• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: SIN IMPACTO EL PLAN DE DESARROLLO Y LOS PLIEGOS DE PETICIONES EN EL MAGISTERIO

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Por estos días de sol seco y brisa enfurecida, la tradición abre sus puertas para compartir con los grupos sociales, culturales, económicos, políticos, y deportivos, entre otros, los aciertos y logros deseados postulados en los planes de desarrollo, como también descifrar los obstáculos que se tradujeron en yerros e impidieron que los objetivos propuestos y las metas señaladas se quedaran soñando en el papel. Pero esa tradición excluye el componente estratégico que por su naturaleza y función social convida a toda la sociedad. Aludimos a la educación, sector que debe exhibir un proyecto eutópico ceñido al contexto sociocultural desde donde se siembren los cimientos para que florezcan los valores éticos y morales que han de sostener el peso de la estructura social.


No importa el período, se puede escoger cualquier plan de desarrollo en materia educativa y observaremos que los expertos contratados para tal fin se esfuerzan para que los aplausos no cesen el día de la presentación frente a un público selecto, elegido para que ni siquiera ose burlarse en voz baja. Todos los planes de desarrollo formulados en Colombia cuentan con el mismo trazo taxonómico: no se reconoce el destinatario; podrían ser niños y jóvenes de Austria, de Canadá, de Finlandia, de Japón o de Haití. El punto es que cada país es propietario de su historia, y la educación el escenario propicio para evitar su olvido. Podría pensarse que los especialistas solo cambian algunos indicadores y fechas en un grosero maquillaje parecido al copia y pega habitual en los jóvenes; la razón, se me antoja, es la ausencia de evaluación del efecto causado en la educación. Tal vez el intento del MEN con la implementación del ISCE desde 2015 en las escuelas pudo contribuir a la expiación de los desatinos en todos los componentes del proyecto educativo, de no haber sido por la focalización exclusiva en los resultados de la prueba Saber, forzando a las escuelas -principalmente- a dejar de lado los propósitos teleológicos misionales expresados en la carta de navegación, y concentrando todos los esfuerzos económicos y logísticos en la búsqueda de un lugar de privilegio en el podio educativo, aunque en la prédica se mantenga la tesis de que las pruebas externas ignoran todo el rosario pedagógico freiriano de educar para la emancipación y la práctica de la democracia a partir del cultivo del pensamiento crítico y libertario.


Pero la escuela no está mejor que el Coronel quien -por lo menos- expresó sus esperanzas para la propia subsistencia en la última frase de la novela, mientras que la educación no tiene quien la defienda: los padres piensan la escuela como depósito humano sin procura de mejoras estructurales, los maestros la asumen como oficio, lugar de trabajo que garantiza el sustento familiar y, a veces, el desarrollo y crecimiento profesional; los estudiantes la viven como escenario de recreo sin límites y punto de encuentro con la otredad, aunque poco caso prestan a la precariedad de la infraestructura o al vacío pedagógico. Todas esas voces se entrecruzan en susurros hasta convertirse en críticas austeras contra los administradores, pero no estallan en las calles, y las organizaciones gremiales: asociaciones de padres de familia, sindicatos, consejos estudiantiles, Juntas de Acciones Comunales y veedurías ciudadanas no prestan su tiempo en reclamaciones y luchas inscritas por fuera de sus intereses, algunas veces por haber sido colonizados por el leviatán del dinero y del favor político; otras -como lo expresa el artículo en Distopía.Co- han sido subsumidas por un mundo en el cual el poder ejerce su dominio de manera destructiva sobre la sociedad. Los invade el miedo, conscientes de que en un mundo distópico el poder aparece sin máscara, está desnudo y no disimula la brutalidad de sus intereses, sus métodos y sus objetivos. O como bien apunta Bauman: quien gobierna decide a qué dios rinden culto sus súbditos.


