• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: SEMIÓTICA URBANA. LA CULTURA DEL DESEO

Por: Fare Suárez Sarmiento.


La calle, esa ratificación de la nacionalidad, vivida, amada, sentida, lugar de encuentros fortuitos, planeados, excitadora de sueños y única dueña del aire gratuito, solía inspirar el espíritu libertario de niños que la torturaban con gritos, saltos y carreras, de jóvenes que huían del tedio y de los gruñidos de los mayores, de adolescentes que sembraban promesas en esquinas y parques y, de ancianos obligados a recoger los nietos del suelo.

La mayoría de los recuerdos tenía su asiento en los eventos de la calle, el primer todo tuvo ocurrencia en la calle o, por lo menos, aquellos sucesos que por alguna razón les hemos privilegiado un sitio en la memoria: el primer beso, el primer polvo, la primera trompada, el primer susto, el primer piropo; en fin, cada hecho sumaba o restaba aliños a la ingenua felicidad que nada ni nadie osaba comprar. Y es de comprar de lo que quiero hablar. Más bien de vender y comprar, o en términos económicos, de consumir.

Desde la perspectiva del imaginario colectivo, la calle, inmenso mercado móvil y estacionario se percibe, ya no como espacio cómplice para ejercer la libertad, sino como un gigante demoledor de nuestra felicidad. La calle, forrada en vitrinas y anuncios publicitarios que hieren la vista, aceleran el ritmo cardiaco y vierten sobre las gulas del consumo la carga subliminal que abre el apetito del impulso irracional cosechando lo que se nos ha dado en llamar la cultura del deseo. La calle, interminable espejo donde los transeúntes se miran al tiempo que son mirados con ojos metamorfoseados en calzados, carteras, vestidos, colchones, camas, escobas, papel higiénico, neveras, computadores, celulares, juguetes, maquetas de edificios, automóviles, medicinas y hasta fetiches sexuales.

La calle, mapa simétrico que se camina con los ojos, siempre será el lugar donde mejor se expresa la ciudadanía, donde se tejen redes sociales de identidad aparente de género, raza, color, como también se deslizan marcadas distancias de clase; aun así, la calle admite la convivencia momentánea entre el oro y el cobre y abre su caudal para el tránsito de yates y canoas sin que el capitán y el boga alcancen a trenzarse a puñetazos. La otredad se reconoce como huésped de las leyes y normas sociales; claro, ello no impide que el boga sienta que están invadiendo su hábitat, que la suciedad, la bulla, el caos y el peligro no pueden compartirse con el capitán.


La calle, conjugación constante de los verbos amar, odiar, defenderse y atacar. La calle, sede de incesantes contradicciones axiológicas; prédica escolar y práctica callejera complejizan el destino del aprendizaje de la escuela y aplazan el ideal social de “buen ciudadano”. El desequilibrio entre la cultura familiar, escolar y callejera obstaculiza la uniformidad conductual del sujeto; escenarios y circunstancias constituyen narrativas que convierten al ser familiar en adversario del ser escolar y, ambos, en opositores del ser social: es decir, de la calle.

Resulta innegable que el paseo dominical ya no es una forma de ahuyentar la rutina, ni las ganas de inyectar en la memoria de los niños las emociones y sentimiento de libertad envejecidos de los adultos. Por supuesto que no. Hoy en la calle se experimenta, se sufre, se es víctima en medio de la artificialidad de su significado. Los “flaneurs” (término francés con acento circunflejo que esta máquina se resiste a incorporar) ya no recorren la calle, la deambulan pisando con los ojos la majestuosidad de imágenes y colores que te recuerdan lo endeudado que estás, pero que al mismo tiempo posibilita descubrirte como narrador cuando cuentas a los demás lo que tus ojos no alcanzaron a comprar. “Ser flaneur es un modo de representar la ciudad, de mirarla y de contar lo visto. En la flanería, el sujeto privatizado, se aproxima a la ciudad con la mirada de quien ve un objeto en exhibición. De ahí que la vitrina se convierta en un objeto emblemático...” (Julio Ramos, México, 1.989).

