• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: VOTO A CONCIENCIA

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Los actos de conciencia son eventos ligados a la libertad, decisiones autónomas del ser con plenas facultades síquicas para el ejercicio de sus derechos ciudadanos, pero la forma como suelen presentarse los convierten en perversiones que enlodan los más elementales principios éticos y morales por los que las sociedades han luchado tanto.


Cada vez resultan más sofisticadas las maniobras fraudulentas de los políticos para sacarle ventaja a la prostituida democracia colombiana. Cada día, observamos otras formas de vulnerar los mandatos electorales, sin que los protagonistas sientan el más leve asomo de vergüenza o de temor frente al posible castigo legal. Nada los detiene; el proyecto de vida personal y familiar queda garantizado con el éxito electoral. Las arcas del erario son un bien apetecido por las mafias electoreras y un botín que acerca a los políticos a la riqueza rápida y con pocos riesgos.


Para eso sirve la pobreza. Mientras las élites del capital se reúnen para decidir quién o quiénes podrán representar y defender mejor sus intereses económicos y de clase, la legión de pobres es manipulada por líderes comunales y de barriadas, los cuales venden el analfabetismo político al mejor postor. Ya los candidatos no requieren de discursos persuasivos ni mentirosos; la plaza pública fue remplazada por amplios y bien arborizados patios y parques donde no se socializan planes ni programas de gobierno, sino estrategias, logísticas y presupuestos para que los líderes cumplan con su tarea. Al final, los votantes ni siquiera recordarán el nombre del candidato que crucificarán en el tarjetón.


No es fácil propugnar por el voto a conciencia mientras la mayoría vote por, en lugar de elegir a. El elector tiene la posibilidad de decidir hasta el último momento, discute, genera debates acerca de las bondades y maldades de los candidatos, establece puntos de referencias argumentadas; es decir, tiene conciencia de la trascendencia de su elección; en tanto que el votante ya fue inducido, persuadido y hasta su conciencia comprada desde mucho antes del evento electoral. En últimas, se termina glorificando un gobierno para mantener la hegemonía económica y política de una clase que preservará las líneas de acción pública que históricamente ha extraído las riquezas del país y ha vivido eternamente de las migajas de los pobres.


Desafíos de la clase media


A menudo escuchamos voces de desencanto que provienen de sujetos con marcado acervo cultural, ethos científico y prestigio académico. No es para menos. Desde siempre, su postura política, (bien sea por tradición, bien por simpatía o por retribución de favores), sufre la decepción ominosa de quien espera buenas acciones y sólo recibe falsas razones.


El problema radica en que ese sentimiento desapacible se repite cada vez que el sujeto va a las urnas con la esperanza de que la nueva opción le devuelva le fe perdida. Al final, el resultado es el mismo.


Pero ¿qué puede hacer? Lo más elemental es revisar la intención de voto, reflexionar en torno a cuáles son los intereses particulares y de grupo que mueven a un candidato que hace inversiones astronómicas de dinero, alianzas repulsivas y toda clase de artimañas para llegar al poder. De hecho, la historia no registra ningún samaritano que apueste enormes sumas de dinero en la conquista de un cargo público, sin sacar provecho de su posición.


Al contrario lo que nos cuenta la historia tanto pasada como reciente, no es cosa distinta del empleo de artilugios para socavar hasta el último suspiro económico del erario, sin que medien la vergüenza de partido ni la moral personal. Es lógico suponer, que si un grupo de individuos arropados con una bandera de partido invierte miles de millones de pesos, con el único propósito de multiplicar su inversión, tiene que hacer lo que sea necesario para lograrlo. Y en ello no juega la ley, ni la ética ni mucho menos la moral. A propósito de esta, el economista norteamericano Dick Mackcausland afirmó, que “la honradez es la única excusa de los pobres para dormir tranquilos, cuando los ricos ya se lo han llevado todo”.


Si por alguna circunstancia, el sujeto no revisa su intención de voto, ni reflexiona alrededor del accionar de su candidato, debe –por lo menos– pronunciarse, revelarse, volverse un insurgente de su partido que reclama por verdaderas realizaciones ciudadanas. Si no lo hace, cohabita de manera silenciosa en medio de la lujuria por el poder y se convierte en cómplice del derrumbe administrativo. Las lamentaciones no se harán esperar, puesto que los nombres no importan si la misión es la misma. Se trata de un remplazo que no iguala al anterior, lo supera, lo desborda en ineptitud e inmoralidad.


Que se dejen arrastrar los otros, resulta comprensible, pero los aludidos sujetos plenos de razón, están llamados a la transformación de las prácticas políticas, sin importar si le hicieron un favor, porque el precio a pagar es demasiado alto. Este sujeto dueño de un saber y poseedor de una competencia reflexiva incuestionable, no debe aplazar más su decisión de romper las cadenas que lo atan por amistad, retribución o tradición. Si lo hace, mañana será un sujeto libre, con voz propia, sin necesidad de propinas por el voto.

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