormecido que ignora la fuerza del colectivo. Es una ciudadanía que se divorcia de la razón y se entrega al frenesí de la emoción.


Escribe un simple ciudadano, uno más del montón que, al encender la luz de la consciencia, advierte que fue engañado.También creí que Santa Marta y el Magdalena podrían experimentar el progreso que en otrora engalanó a una universidad pública que se encontraba en ruinas, pero lastimosamente el hombre que simbolizó ese mérito no es el mismo, traicionó al pueblo que lo eligió, se dejó vencer por la soberbia, la ambición y la avaricia, pactó con la oscuridad y ha hecho de la mentira su mejor amiga. Tal vez cambió, o quizás hasta ahora lo conocemos como es en realidad. Que cada ciudadano reflexione y obtenga sus conclusiones.


Señor Gobernador, usted escupió al cielo, condenando a las fuerzas políticas tradicionales, y hoy el pueblo contempla el fatal descenso de su propia saliva abofeteándole el rostro colmado de botox, reconociéndolo y proclamándolo como el emblema de la nueva fuerza tradicional que destruye la esperanza popular.


¡Sectores hipnotizados y adormecidos del pueblo samario y magdalenense! antes de expresar reacciones contrarias, simulando defender lo indefendible, realicen un acto de consciencia y pregúntense si han experimentado un desarrollo individual y comunitario desde el posicionamiento del nuevo movimiento, si materializaron sus expectativas de progreso, si las prácticas políticas oscuras del pasado fueron erradicadas con el establecimiento del régimen naciente, y si observan a una población sólida y desprovista de prejuicios ideológicos.


Pregúntese si visualizan un futuro plausible para sus hijos y nietos, o por el contrario temen al presentir que van a ser víctimas del mismo grillete de pobreza generacional al que han sido encadenados por los políticos dirigentes.


Hoy imagino a Cristo en la cruz exclamando: ¡Dios mío! ¡Perdónalos porque desconocen a quien apoyan y apiádate de Santa Marta y el Magdalena!

897 vistas3 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo