• Columna 7

¿POR QUÉ LA ÉTICA Y LA INTELIGENCIA EMOCIONAL SON CLAVES EN UNA DEMOCRACIA?

Por: Bernardo Carreño Gómez.


Escuchaba hace algunos días un conversatorio entre Gadner (prolector de las inteligencias múltiples), y, Goleman (estudioso de la inteligencia emocional). El primero, manifestaba como Stalin, Hitler, Mao asumieron un liderazgo inteligente, pero fueron un fracaso –las consecuencias de ello son más que evidentes–.


Goleman explicaba cómo era importante el trabajo de su colega Gadner, en función de la inteligencia y la ética, a lo que Gadner respondió que todos ellos fueron un fracaso porque les faltó ética en el desarrollo de su existencia y liderazgo. “Y la ética tiene que ver con todo”, respondió la “chinita” al transmitirle la charla que acababa de escuchar.


Ahora bien, me pregunto: ¿Cómo fue el liderazgo desarrollado por Gandhi, Luther King y Mandela? Concuso es afirmar que vivieron en situaciones diferentes, pero, la diferencia se unifica en que todos ellos interactuaron con personas humanas. Las condiciones espacio temporales fueron diferenciales, pero el punto de encuentro fue la humanidad. Las evidencias del trabajo de estos epígonos de la paz indican que sus proyectos existenciales no fueron un fracaso.


Apodíctico es afirmar que se puede tener inteligencia cognitiva, ser un líder social, político, cultural, pero si no existe ética en el trasegar de su existencia su visión de la vida irá al fracaso. No es posible considerar un liderazgo afirmado en la violencia, porque ello denota la inexistencia de ética e inteligencia emocional.


Si pudiésemos actualmente realizar un particular estudio pedagógico sobre la inteligencia emocional y las bases del cerebro reptiliano y límbico –donde aparecen las pulsiones humanas que debilitan la razón y la empatía–, deberíamos afirmar que la proclividad a la violencia, en aras de solucionar los conflictos personales y sociales, estaría dominada por esta parte de nuestro cerebro.


Si ello es así, la función del neocórtex –como último desarrollo de nuestra evolución, y, donde funcionan las actividades de racionalización y análisis de la realidad– no aparecería muy clara en las personas que optan por la violencia como forma de resolver un problema.


La evolución de nuestro cerebro y de toda su actividad neural está en función de una forma de vida mucho más desarrollada en la que nos encontramos hoy, donde la gestión de nuestras emociones sea más plausible en derredor de la paz, la armonía, el perdón, la reconciliación, el amor –como decisión de hacer el bien–.


El desarrollo de la ética –desde la visión evolucionista, social e innata– nos permite establecer que es un parámetro de virtud para lograr la ataraxia y el areté –en clave aristotélica– en búsqueda de la felicidad. Pero, para ello, la gestión de las emociones es axial, dado que por una emoción mal administrada podemos perder nuestro horizonte ético y nuestra autodeterminación racional en aras de la intersubjetividad humana.


Bajo los anteriores denotados epistémicos se puede inferir que la existencia de las relaciones humanas, poseerán un matiz ético complexionado con un perfil de inteligencia emocional que fructificará en una personalidad social e individual equilibrada. Como corolario de lo anterior, se puede afirmar que una sociedad, cualquiera que sea, donde no se obtengan relaciones altéricas subyacentes en la ética y con un claro y alto perfil de inteligencia emocional es una sociedad orientada al fracaso.


Así, se poseen claros ejemplos en la actualidad: sociedades gobernadas por horizontes de totalitarismos de izquierda y de derecha, han perdido el rumbo de lo ético al desarticular y mixtificar las libertades humanas fundamentales necesarias para la evolución de la sociedad humana. El parco sentido de inteligencia emocional las ha llevado a conculcar derechos humanos a través de la fuerza y de la violencia manifestada a través de múltiples acciones mimetizadas en actos que parecieran poseer una ética y, sanamente, una inteligencia emocional.


Se podría pensar que en sociedades altamente desarrolladas el imperio de la ética permitiría a la Democracia consumar un sentido de armonización pluricultural desde el respeto por las mínimas garantías de convivencia y deberes humanos, que, además, posibilitarían la adecuada estructuración de la virtud y de la construcción de la felicidad centrada en la decisión de optar por el bien común, sin ninguna otra contraprestación.


De igual manera, la inteligencia emocional permitiría desarrollar profundas habilidades empáticas, de introspección de la consciencia en función de la creación de una realidad totalmente vinculada con el orden y armonía cósmica, muy a pesar de pesar del principio de incertidumbre cuántica propuesta añejos años por Heisemberg. La inteligencia emocional permitiría que una sociedad democrática fuese plausible para gran parte de las personas que la integran, en la consecución de bienes cardinales que no se supediten al control de lo material, pero, sí, en la transcendencia del espíritu humano.


De esta manera, se puede entender que la ética y la inteligencia emocional se complexionan a favor de una sociedad democrática, donde su fin último es el bien común dentro de una racional libertad que permita al ser humano constituirse en verdadera persona humana y a la humanidad constituirse en un fin en sí misma considerada (parafraseando a Kant) dentro del cósmico devenir existencial.

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