• Columna 7

¿QUÉ TAN GRAVES SON LAS DENUNCIAS DE LOS “PANDORA PAPERS”?


Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


Pandora”, curioso nombre para designar el último escándalo de corrupción que ha tocado a muchos países, entre ellos –no podría faltar– el nuestro.


600 periodistas de 117 países, agrupados en una “Asociación Internacional de Periodistas de investigación” (ICIJ por sus Siglas en inglés), se dieron a la tarea de analizar unos 12 millones de documentos procedentes de 14 bufetes de abogados, que les condujo a descubrir numerosas compañías “offshore” ubicados en distintos paraísos fiscales– cómo las Islas Caimán, Islas Vírgenes británicas, Suiza, Panamá, Delaware, estado de la Unión Americana, etc.– de propiedad no solo de importantes y reconocidas empresas, si no de presidentes en ejercicio y ex- jefes de Estado­– 14 de 35 latinoamericanos– políticos influyentes, deportistas, artistas y destacados hombres de empresa.


La constitución de este tipo de sociedades “offshore”, aprovechando la laxitud de la normatividad internacional en materia financiera, ha permitido a los titulares de esas sociedades, no solo eludir las cargas impositivas de sus países de origen, sino, además, que sus nombres permanezcan en secreto.


Desde luego que muchos responsables de actividades ilícitas igualmente acuden a este tipo de mecanismos para ocultar los recursos ilegales obtenidos, pero este no es el caso del cual importa ocuparnos ahora.


Con respecto a Colombia, figuran comprometidos en esta actividad de salida de recursos hacia “paraísos fiscales”, entre otros, los expresidentes de la república, César Gaviria Trujillo y Andrés Pastrana Arango; la vicepresidenta y ministra de relaciones exteriores, Marta Lucía Ramírez; el ex alcalde de Bogotá y actual aspirante a la presidencia, Enrique Peñalosa y el ex senador y presidente de Fasecolda Miguel Gómez Martínez.


Entre los empresarios del país, se menciona al banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo en sociedad con César Gaviria en empresas de hidrocarburos y de transporte de gas. “El capitalista más rico de Colombia” en sociedad con el ex presidente liberal que utilizan esas empresas para sus negocios secretos, hasta ahora desconocidos por el país”. (Pedro Santana Rodríguez, “los Pandora Papers en Colombia”, revista Sur, octubre 4 de 2021).


Igualmente aparecen señaladas familias económicamente poderosas, como los Gilinski, propietarias del banco “GBN Sudameris” y de la Revista Semana; Alejandro Santo Domingo, último vástago de la familia de ese apellido, dueño de Caracol radio y socio de la multinacional cervecera Sab Miller y los Gerlein Echavarría, propietarios de la poderosa constructora de la costa Caribe, “Valor con”.


Hasta ahora los medios de comunicación se han ocupado insistentemente con el director de la DIAN, Lisandro Junco, sin duda el eslabón más débil de este asunto, a quien han obligado a rendir explicaciones, lo cual ha permitido tender una cortina de humo para desviar la atención de la opinión pública de los casos más graves, derivados de la responsabilidad que les cabe a quienes han ocupado las más altas dignidades políticas de la nación o al hecho de pertenecer al mundo de los grandes negocios.


El presidente de la república Iván Duque, hablando seguramente a nombre de los poderosos personajes involucrados en el escándalo– su vicepresidenta y uno de los financistas de su campaña a la presidencia­– desestimó la gravedad de los hechos, afirmando que estos no constituían delito alguno, siempre y cuando se reportaren este tipo de “inversiones” en el exterior y se hubieran pagado los impuestos correspondientes.


¿Equivocación o mala fe de parte del primer mandatario? dado los antecedentes de este y a los cuales nos tiene acostumbrados, creemos más factible la hipótesis segunda.


Sin duda, la salida de recursos financieros fuera del país no configura delito, por cuanto no existe tipificación de este comportamiento en las leyes penales internas, pero su realización comporta inequívoca y grave afectación a los intereses de cualquier país.


