• Columna 7

REPÚBLICA DEL FRAUDE

Por: Ricardo Andrés Manrique Granados.


Trabajo como corrector de estilo de artículos indexados, textos ideados en contextos laborales y tesis de pregrado y de maestría, entre otras cosas. Hoy hace casi un mes recibí una llamada de alguien que me preguntó si le podría hacer una tesis. Me lo dijo con pericia, de una manera tal que la alusión podía parecer, al mismo tiempo, un error casual o un acierto decidido:


—Estaba llamando porque me contaron que usted hace tesis —dijo con un aire de confusión. Estuve tentado a preguntarle quién le había dicho eso, pero mi mente derivó en otro sentido.


—No, yo corrijo tesis, arreglo su escritura… —respondí, con franqueza. Esperaba que la persona con quien estaba hablando me dijera algo como no, llamaba pensando en otra cosa. Gracias. Pero no. El tipo continuó con la conversación.


—Ah, eso quise decir, ¿y cuánto cobra?


—$8.500 la cuartilla de 1800 caracteres con espacios.


—¡Qué bueno! Muchas gracias. Justo eso era lo que necesitaba saber. En un rato lo vuelvo a llamar.


Naturalmente, nunca más volví a saber nada de aquel potencial cliente.


No me importó mucho no volver a saber de él. Lo que sí sentí fue que, en una nueva ocasión, un modo de vida que se basa en la deshonestidad había vuelto a golpear mi puerta; sentí que verdaderamente estaba en Colombia, y en ningún otro lugar.


Como país, nuestro apego al arte del fraude está en todas partes, en los postes de luz con el ofrecimiento de aseguramiento a EPS y prestaciones con descuentos, o en cualquier manifestación de la cultura: en el “amigo, amigo de un amigo” de “Mi primer millón”, o en los ventajismos que se incorporan a los hábitos laborales de los protagonistas de telenovelas como Enfermeras —que solía ver mientras hacía una conexión a diálisis, hasta que afortunadamente le cambiaron el horario—.


Una persona cansada del oportunismo y la trampa en el país, decide distraerse viendo un concurso de cocina por televisión. Master Chef de RCN, se dice, seguro será un descanso. Se divierte por un rato viendo a Gregorio Pernía y Liss Pereira hacer monerías, pero no demora mucho en ver con horror cómo Catalina Maya, capitana de un equipo de cocina, acuerda con Viña Machado, la otra capitana de equipo, que va a perder a propósito para que sus amigas no tengan por delante un reto de eliminación. Después de todo, en cualquier caso, son sus compañeros de equipo los que enfrentarán ese desafío, y no ella.


Ni hay escapatoria en nuestro país al oportunismo, ni hay lugar en el mundo en el que el arte del fraude haya sido más perfeccionado que en Colombia; ni hay sitio en donde se haya habituado más con eufemismos, como el de la “malicia indígena”, la proclividad a la trampa. “El vivo vive del bobo” o “papaya puesta, papaya partida” son también frases que resumen cómo aquella inclinación natural hacia el fraude es un imperativo. No solamente es normal la trampa, sino que es una obligación si la oportunidad aparece.


Sin embargo, hilando más fino, no es solo desde la distancia que se pueden apreciar las manifestaciones de esa cultura de la deshonestidad, sino que esta ha atravesado de una u otra forma las vidas de todos nosotros si vivimos en Colombia.


El autor de esta columna no solo ha tenido que ver cómo una expareja, que se fue a adelantar sus estudios de maestría en Europa, pactaba con un conocido la elaboración de cartas de motivación y planes de estudios que debía hacer ella misma: también ayudó como un incauto en otra época a esa y a otra expareja a hacer sus ensayos académicos, porque “entendía mejor el tema”.


Y no solo eso. Además, tomó parte —sin saberlo— en un negocio que supuestamente ayudaba a personas con dificultades académicas a superarlas, pero que realmente hacía trabajos universitarios en Medellín en tiempo récord.

Me enteré luego de terminada la primera entrega, una base de datos que pensé que correspondía a un encargo laboral, de cómo y para quiénes trabajaba. Y aunque me retiré de ese trabajo luego de ese primer encargo, alcancé a notar de primera mano cómo, aunque las cifras por hacer un trabajo universitario eran gruesas para la “empresa”, lo que correspondía al “tutor” era una miseria.


Cuando algo es injusto, lo es para todos; quienes están por fuera del trato, y adentro de él. Los que resultan beneficiados por la injusticia, también ganan en ignorancias: no saben vivir sin la trampa, dependen de ella. En la República del Fraude, la nueva forma de equilibrio es la desigualdad.


Así, no tiene nada de raro que el nombre de la opulenta Karen Abudinen, quien participó indirectamente en la adjudicación ilícita de un contrato billonario a la Unión Temporal Centros Poblados, haya sido defendido por el Congreso en primera instancia. Habrán pensado esos representantes que, al defender a la entonces ministra, estaban defendiendo su forma de vida; por ninguna parte en sus cabezas se debió asomar la cifra de la cantidad de niños que se quedaron sin Internet en zonas rurales por un plazo indeterminado.


Gracias a los congresistas y la exministra, ellos, que ya estaban fuera de la ciudad letrada, ahora están también excluidos de la ciudad digital; pero eso no importa, ni a nosotros parece importarnos ahora. En cambio, sobrevivimos individualmente a ese país de trampas y manipulaciones: a duras penas.


Una revolución social necesaria de un país como el nuestro, sería la de una política de verdades, sin fraudes ni oportunismos. Sueño con la utopía de una política sin acciones fraudulentas, sin que el erario público sea objeto de trucos y malabares. Y eso comenzaría con reflexiones personales acerca de cuántas veces y en dónde hemos estado cerca de comportamientos fraudulentos; cómo aquello ha atravesado nuestras vidas. Pero por lo que hemos podido ver tan solo del discurrir nacional actual, y lo que va corrido de las contiendas electorales, ese futuro está lejos.

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