• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: PRIVACIDAD DEL SUFRAGIO: SECRETO A VOCES

Por: Fare Suárez Sarmiento.


A veces es difícil entender el significado unívoco que los sectores de poder pretenden darle a un vocablo tan pervertido como secreto para aludir al sufragio. Ese derecho decidido por la Corte Constitucional en la Sentencia T-261/ 98, ha sido carnavaleado desde el momento en que las acciones que preceden al evento eleccionario cuentan con la aprobación legal y la aceptación social, en un tácito acuerdo donde cada partido o movimiento político con aspiraciones a los privilegios de poder tanto públicos como privados invierten musculosas cifras de dinero en publicidad, convocatorias de simpatizantes y desplazamientos hasta lugares inhóspitos.


Así empieza el proceso de desnaturalización del voto secreto: las tertulias y asambleas partidistas en escenarios abiertos y plazas públicas constituyen la evidencia fehaciente de la pérdida del falso secretismo del voto. Las arengas, los vivas y el choque enfurecido de las palmas de las manos de los convidados dejan al descubierto la simpatía. Existen pocas dudas acerca de si el grito al unísono del viva coreando el nombre del candidato, certifica la certeza de que votarán por él. Debemos tener precaución con la afirmación absolutista de la certeza, si tomamos como referente los pueblos de este Caribe pachanguero y vendedor ambulante de la conciencia.


Reza en el principio del derecho al sufragio que el voto es secreto en la medida en que se garantiza al ciudadano que el sentido de su elección no será conocido por las demás personas, situación que le permite ejercer su derecho de sufragio sin temer represalias o consecuencias adversas, con lo cual podrá ejercer su derecho de sufragio de manera completamente libre… El carácter secreto del voto no es exigible en relación con el ciudadano que decide hacer público su orientación política. Como vemos en los últimos tres renglones, la orientación política partidista de la persona lo despoja del secreto de su voto, no obstante, el cubículo donde marca al candidato de su preferencia garantice su privacidad. Algo curioso ocurrió en la pasada reciente contienda electoral del trece de marzo en lo atinente a la consulta popular para elegir candidato a la presidencia de la república, cuando el sufragante debía solicitarle al jurado la tarjeta del partido por el que había decidido votar. Aunque no se conociera quién sería el candidato del partido seleccionado, el jurado se percataba del grupo político elegido.


En fin, el secreto del voto no se pierde en el cubículo, sino mucho tiempo antes de llegar allí. Desde cuando el ciudadano acompaña en las campañas al candidato ya porta una marca, un rostro, una consigna y, desde luego, un partido. Sufragante, que algunas veces muestra su fidelidad organizando reuniones en su barrio para exhibir al candidato y dejar sentado que, parodiando a Óscar Wilde: los oídos de la costumbre suelen hacernos sordos a muchas cosas de la realidad. Los habitantes convertidos en auditorio predicen los contenidos del discurso huero que escucharán: Rebajaré los precios de los servicios públicos; construiré una enorme planta desalinizadora para que haya agua hasta cuando Cristo vuelva; ningún niño morirá más de gripa y habrá empleo hasta para los flojos.


Ha sido tan secreto el voto, que algunas personas se disgustan cuando les preguntan por quién van a votar, aunque en ese instante luzcan en su franela el rostro del candidato. En realidad, la historia política del país fragmentó con sumo rigor el gusto y el disgusto partidista; segmentación que, debido a la exaltación de los simpatizantes y seguidores, ese sentimiento se asumió como una herencia después de la sepultura del Frente Nacional, momentos en los cuales aparecieron en escena varios grupos políticos con diferentes visiones de mundo en el espectro ideológico que ampliaron el mapa de la lucha por la hegemonía política del país.


En fin, lo secreto fue realmente un chiste, una forma de otorgarle al votante un minuto de poder, tal como lo promulgaban las leyes y lo acentuaban con marcado cinismo los medios de comunicación y los candidatos. Ya es un lugar común escuchar que el pueblo tiene el poder para cambiar en las urnas lo que no ha podido con las armas. Y el pueblo lo cree, pero no el rico, ni los burgueses, ellos se mofan de ese apotegma, creado con el sentimiento eutópico de la transformación social para que los pobres se convenzan de que otra Colombia es posible, que todavía podemos evitar el Karma del Coronel Aureliano Buendía.

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