• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: TAMBIÉN LA NOSTALGIA RECLAMA SU LUGAR

Actualizado: sep 12

Por: Fare Suárez Sarmiento.


El universo antiguo estuvo diseñado para los adultos; su contenido lucía lejano y abstracto, razón para que los niños y jóvenes tuvieran que asistir a la escuela para conocerlo. La voz del maestro se presentaba como un eco del oráculo griego, aunque más confiable y creíble; su elocuencia descriptiva convertía el aula en un inmenso croquis mucho más mágico que el mapamundi dibujado en el globo terráqueo o en las cartas geográficas. La fascinación de los relatos de las invasiones romanas, de la lealtad del Cid, de la crucifixión de Jesús, de la resurrección de Lázaro, de las guerras mundiales y la creencia heredada de que la tierra es un reino y dios nuestro salvador, convertían el hechizo en conocimiento que desfilaba por las aulas año tras año, con modificaciones apenas de forma. La información disciplinar era idéntica para todos, huelga decirlo; los cuadernos de los grados superiores servían de material de estudio a los alumnos sucesivos, hermanos o amigos menores quienes beberían de la misma fuente.


Todo ese repertorio de hechos, sucesos, nombres, lugares, números, cifras, cantidades, héroes y heroínas tenía la obligación académica de pervivir en la memoria tal como había sido depositado en ella, sin alteración mínima. Dicha fidelidad demostraba buen desempeño escolar y alimentaba el erróneo concepto de inteligencia. Mover el contenido más allá o más acá de lo vaciado durante la clase, constituía un desafío a la sabiduría incuestionable del maestro y una clara muestra de desaplicación en el estudio.


La rueda de la historia apenas suspendía su giro para dar cuenta de eventos donde la sangre de los pobres era protagonista como la invasión de Vietnam que dejó más de dos millones de muertes; luego, la indiferencia del mundo retomaba de nuevo la rutina, nada se movía, lo que obligaba al conocimiento a permanecer inalterable; pocos hechos sacudían el currículo escolar y por consiguiente los textos académicos envejecían por el uso bajo, el manoseo de niños y jóvenes, ávidos de constatar lo que el maestro había dicho en clase, no por el valor de los contenidos.


Aquel maestro, considerado una alfaguara oceánica de información no digerida por la ausencia de la reflexión, el debate, la crítica o la investigación, sino atiborrada por el casi nulo contacto con las otras civilizaciones recitaba Canción de la vida profunda de Porfirio Barba Jacob, exhibía con orgullo sus cualidades histriónicas declamando el Gato Bandido de Rafael Pombo, e incitaba al llanto de los alumnos con el poema La Abeja de Enrique Álvarez Henao y cuando quería incitar el sentimiento catártico, metía en el aula a Edipo Rey. Pero ese saber, a veces multidisciplinar, le alcanzaba en la ostentación del poder que ejercía sobre la inocente ignorancia de los niños.


Además, su influjo llegaba hasta los padres, seres mayores vestidos con la elegancia del respeto y reverencia, quienes no osaban contradecir sus decisiones. Era lógico, recordemos que el maestro hacía parte de la trilogía de poder provincial –principalmente– quien al lado del alcalde y del sacerdote gozaba del trato privilegiado y admiración de la gente. Sin embargo, la estatura social adquirida dificultaba la exteriorización de los obstáculos que tropezaba en su mesiánica labor de formador, orientador, asesor, profesor y muchas veces padre putativo ocasional.


También, es preciso acentuar la abnegación y entrega situadas por encima de las necesidades familiares: meses consecutivos sin recibir salario para solventar la manutención hogareña. Era tal su vocación y veneración por la educación que aceptaba la cancelación salarial con cajas de ron que se echaba al hombro para ofrecerlas de tienda en tienda, antes que suspender la atención a sus estudiantes. Así sucedió hasta el año mil novecientos sesenta y seis cuando la organización gremial ordenó el inicio de un paro indefinido del magisterio y organizó la encomiable Marcha del Hambre hacia la ciudad de Bogotá para exigirle al gobierno nacional solución definitiva a los problemas administrativos de la educación en el departamento del Magdalena. El desarrollo y desenlace de la historia ya ha sido difundida con suficiencia.


