• Columna 7

PARA NO OLVIDAR

Por: Ricardo Andrés Manrique Granados. Literato con opción en educación y magíster en literatura de la Universidad de los Andes.


Cuando hablamos de hechos aparentemente coyunturales como las desapariciones forzadas y el trauma que estas han dejado en nuestro país, pareciera que nos referimos a un fenómeno exclusivamente colombiano de nuestra época reciente. También pareciera que esos hechos no fueran expresados en el arte, el cine, la música o la literatura de nuestro país y otros países, lo cual demuestra que no notamos cómo dichos acontecimientos desbordan los límites territoriales y temporales locales y del continente. A pesar de las apariencias, se podría decir que esos hechos no solo ocupan la estructura de lo que constituye nuestra identidad, sino que la rebasan.


Quizás olvidamos referentes que han visitado esa temática porque no es claro que ese fenómeno se ha dado en otras naciones de Iberoamérica, generalmente en los marcos de dictaduras aterradoras. Hay rastros de testimonios, homenajes, representaciones y cánticos a las víctimas de esos regímenes en los lugares más insospechados del arte y la cultura de los países de habla hispana.


Al inicio del videoclip de “Para no olvidar” —disponible en YouTube—, canción que Andrés Calamaro lanzó junto con su banda Los Rodríguez en Palabras más, palabras menos, de 1995, se ve a una mujer gruesa, de cierta edad, a quien le suena el despertador a las 12, bien de la mañana o bien de la noche, para que vea a un hombre joven —un integrante de la banda— en el televisor.

La señora fuma mientras canta la canción, como quien trata de controlar la ansiedad o de distraerse, mientras de fondo aparece un hombre joven con esmoquin y bigote pintado, que puede o no ser Calamaro, y que fuma también, en compañía de una mujer tan joven como él. Luego de que él juega con el televisor, alguien llama a la puerta de la señora. Es un niño que tiene escrito en un cartel el nombre de Andrés, y lo que parece ser una calificación: cero, la seña de su ausencia.


La figura del hombre con bigote y la muchacha se funde más adelante con imágenes de la banda, en las que el cantante es un joven regordete que no es Calamaro ni nadie que ya haya aparecido. Pareciera que, a propósito, en el video fuera confuso cuál hombre o niño es cuál, si hay una individualidad entre ellos, o si eso importara siquiera. La señora, siempre a deshoras, comparte espacios con recuerdos de lo que fue y pudo ser de ese o esos seres de cuyas vidas ya no sabe nada.


En la segunda parte del video, se sigue usando el fundido encadenado, la herramienta fílmica más utilizada en el video. En la escena más conmovedora de esa parte, se muestra cómo la mujer joven y la madre o abuela le preparan un desayuno al hombre de bigote pintado, que come en la cocina al lado del televisor, mientras la pareja canta la letra de la canción.


El videoclip concluye con las dos mujeres cenando con el hombre de bigote y el cantante de la banda, que no es Andrés Calamaro. En un momento, ambas mujeres danzan suavemente al ritmo de una rumba flamenca; parecen celebrar una reunión familiar, aunque a la vez estén alimentando melancólicamente un recuerdo y una ausencia perennes.


No es difícil notar que “Para no olvidar” trata de una profunda decepción amorosa, un recuerdo que no se va completamente, un olvido siempre incompleto, en medio del contexto de la memoria prostética que en el video representa el televisor. Su protagonista no está dormido o despierto, no está vivo o muerto. Como un recuerdo que se alimenta del tiempo, es el rastro de un desaparecido.


El planto o canto gitano, base de los ritmos flamencos que ha sido contrapuesta con la elegía funeraria, hace presencia para retratar ese duelo incompleto. En ese escenario, las dualidades fracturadas, la convergencia apenas figurativa del hombre y el niño, de la pareja imposible, de la madre y el hijo, de la vigilia y el sueño, del despertar y el dormir, denotan la ausencia del cuerpo de quien hace falta, por quien se canta. La corpulenta mujer puede estar entonces cocinando para un montón de delgados espectros; como lo dice el final de la canción, seguramente aquel reencuentro solo será posible en el sueño.


La aparición del niño en el video, y la lucidez rota por su ausencia al final, no son una coincidencia, o un olvido. Ese niño le es arrebatado al espectador como en la Dictadura argentina que se sostuvo entre 1976 y 1983, sucedió la práctica de apropiación de menores hijos de quienes estaban siendo retenidos y torturados; niños que eran luego dados en adopción irregularmente, lo cual fue conocido como la práctica de los niños restituidos.


A junio de 2019, solamente han sido resueltos 130 de los más de 500 casos de niños restituidos; flagelo tras el que muchos de ellos son reclamados por sus abuelas, pues los padres continúan desaparecidos. En aquel hecho se basó la escritora canadiense Margaret Atwood para escribir su libro El cuento de la criada (1985), y sería uno de los muchos motivos de la existencia del Movimiento de Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo.

Cabe recordar que los precedentes de ese hecho se sitúan en España, donde precisamente se encontraba Andrés Calamaro cuando escribió su canción. Allí, en el contexto del falangismo y bajo el mando del General Francisco Franco, alrededor de 30.000 niños les fueron arrebatados a sus madres, pues habían sido condenadas a muerte o eran consideradas no aptas para cuidar de ellos.


Aquel fue el destino de los descendientes de quienes en ese momento perdieron la guerra, o los militantes de la oposición; situación que a la fecha no ha sido aclarada ni aceptada completamente por el Régimen entonces dominante.


Sumado al fenómeno de los Falsos Positivos en Colombia, que tiene entre sus haberes a menores de edad y su propia Asociación de Madres (Mafapo), de acuerdo con una investigación de El Tiempo, el crimen de la desaparición forzada de niños ocupaba, en el 2018 y el 2019, el 36% del total de desapariciones en el país. Actualmente, en promedio, cuatro niños desaparecen al día, y de los 1579 que se reportaron en lo corrido del año, solo 811 aparecieron vivos y 10 muertos. El paradero de los demás es desconocido.


Según esa misma investigación, y la Fundación Nydia Erika Bautista, el 70% de las desapariciones están relacionadas con el reclutamiento de grupos armados al margen de la ley.


[https://www.eltiempo.com/justicia/delitos/menores-de-edad-desaparecidos-en-colombia-cifras-e-historias-568511].

Todo ello se da en un contexto en el que, incluso en el 2020, año de la pandemia por Covid-19, 2460 personas desaparecieron, según datos de la ONG Hacemos Memoria [http://hacemosmemoria.org/2020/08/29/la-desaparicion-un-crimen-que-pervive-en-colombia


9993/#:~:text=En%20Colombia%2C%20entre%20enero%20y,Medicina%20Legal%20y%20Ciencias%20Forenses].


Para las familias víctimas de ese crimen, el drama se revive día a día, pero es posible que para todos los demás pobladores del país sea difícil recordarlo, pues somos dirigidos por un Gobierno poco interesado en la no repetición de las atrocidades de la guerra, y en la visibilización de las víctimas. En palabras de la canción de Los Rodríguez, aunque vivir sea un regalo y un presente, de nada nos habrá servido no dejar jugar a los niños con fuego.

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