No hablamos de rendir cuentas sobre las inversiones reales o ficticias, pertinentes o irrelevantes en espera de la ovación planeada; se trata de que el componente estratégico: Educación de calidad para las oportunidades, cuyo programa está conformado por quince subprogramas sea evaluado con la seriedad y honestidad requeridas y así tomar acciones conducentes a una reedición que los saque del ataúd antes de la sepultura.


Es un deber ético, más allá de la preservación de los derechos de los educadores, confirmar el estribillo: por la defensa de la educación pública a partir de la revisión del cumplimiento de los subprogramas: círculos académicos para el mejoramiento de la calidad de educación en Santa Marta, Centro de Apoyo, Reconocimiento y Fortalecimiento de la Acción Docente, Todos a Aprender, Formación de Maestros y Directivos, Conectividad, Bachillerato digital, Santa Marta Bilingüe, Acuerdos por la Educación de Calidad, Escuela de Talentos, entre otros pocos.


Algunos compañeros estilan tildarme de soñador por el solo hecho de creer en el presunto espíritu agonista de las organizaciones gremiales; no obstante percatarme de que ni siquiera el acto carnavalesco del pliego de peticiones (presentación acompañada con danzas, tamboras y arengas) se colectiviza con los asociados; mucho menos se tiene conocimiento de su cumplimiento en los aspectos en los cuales se hayan consensuado acuerdos.


En fin, tanto el uno como el otro apenas alcanzan para ser nominados como discursos hueros que enfatizan algunos temores casi lindantes con el pánico, y en otros casos estimulan el sentimiento endofóbico que nos hace huir de nuestra realidad. Pero ninguno de los dos podría compararse con la apatía descrita por Óscar Wilde: ... los ojos de la costumbre suelen hacernos ciegos a muchas cosas de la realidad...


Sería de buen recibo si después del recorrido temporal del pliego de peticiones (justas y necesarias) se presentaraan acciones de cumplimiento, fundamentadas en demandas en lugar de ruegos. Sin dudas los agremiados zafarían de su imaginario el presunto sofisma del mantra defendamos la educación pública y, en su lugar, hospedarían el aliento esperanzador de Paulo Freire: hay que renovarse sin negar el pasado, como la primera piedra de la reconstrucción de la otra escuela.


Pedir que se cumplan los discursos promeseros no es un antojo; es una urgencia para que la educación pública abandone la UCI. Sin embargo, nuestra cautela estriba en el hecho- también censurable- de que los administradores nos cobren, el supino desprecio por el cumplimiento de todo lo preceptuado en el Proyecto Educativo Institucional. Tal vez si empezáramos por activar nuestro PEI y con él, el SIE, órganos de poder donde deben brillar la democracia, la equidad, la inclusión con prevalencia de los derechos y deberes ciudadanos, las exigencias de activación de los subprogramas se verían respaldadas por una buena carga de autoridad moral. Pero no es así. Es difícil exigir al otro lo que no somos capaces de cumplir nosotros. Abandonar el círculo vicioso para conquistar el escenario virtuoso es un imperativo de toda organización gremial, que con el amparo de sus afiliados pregone y practique el viejo aforismo que reza: al pesimismo de la realidad hay que oponerle el optimismo de la acción.


No pueden los trabajadores reducir sus ímpetus de lucha por la defensa de sus derechos y la obtención de mejoras económicas. Cuando esos logros se alcanzan, la organización pierde su naturaleza y con ella el hervor que históricamente nos ha impulsado a las calles. De ahí la necesidad de que la lucha por una educación de calidad, inclusiva, equitativa y democrática también encuentre una aguerrida paternidad. Cuando se resuelvan los problemas básicos que mantienen a la escuela en el siglo XIX, el maestro recuperará su equilibrio emocional y el respeto y reconocimiento social no se harán esperar. De lo contrario, muy pocos nos salvaremos de amanecer un día igual que Gregorio Samsa.


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