Apenas en el 54 Colombia dio la bienvenida a la televisión, por iniciativa de Rojas Pinilla. Apenas –también– el recién llegado actor japonés Seki Sano movilizó a los bogotanos en torno a proyectos culturales que involucraban, escritura de guiones teatrales, actuación y montaje de sketches y actos europeos.


La apertura hacia el viejo mundo llegaba en imágenes. Los encantos europeos marcaron aún más las diferencias de clases, los ricos solían viajar a París y traer la última moda para lucirla y exhibirla en cocteles privados, mientras narraban la fastuosidad de las noches parisinas veraniegas. Aunque la única mujer que se atrevió a desafiar y desestimar el buen gusto de la burguesía criolla de entonces, fue Fermina Daza, la esposa del doctor Juvenal Urbino, cuando descendió del barco que la trajo de regreso de su viaje de luna de miel. Sus amigas le preguntaron ansiosas ¿qué tal París? y ella respondió como si hubiera estado esperando la pregunta: “más es la bulla”.


Este maestro que confundía tiempo de servicio con años de experiencia, nos enseñó la importancia de la nostalgia y el valor del amor propio con los relatos personales donde la miseria no era una mácula, ni siquiera expelía el olor de la vergüenza; al contrario, caminar largos trayectos en ida y vuelta con el sol ennegreciendo el rostro con la furia habitual del medio día, lo convertía en ser excepcional, capaz de vencer la adversidad del clima y las distancias, siempre convencido de lograr lo que muchos en su época habían tejido en sus sueños; ese sublime y casi celestial “algún día” se cumplió. Ahí estaba el maestro frente a un grupo de niños o jóvenes extasiados, orgullosos y, sobre todo, agradecidos por todo lo que había transitado para ayudarnos “a ser alguien en la vida” como rezaba el wellerismo del pasado.


Dos mundos, dos narrativas distintas. Una historia llena de magia, pasión, fantasía, creatividad y heroísmo. Hombres que vuelan, cíclopes enormes, cigüeñas que paren bebés, adolescentes que les salen pelos en la palma de la mano de tanto masturbarse, parejas que se quedan pegadas durante el sexo si lo hacen jueves o viernes santo, muertos que jalan las puntas de las sábanas y muerden el dedo gordo del pie. En fin, hechos y circunstancias transferidos de generación a generación, pero que la ciencia y la tecnología los sepultó para siempre y el maestro se resistió y se resiste aún a que el nieto le rectifique que la cigüeña no lo trajo al mundo, sino el fuego desaforado de un deseo que hizo arder los cuerpos de sus padres.


Por lo menos la pedagogía conquistó parte de este escenario complejo y le dijo al maestro que no se esforzara en la formación de un sujeto que pensara igual que él porque la vida del adulto es ajena y distante a la que el consumismo ilimitado está exponiendo a la nueva generación. También le ha dicho la pedagogía al maestro que no congele la entelequia de su fantástico pasado, al contrario, que le sirva de pretexto para que el alumno reflexione, compare y juzgue las dos visiones de mundo. Se ha pretendido satanizar el uso de la memoria y excluirla de los procesos mentales complejos cuando la pedagogía ha insistido en que, gracias a su adecuada aplicación, la conciencia histórica mantiene activada las relaciones entre los hombres.


Creo que hemos sido injustos con nuestros maestros. Pocos han logrado integrar nuestra enciclopedia histórica, ni ingresar a la nómina de nuestros recuerdos, ni siquiera para registrarlos como los segundos padres, como solían llamarlos, que llenaban el aula con la sabiduría consejera, unas veces; y con el regaño austero, las otras. En cambio, aquel maestro le ha servido a la pedagogía moderna para endilgarle muchos de los males que hoy habitan la escuela. No hemos sido justos en gritar lo que nos legaron para siempre, mientras que el ultraje y el menosprecio late en las hojas escritas, tal vez sin rencor, pero hay que recordar que gracias a ellos un gran número de personas mantiene viva la esperanza y sueña la eutopía de una tierra fértil en el amor, donde se cultive la sana convivencia y el respeto por la otredad, por el pensamiento distinto; una tierra donde florezca la vida cultivada a punta de sonrisa; un país en el que la muerte sembrada por las diferencias, quede sostenida, en vilo y no salga jamás de los libros de historia de Colombia; poco importa quién la cuente.

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