• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: SEMIOLOGÍA Y LIDERAZGO

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Nada desestimula más la conciencia colectiva que la indiferencia de los líderes frente a los problemas comunes. Comunes no por su habitual ocurrencia como por la afectación a toda una comunidad. Tal indiferencia marcada por el silencio o por la inercia, secuestra las voluntades y promueve el ermitañismo, estimula la soledad autista e impide consolidar fuerzas conjuntas de resistencia y lucha al tiempo que reduce las posibilidades de masificación de acciones. La práctica psicosocial orienta los comportamientos de los sujetos con sujeción a regulaciones inscritas en la historia de la humanidad. Los grupos, sectores o clases se mueven por intereses y necesidades colectivas, pero la movilidad queda supeditada a la voz que despierta la conciencia e impulsa actos que promueven el contagio social; de no ser así, esas necesidades se expresan a través de susurros o, en el peor de los casos, son absorbidas por la congelación del silencio. Voces que, aunque acompasadas por la relevancia, se diluyen mientras no hallen quien las recoja, las traduzca y las corporice en propuestas estratégicas estimulantes. La conciencia colectiva, entonces, se manifiesta por medio de la confianza, la certidumbre de la conquista de mundos posibles, puestas en las manos de un individuo considerado capaz de mostrar el camino. Una sola voz, un solo sujeto multiplicado por muchos cuerpos, pero simplificado en una única idea. El líder, esa entidad psíquica cuya naturaleza aún se debate (¿nace o se hace?) es esa fuerza megalopsíquica que echa a volar sueños, los persigue y cuando triunfa, lo honran como hazañoso o, si fracasa, como villano. Ulises, Antígona, Quijote, Grenouille, Bolívar, qué importa, de todas maneras, conquistaron escenarios mentales, más allá de las frustraciones y gloria personales. Seres miméticos o diegéticos que combatieron monstruos, desafiaron leyes, lucharon contra espejismos, buscaron la perfección del ser, libertaron naciones; es decir, sembraron la conciencia de mundos posibles fortaleciendo los espíritus para vulnerar obstáculos.


Pero cuando la condición de líder se adquiere en virtud de estatus o cargo de representación y no surge del seno de la conciencia colectiva por vía de superioridad, los comportamientos de dirección de las masas quedan cercados por los intereses y apetencias individuales. Huelga decir, la conciencia colectiva impone al líder los muros a saltar y los problemas a resolver, mientras que este, diseña y orienta los planes a seguir, en una especie de repique de campanas. Caso contrario, nos hallaremos frente a un jefe, un patrón, un representante de las masas que no necesariamente lidera sino ordena, no actúa sino delega y no arriesga los resultados de la lucha, para no comprometer su estatus. El líder es un “héroe problemático”, en términos de Lukács, cuyo pensamiento es la síntesis del querer de la conciencia colectiva; el jefe, en cambio, crea las necesidades según su parecer y pretende que la conciencia colectiva las asuma de manera irreflexiva en una relación ahistórica de dirigente-dirigidos. Se pervierte así el verdadero sentido de dirección, mancillado por las acciones de manipulación.



Si el Líder nace, su pensamiento, ideología y tesis son un todo orgánico, coherente con el pensamiento, la ideología y las tesis de la mayoría. Decimos nace, desde la perspectiva de la irrupción espontánea que impulsa la multiplicación de las voces y el resumen de todas las fuerzas, en una especie de ósmosis, hipostasiándose en los sentimientos de la otredad. Brota –a veces sin convicción– porque el imperio de sus ideas alcanza a persuadir, estremecer y hasta convencer de que la ruta elegida es la correcta. Si el Líder nace, niega su existencia por fuera de las masas. Lo individual se queda en él y para él, no trasciende; a veces hasta logra auto flagelarse si desde su soledad comprueba sus debilidades humanas, debilidades que podrían dejar en situación calamitosa el alcance de las metas de la mayoría o, peor aún, la seguridad personal.


Si el Líder se hace, impone lo individual, segrega, sectoriza y divide; parcela los beneficios y los éxitos en tanto selecciona cortes de séquitos iniciadores de aplausos y vítores en la búsqueda de la gracia de tales beneficios. ¿Y los demás? ¡Ah, sí, los demás! Los demás vulcanizan su inconformidad regando sus desafectos en medio de corredores de gentes también enervadas, a punto del estallido del Thimos (coraje, según Platón). Si las acciones fracasan, el Líder que se hace no puede hacer erosionar de nuevo el hervor de las masas, puesto que estas se encuentran hurgando en las razones de la derrota. Y cuando ellas escapan a la comprensión de la conciencia colectiva, la culpa se endosa al Líder y se gesta una pugna interna, cuyos resultados los ha registrado la historia, pero a nosotros nos interesa sólo uno: el Líder que se hace ha dado un salto, una traslación de su condición hacia esferas antes combatidas que ahora lo acogen y hasta lo glorifican. La incapacidad, la vergüenza, la moral, la ética, pierden su espíritu anagógico o, sencillamente, cambian sus significados. En la otra orilla, la conciencia colectiva se astilla, la voz se vuelve lamento y las consignas meros deseos guardados para otra ocasión.

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