• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: TIBIO ACERCAMIENTO A LOS PARTIDOS

Por. Fare Suárez Sarmiento.


Cada vez que se aproxima el avispero electoral, los partidos, movimientos, alianzas y grupos políticos sacan al sol sus tesis, filosofía y el aliento democrático que presuntamente los inspira. También surgen nuevas doctrinas, tendencias que se suman al extenso menú de ideologías y banderas. Otros, en cambio, desaparecen o sencillamente aplazan su voracidad electorera.


Pocos osan recordar la histórica infamia del bipartidismo tradicional. Pareciera que todo hubiera quedado dicho al respecto, aunque bien sabemos que todavía perviven en la memoria de los colombianos muchos horrores que –quiérase o no– seguirán llenando las páginas del futuro del país. Cómo olvidar la funesta repartición del poder por dieciséis años en un cínico acuerdo entre liberales y conservadores. En aquel entonces, la posibilidad del pluralismo partidista quedó sepultada y el sueño de una anhelada democracia, aplazada. Estas prácticas hegemónicas del Frente Nacional, alimentadas por el fanatismo de trabajadores y campesinos y retorcidas por la fe católica, se reforzaban con discursos patrioteros de enorme carga de sensibilidad social; sin embargo, la desconfianza se asomaba porque el destino de los excluidos no variaba, al contrario, empeoraba con el maltrato de los gamonales y el despojo de las tierras. Así́ lo señala el escritor y poeta William Ospina, “los campesinos liberales y conservadores tenían que comprender que esos dos partidos, que no eran dos doctrinas sino una sola ambición, no los representaban y tal vez no los habían representado nunca; que más bien los habían utilizado mucho tiempo en proyectos de los que el pueblo no era jamás beneficiario”. (Pa que se acabe la vaina, pág. 109). Pero la Revolución cubana importó a Colombia su espíritu libertario, al tiempo que la represión estudiantil crecía por la recalcitrancia del presidente Guillermo León Valencia. De igual manera el sacerdote Camilo Torres Restrepo, sensible a la depredación social y laboral padecida por los trabajadores y campesinos, organizó el Frente Unido como reacción opositora al Frente Nacional. No obstante, sus sueños de libertad, igualdad y democracia murieron muy temprano. Así van apareciendo grupos de izquierda con vocación guerrillera y de preferencia por el dominio del campo, como el Ejército Popular de Liberación, EPL, que vio la luz durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, poco después del Ejército de Liberación Nacional, ELN.


El país del siglo pasado va asumiendo nuevos lenguajes que tratan de explicar la naturaleza de las dos corrientes de pensamiento y de conciencia declaradas en todo el territorio nacional. La derecha y la izquierda comienzan a crear estrategias de aceptación popular de sus principios, pero la publicidad corrosiva de la derecha posee mayor capacidad de persuasión y de compra de conciencias que la propaganda subversiva, a veces codificada y con destinatarios específicos camuflados en universidades y colegios, pero con operancia exclusiva en el campo. Caso diferente el de la guerrilla urbana M-19 constituida por estudiantes e intelectuales provenientes de la Alianza Nacional Popular, Anapo y surgida debido a la corrupción electoral que terminó en un chocorazo donde Misael Pastrana Borrero salió elegido presidente de la república, gracias al beneplácito y venta del poder del General Gustavo Rojas Pinilla.


Aunque ya la historia patria se ha encargado de los pormenores incidentales en la aparición de la izquierda y de la grotesca repartición del país entre liberales y conservadores, no está de más acentuar la tesis de que estos partidos sembraron la avaricia entre la aristocracia colombiana, ya que el poder político era el instrumento para desfondar el erario, succionar las riquezas de nuestro suelo y perpetuar los linajes con investiduras de honores cortesanos.