Es cierto que no hay dónde refugiarse, el consumo contagioso imprime tantas dosis de posibilidades de posesión que el sujeto “compra lo que no necesita con el dinero que no tiene.” La explotación del deseo lo convierte en demanda y condiciona al consumidor para que se rija por las leyes del mercado, más allá de lo bueno o de lo malo. La fabricación de modelos de “familia feliz” alcanza niveles de cosificación insospechados. Ya no se trata solamente del tener como posesión, sino de comprar para exhibición. El sujeto no viste, exhibe. La cultura del deseo, adelanta la demanda; el individuo traduce sus anhelos en metas y compite por alcanzarlas. Mientras tanto, la calle se abastece con interminables cadenas de ofertas que no dan tregua a la satisfacción del deseo. La caducidad la decide el mercado, no el uso, hasta el punto de que un auto es diferente en precio y calidad de otro idéntico porque trae los pedales forrados y el otro no. Es decir, la tarea del mercado consiste en arrastrar al consumidor al convencimiento de que es muy confortable conducir descalzo.

En otro sentido, en referencia al fetichismo del objeto de consumo impuesto por los grupos sociales de “élite”, Marx nos ha dicho que el grado de integración del sujeto a la sociedad varía según la estructura económica. Es una función de las condiciones objetivas en las que se ejerce la actividad material de la clase o sector social al que se pertenece y de su modo de apropiación de esas condiciones de existencia. Es decir, las relaciones sociales se transforman en relaciones entre las cosas. Las mercancías no se consumen por su valor de uso, sino por las características fetichistas que adquieren como valor de cambio ya que determinan quién es el sujeto: uno vale por lo que tiene no por lo que es o lo que hace; lo cual lleva a que el sujeto se exprese por medio de sus posesiones.


Algunas biografías mutantes


Al igual que las personas, los objetos también sufren mutaciones dentro de la referencia cultural anotada en otro sentido por Lucien Goldman: valor de uso y valor de cambio. Como dato curioso, vale anotar que la calle también valoriza o desvaloriza los objetos, tanto como condiciona socialmente a quienes las transitan y hasta habitan con frecuencia. Si los códigos culturales y el fantasma de la pauperización planean en determinada calle, los objetos que deriven de allí en forma de intercambio comercial, contarán con el bautismo de la mala calidad y su valor de cambio se verá reducido al extremo. En cambio, la calle que exhala aromas perfumados envía mensajes de buen prestigio, excelente calidad y distinción. Lo que equivale a mencionar que cualquier objeto disponible para la venta se verá forzado a expresar su valor en cifras astronómicas, que correspondan a la categoría inscrita en la calle.

A pesar de que en la calle suelen mezclarse, no confundirse, de manera transitoria las clases sociales, es innegable que la ubicación geográfica del espacio público otorga mucho significado personal y grupal. Los sentidos de pertenencia responden a un legado cultural y a una tradición generacional. La tienda de la esquina –por ejemplo– que provisiona a los vecinos con créditos inacabables, me pertenece no por los favores sino porque ocupa un pedazo de tierra que es de todos; los parques y las escuelas son escenarios propios y exclusivos para quienes los habitan.


El defender “algo” expresa un alto sentido de posesión por la territoriedad que desvanece cualquier amago invasor, en una especie de mantenerse en guardia casi mixofóbica. Hablamos de la actitud confesa de los pobres quienes constatan que lo único que los hace sentirse propietarios es la calle, el barrio, razón suficiente para crear cuerpos de choque contra los que osan asentarse en un pedazo de ese territorio. Impedir la profanación de lo habitado, es tarea primordial de los ninguneados, aunque lo poseído haya sido fruto de la invasión tolerada de terrenos baldíos.

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