• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: TECNOCENTRISMO AL DEBATE

Por: Fare Suárez Sarmiento.

“...No podemos volver atrás, pero si debemos influir sobre la dirección que las nuevas tecnologías van a tomar en la educación para no incrementar las inequidades sociales que ya existen...” según nos contó el doctor en educación canadiense Larry Kuehn, entrevistado por la revista Educación y Cultura en el año 2015; y cuya aceptación y acuerdo se extendió a todos los sectores sociales, culturales y -desde luego- al magisterio nacional. No podría ocurrir de otra manera, si nuestro país está construido sobre un mapa fragmentado en trozos extensos de tierra que bordean capitales los cuales padecen el rigor de la exclusión, llamados eufemísticamente “cordones de miseria”. Colombia cuenta en su geografía con lugares fantasmas que solo asoman su nombre en períodos electorales; pueblos donde el sol seca los ríos y el viento gélido de las montañas congela los pastos; sitios con escuelas a la sombra de los árboles, hogares iluminados con mechones y la señal del celular la mano columpiada desde arriba por el vecino para saludar cuando pasa montado en su cuatro patas.


El culto irracional hacia la tecnología nos hace perder de vista que esta debería hacernos la vida más llevadera sin empobrecerla existencialmente, tal como lo muestra el historiador David Noble en La Religión de la Tecnología (1999), donde la tecnología no solo ha desplazado a la religión, sino que ha ocupado su rol, porque hay una sed de espiritualidad en la fascinación por ella.


Una de las más dolorosas experiencias dentro del sistema tecnocrático, atañe al universo de la comunicación, en términos de sepultar el lenguaje que tanto lingüístico como semiótico imprime la constatación del grado de humanización que despliega la relación entre los hombres. La tecnocracia como método desregulador de la interacción humana, cosifica al sujeto, solo apunta hacia sus niveles productivos, por fuera de cualquier consideración sensorial o sentimental que pueda afectar los resultados de una tarea empresarial. Lo insensible, lo inasible y lo intangible son atributos exclusivos del sistema tecnológico.

Jordi Pigem, en Ángeles o Robots, (2018) nos refuerza esta tesis (p. 106): “...el paradigma tecnocrático por su propia naturaleza, es incompatible con la interioridad humana y con la sostenibilidad. Es incompatible con la vida biológica, con la vida interior y con la vida espiritual. Emana del nihilismo. Y lo afianza. La reificación del objeto lleva a la reificación del sujeto. La reificación del mundo acaba resultando en la reificación del yo”.


En el crecimiento del ámbito de la técnica habita una voluntad que se enfrenta conscientemente a una realidad alienada para extraer violentamente de ella una nueva humanidad.


La tecnología multiplica maravillosamente nuestras posibilidades, continúa expresando Pigem, (90) pero a menudo también instrumentaliza nuestra experiencia directa y nos seduce una y otra vez a dejar de estar plenamente presentes. Sin duda, cuando la tecnología se emplea como instrumento, con plena conciencia, es muy útil; en la sociedad hipertecnológica, sin embargo, la tendencia predominante es a que la persona se convierta en una especie de engranaje al servicio de la eficiencia tecnológica. La lógica tecnológica lleva el volante: ¿sabemos realmente donde nos conduce?


El tecnocentrismo ha forjado su tesis donde la plataforma del capitalismo tecnocrático ha reducido al ser humano a la categoría de objeto, pero este paradigma se presenta como un molde reificador que se impone en todos los espacios, también incide en la forma de comprensión de la vía humana; tal como lo ha dicho el Papa Francisco en su célebre Laudato sí,: No puede pensarse que sea posible sostener otro paradigma cultural y servirse de la técnica como de un mero instrumento, porque hoy el paradigma tecnocrático se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus recursos, y más difícil todavía es utilizarlos sin ser dominados por su lógica. (...) De hecho, la técnica tiene una inclinación a buscar que nada quede fuera de su férrea lógica. (L,108).


