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  • Columna 7

REALIZACIÓN PERSONAL

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.

El diagnóstico


Muchos sufren el terror de la depresión y el estancamiento personal. Sepultaron

en los años de la infancia la imaginación ilimitada, el ímpetu para volar y el deseo de conquistar, y son acosados por una voz que les miente al diagnosticarlos como perdedores e incapaces.


Parte de la causa se encuentra oculta en el pasado. Crecieron en ambientes hostiles o poco armoniosos, en los que reinaba la violencia física o psicológica y un profundo pesimismo. Son águilas a quienes el entorno les ató las alas.


Fueron programados para agachar la cabeza, temer a la altura y ocultar la vista

ante la inmensidad. Ignoran que el horizonte espera por ellos, y sufren cautivos en las prisiones ideológicas de la cotidianidad.


Otros son víctimas de la quimera pregonada por los estándares sociales y el

mundo digital.


La realización personal no es el resultado de presumir posesiones materiales,

visitas a lugares o eventos especiales, o estar rodeado de falsas amistades.


Hemos sido testigos de las tragedias ocultas en los rostros sonrientes que publicitan las redes sociales. Exteriormente presumen plenitud, pero padecen vacíos espirituales y afectivos que amenazan con arrojarlos al abismo. Mienten y se engañan a sí mismos al entregarse ciegamente en manos del consumismo.


La humanidad está infectada por la plaga de la inmediatez. La gloria no se obtiene de la noche a la mañana, tampoco es el premio de un juego de azar, ni una condición exclusiva de seres especiales.


La medicina


Cualquier edad es ideal para posicionarse en la cima, sabiendo que la estancia en dicho sitial tampoco es el final, porque la realización es infinita. Después de cada pico se avizora un reto mayor. No es, entonces, un lugar que se escritura sino un camino que se recorre.


Triunfo y juventud no siempre se acompañan de la mano. Muchas personas han

realizado su proyecto después de haber cumplido cincuenta o sesenta años, e

incluso mucho más. Cada ser tiene su tiempo y espacio, pero la gloria se obtiene

con esfuerzo.


Las víctimas del presente, que arrastran la programación de su pasado, deben

concientizarse de que cada ser es responsable de su futuro. Basta de culpar a

otros por los tropiezos o caídas. Basta de renunciar para transformarse en un

parásito y exigir o mendigar auxilios estatales. Basta de llorar para estancarse,

pues es mejor someterse al inevitable sufrimiento mientras se avanza.


Los pensamientos negativos y el temor son los principales enemigos. Hay que ser

asertivo. Repite incesantemente: ¡yo nací para triunfar! No es necesario gritarlo,

anímate interiormente para que construyas de adentro hacia afuera. No aparentes ante otros con frases fantasiosas. Enciende tu luz para luego servir a los demás.


Recuerda que un ciego no puede guiar a otro porque ambos caerán.


El miedo es una telaraña mental; una cadena psicológica que le impide a los

débiles progresar. Hay que romper esa barrera y disponerse a la acción. Si las

cosas no resultan ¡insiste! siempre que tengas la certeza de estar en el camino

correcto. Aprende del error y reinicia con sabiduría y mayor vigor.


Reprográmate. El éxito requiere un redescubrimiento y puesta en práctica de los

talentos; una mente sedienta y exploradora, un espíritu libre de prejuicios,

optimismo, esfuerzo, disciplina y dedicación.


Visualiza el resultado que pretendes obtener, prepárate, rodéate de las personas

adecuadas, pues no existen los triunfadores solitarios, distánciate prudentemente

de quienes transportan en la mente escombros de negatividad; de los parásitos y

de todo aquel que sea enemigo de la prosperidad.


Prevé que las cosas podrían no ocurrir, para que no te agobie la frustración. El

más afamado de los exitosos también perdió, pero no se detuvo y avanzó.

Todo el que ha nacido puede cumplir un papel protagónico en la obra del Creador, pero hay que esforzarse para descubrirlo y obrar para conquistarlo.


El Padre conoce tus anhelos y envía las pruebas que debes afrontar y superar

para ser digno de la grandeza. No exijas, si eres perezoso, pues esta es la ley:

esforzarse para merecer.


Obstáculos y adversarios abundarán, pero también las bendiciones lloverán. Verá

el ser en qué centra su atención, si en el lamento o en la bendición.

Si en la prueba estás tentado a desistir, ve a tu habitación, experimenta el

recogimiento espiritual, conversa con el Padre que reina en tu interior y exclama:

¡Padre! tengo miedo. Pero más me aterra defraudarte.

Escuché tu voz y estoy dispuesto a batallar.

Me diste lágrimas para aliviar el alma, intelecto para elegir lo

correcto y fuerzas para triunfar.

Me has prometido la gloria y la voy a alcanzar porque he

nacido para ganar.

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