Por eso, la clase media en ascenso inició su lucha por un espacio, una oportunidad de acceder a las mieles del poder. En un comienzo, por sus competencias y brillantez académicas, los profesionales eran utilizados para fortalecer la condición de clase de la burguesía criolla. Sin embargo, la aparición de este grupo en los escenarios de cocteles y champañas no era de buen recibo. Hechos como el rechazo social, por ejemplo, fueron zanjeando las diferencias y marcando las distancias económicas, siempre irreconciliables. Debido a la marginación de los estadios de poder, los middleclass fueron perdiendo su autenticidad social mediante la subordinación y genuflexión ante los organismos e individuos que ostentaban dicho poder. Pero el falso acercamiento apenas sirvió́ como infiltración para quebrar la férrea e histórica barrera política impuesta por la aristocracia colombiana. Circunstancia que provocó el surgimiento de muchos partidos y movimientos que permitieran satisfacer los apetitos económicos y políticos, como sustentos claves de la realización personal y familiar y como medio de competencia con las otras clases. Al comienzo parecía que vastos sectores de la sociedad colombiana buscaban representación en los organismos de poder para defender los intereses tanto de grupo como nacionales. Tal sucedió́ con Autoridades Indígenas de Colombia (AICO), Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS), Movimiento Independiente de Renovación Absoluta, (MIRA), Partido Social de Unidad Nacional, (PARTIDO DE LA U), Alianza Verde, Polo Democrático Alternativo (PDA), Partido Cambio Radical, Centro Democrático, Partido Opción Ciudadana (Antes PIN), o albergue de paramilitares, Alianza Social Independiente, (ASI). Sin embargo, los ideales, doctrinas e ideología del comienzo, quedaron en cámara ardiente en las actas de constitución. El reconocimiento de los catorce partidos por parte de la Ley Colombiana, promovió́ la legalización de las cloacas donde habrían de hospedarse aquellos delincuentes, quienes, a pesar de su fortuna, no hallaban lugar entre los partidos tradicionales, con muy pocas excepciones. El dinero de la mafia corría sin cesar. El día electoral era un derroche carnavalizado y una apuesta al que más invirtiera en la industria de las corporaciones públicas.


Aquel “viva el partido liberal” y “abajo el partido conservador” que matizaron también la guerra de los mil días había llegado a su fin. Desde cuando se fueron constituyendo en guaridas de criminales y de corruptos, las doctrinas se fueron “modernizando”. Ya el fervor familiar dejó de legarse a las generaciones siguientes para darle paso al libertinaje ideológico. Ahora se ingresa a un partido sin siquiera conocer el significado de la bandera, mucho menos los estatutos o la filosofía que lo sustenta. Se puede ser liberal ahora y mañana compartir el ideario del Centro Democrático. Toda esta inmoralidad política, gracias, o mejor, por culpa de los avales. Resulta mucho más trascendente el candidato que el partido. El aval es como un guiño que se le hace a la política, una irreverencia que logró situarse en el seno de los escenarios del mercantilismo electoral.


Resulta innegable que la desvalorización de los partidos es uno de los ingredientes más fuertes que ha contribuido a la explosión de la crisis social. Los partidos políticos son más que clubes, corporaciones o recostaderos de amigos donde se teje el destino de los desclasados de este país y se reconfigura el sistema de fortalecimiento político y económico de la clase todoteniente. La crisis social alude a la pérdida de la fe en las bondades de los dirigentes, la crisis social tiene que ver con el pisoteo de las tradiciones culturales, los valores éticos y el desmoronamiento de la moralidad frente a la conducción del país. Los considerandos sobre los cuales se funda el espectro axiológico: respeto, honestidad, responsabilidad, solidaridad y altruismo, entre tantos otros, se han reducido a meros flattus vocis, vocablos que han ido desapareciendo de la enciclopedia política y de hecho del diccionario familiar y escolar. No podría ser de otra manera, si las familias actúan de acuerdo con los modelos sociales imperantes, al tiempo que la escuela también los reproduce y refuerza. Lo que equivale a decir que, si no se restablecen la ética y la moral de los partidos políticos, si el afán de poder y de veloz riqueza de los candidatos a corporaciones públicas no cesa y, si no se practica la concepción filosófica de la política: servir al pueblo y no servirse del pueblo, Colombia no podrá́ recordar el día en que la llevaron a conocer el hielo.

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