Podríamos inferir hacia dónde nos ha de conducir la lógica tecnológica por los referentes históricos signados por las revoluciones industriales que han transformado el mundo, han envilecido el medio ambiente y en consecuencia sumergido al sujeto en un mar de desesperanza. Así lo anunció el poeta irlandés Óscar Wilde, citado por Zymunt Bauman (2017).” ... en los países ricos, una mayoría de la población piensa que los hijos serán más pobres en realidad de lo que hoy lo son sus padres y madres (quienes así opinan van desde el 53 % de los progenitores en Australia hasta el 90% de los mismos en Francia). Los padres de los países ricos prevén que sus hijos estarán en peor situación que ellos (en porcentaje).


El futuro se ha transformado y ha dejado de ser el hábitat natural de las esperanzas y de las más legítimas expectativas para convertirse en un escenario de pesadillas: el terror a perder el trabajo y el estatus social asociado a este, el terror a que nos confisquen el hogar y el resto de nuestros bienes y enseres, el terror a contemplar impotentes cómo nuestros hijos caen sin remedio por la espiral descendente de la pérdida de bienestar y prestigio, y el terror a ver las competencias que tanto nos costó aprender y memorizar despojadas del poco valor de mercado que les pudiera quedar.


Alguna vez Bauman fue satanizado por sus detractores como generador de pánico social y experto en visiones pesimistas. Podría pensarse que a aquellos les asiste algo de razón cuando tropezamos con fragmentos tomados de Sobre la Educación en un Mundo Líquido, de 2013. “Los jóvenes de la generación que ahora está entrando o se está preparando para entrar, en el llamado “mercado laboral” han sido bien pertrechados y adiestrados para creer que la tarea que deben cumplir en su vida es sobrepasar y dejar atrás los éxitos de sus padres. Y esta tarea (que solo un golpe cruel del destino o alguna incompetencia propia, importante, pero remediable, podría impedirles llevar a cabo) casa de pleno con sus capacidades. Por muy lejos que hayan llegado sus padres, ellos irán aún más lejos. En todo caso, han sido adoctrinados y entrenados en esta creencia. Y nada los ha preparado para la llegada de un nuevo mundo duro, inhóspito y poco acogedor, en el que las recalificaciones van a la baja, los méritos conseguidos se devalúan y las puertas se cierran. Nada los ha preparado para los trabajos volátiles y el desempleo persistente, la transitoriedad de las perspectivas y la perdurabilidad de los fracasos. Es un nuevo mundo de proyectos que nacen muertos, de esperanzas frustradas y de oportunidades que, debido a su ausencia, se hacen aún más visibles.

Esa transición del tecnocentrismo a la desmedida tecnofilia nos ha conducido a aceptar el vertiginoso desplazamiento de la mano del hombre en el sector productivo y, lo peor, el remplazo de la sonrisa humana en menesteres de contacto e interrelación con sus pares. Así es, llegaron los robots. No se descubre nada nuevo al mencionar que son predecibles, más económicos, no conforman sindicatos, ni se ausentan por calamidades domésticas o enfermedad y pueden llevar a cabo el mismo trabajo que desarrollan muchos empleados. Rusia empezó a dar muestras de la eficiencia de Anna, el robot que imita el candor de una voz femenina mientras atiende el contact center destinado a los clientes.

La alarma ha estado encendida desde hace varios años; es cierto, sin embargo, aumentará su estridencia debido al informe McKinsey & Co, aparecido en las publicaciones más importantes del mundo en 2017, en las que registra que “De aquí a 2030 más del 30 por ciento de la fuerza laboral del planeta tendrá que abandonar su trabajo debido a la automatización; hablamos de más de mil millones de personas cesantes que se verán forzados a prepararse en nuevos frentes técnicos, otras especialidades que les brinden la oportunidad de subsistencia familiar.


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