• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: SE ACTIVA EL ASERRADERO COLOMBIANO

Actualizado: sep 12

Por: Fare Suárez Sarmiento.


A los tres o cuatro amigos que se ven obligados a leer mis huevonadas por curiosidad o piedad, les comento que tuve que violar la santidad de Larousse al utilizar el término aserradero en un giro semántico atrevido para asumirlo como “uso indiscriminado de motosierra”. En fin, no es la primera vez que le tuerzo el pescuezo al lenguaje; a veces, haciendo eco al parnasianismo (sacrificar un mundo para pulir un verso) otras, sencillamente inventando vocablos hilados con el contexto, pero sin registro lexicográfico. Después que no sea como la cagada aquella del concejal de Risaralda quien expresó “La Ley es como las mujeres. Se hizo para violarla”. Y lo masacraron sin contemplación.


Ya la historia ha registrado con suficiente ilustración que los tres protagonistas de la devastación humana: guerrilla, fuerzas represivas del Estado y paramilitares crearon su propio recetario de destrucción; cada sector se especializó en singulares formas de sellar la autoría de los crímenes. Llegó un momento en el que no era necesario adjudicarse la comisión de un acto delictivo, la sociedad y -por supuesto- las autoridades inferían el nombre del grupo responsable de las atrocidades contra los indefensos y muchas veces inocentes colombianos por la forma y estilo (convertidos en rituales) como le secaban la vida a la gente sin distingo de género, sexo, raza, credo, edad o peldaño social. Cuentan algunos sobrevivientes testigos en la sombra, que grupos paramilitares realizaban olimpiadas de fútbol y microfútbol con las cabezas de los mutilados, además de fuertes apuestas de dinero en el tiro al blanco con otros órganos cercenados que colgaban en ramas de árboles. Hubo sentenciados que entraban en la clasificación de apto para el torneo, mientras que los demás difuntos ya, morían dignamente, no obstante haber sido descuartizados por las motosierras.


El informe “Basta ya. Colombia: memorias de guerra y dignidad” a pesar de sus esfuerzos investigativos por determinar los responsables de lo ocurrido “en nombre” o por “la Excusa” del conflicto armado, midió los riesgos de seguridad y optó por cambiar el rumbo de las pesquisas. De todas maneras, el pueblo colombiano conoce mejor que cualquier ONG los pormenores de la violación de Derechos Humanos. Las cifras de torturas, violaciones y aberraciones sexuales, secuestros, masacres, asesinatos selectivos, desapariciones forzadas y desplazamientos obligados, perviven en la memoria de los habitantes de pueblos, veredas y caseríos, quienes tienen toda la autoridad para refutar la cantidad de víctimas que publican diferentes medios y no se acercan nunca al registro histórico de los que padecieron el arrasamiento demoníaco protagonizado por los paramilitares.


A eso le tememos. Más aún, no existe segmento social por fuera del alcance del apetito sanguinolento de los grupos forrados con armas. Sólo la burguesía criolla que define los blancos y declara quién vive y quién muere, quedaría exenta de hospedaje en fosas comunes o sin posibilidad de que sus órganos sean servidos sin remordimientos en las porquerizas.


A ellos les tememos; a los que muy pronto llegarán al país y encontrarán todo servido para reconstruir el proyecto de salvajizar el campo colombiano y selvatizar las ciudades. Hoy, las condiciones políticas permiten atraer nuevos y baratos brazos armados. Nuestros jóvenes, al igual que los vecinos, sufren del síndrome de hambre disimulada, a veces el crimen en las ciudades no alcanza para tantos y las ofertas provenientes de ambos bandos: guerrilla y paramilitares suelen ser prometedoras.


El sonido de la muerte ensordecerá de nuevo a la gente decente que lo único que ha hecho mal es haberlo hecho todo bien; gente lejos de las ciudades que no se atreve a denunciar a los criminales por las dos razones que tienen y mantienen a este país en la orilla del despeñadero : la primera, sería suicida señalar a los actores victimarios ante las autoridades cuando estas hacen parte del engranaje de la cadena de mando que dirige y sostiene al aparato político militar en cuestión, y la segunda razón alude a la presencia activa como combatientes de familiares en las filas de las pandillas paramilitares, principalmente.


No le creímos a Bertold Brecht. Ya llegaron por nosotros. Ahora nos corresponde hablar en primera persona y dejar de despersonalizar los temores, tal como cuando hablamos de Escuela Territorio de Paz, escenario donde florece el saber y la pedagogía que hemos mantenido en silencio, sin que escuche de nuestra voz las realidades de Colombia.


Hemos divinizado la escuela, la hemos situado como templo de sabiduría y formación ética y moral, a sabiendas de que más allá de sus muros habita el país real, que pretende contaminarla, destruirla, al igual que acosar hasta con la amenaza panfletaria a los maestros. Tal vez nos hemos equivocado al no poner el sello de verdad con nuestra voz de lo que ocurre con los Derechos Humanos. Le hemos sacado el cuerpo a la versión directa del proceso de paz y lo que sucede con los acuerdos con Las Farc y hemos dejado a los niños y jóvenes a merced de los noticieros. Hay mucho por hacer, antes de que activen las motosierras de nuevo.

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