En la década 60-70 del siglo pasado, este tipo de transferencias de recursos financieros de un país– generalmente pobre y dependiente económicamente– a otro que terminaba beneficiándose por este concepto, se denominaba llanamente “fuga de capitales”. En la actualidad, cuando el lenguaje apela a los eufemismos para maquillar y ocultar los comportamientos reprobables de los poderosos, ha pasado a llamarse “formación de activos externos”.


Técnicamente la “fuga de capitales” es un fenómeno económico que implica la salida de recursos financieros de un país con destino a otro. Pero, el país de origen de estos recursos resulta siendo un perdedor neto, como lo reconocen la mayoría de los economistas.


“Toda salida de capitales que, en caso de ser invertidos en la economía doméstica, habrían generado una tasa de retorno social mucho más elevada (Alejandro Gaggero, 2007).


En 2008, la publicación internacional “Global Finantial Integrity“ calculaba que la “fuga de capitales” de los países en desarrollo equivalía entre 850.000 millones de dólares y un billón al año. En promedio los países de América Latina tienen un 41% de su riqueza por fuera de sus sistemas económicos.


Esta situación tiene indudablemente un efecto regresivo, ya que las transferencias al exterior de empresas y personas de altos ingresos atenta contra una mejor distribución primaria de la riqueza a través de las políticas sociales estatales.


Sin duda, el dinero que sale de un país con destino a los “paraísos fiscales”, podría haber servido para generar empleos y cumplir con el gasto social necesario para atender a la población más pobre. Cuando la “fuga de capitales” se incrementa en su monto y por mucho tiempo, puede conducir como sucedió en Argentina, a la, insuficiencia de recursos públicos, obligando, por tanto, a los Estados a acudir a la ruinosa política del exceso en el endeudamiento externo.


La alusión al mito griego de “Pandora”, para designar esta operación de investigación periodística, que tiene que ver con la caja proporcionada por el dios Zeus y la apertura de esta por parte de esa hermosa mujer dándole salida entonces a todos los males y aflicciones que desde entonces han aquejado a los seres humanos, equivale a la apertura de los tortuosos y desviados secretos que los poderosos del mundo habían guardado.


Pero existe una segunda versión del mito según la cual la caja contenía todo lo bueno y justo, que al ser destapada por Pandora, ocasionó que todas las virtudes escapasen, con excepción de la esperanza que permaneció en el fondo oscuro de la caja (Die, Malcolm Mitología Clásica). La “fuga de capitales” constituiría, por tanto, el escape de recursos necesarios, vale decir buenos para el desarrollo de un país emergente. Este sería, el efecto que podríamos llamar “Pandora” qué permitiría calificar el fenómeno de pérdida de recursos financieros que han terminado atesorados individualmente en lugares clandestinos por individuos poderosos en contra de los intereses generales de las sociedades originarias de esos recursos.


Pero de acuerdo al mismo mito, ha permanecido entre los hombres la virtud de la esperanza que deberá ayudarnos a creer que es posible luchar para desplazar a unas clases dirigentes codiciosas y egoístas, que a lo largo de su trayectoria social solo han buscado servir a sus particulares intereses, importándoles muy poco la suerte de las grandes mayorías nacionales. Si faltaban pruebas de la mezquindad de esas clases, los “Pandora Papers” nos las han proporcionado en abundancia.


Una nueva dirigencia para un nuevo país que es preciso construir. La esperanza es ese “sueño de un hombre despierto”, como dijo Aristóteles, es decir, un sueño que tiene que basarse en realidades, como lo son, en los actuales momentos, la inconformidad, el cansancio y el hastío absolutos que manifiestan las mayorías de los ciudadanos de este país con respecto a la conducta de las élites gobernantes y que tendrá que expresarse en un pronunciamiento definitivo, en un “basta ya” al desastre nacional”.

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