• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: ODIOS ARCHIVADOS EN COLOMBIA

Actualizado: sep 12

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Cada vez que los brincos, saltos, gritos y arengas de las movilizaciones atraviesan los oídos de la casa de Nariño, se activan las sirenas de los partidos de gobierno y se encienden los temores del hatajo de políticos muertos de miedo más por perder lo adquirido que por el posible triunfo de los marchantes. Desde entonces, el contenido de las cadenas de oración ha cambiado exponencialmente. Ahora, los ruegos, las súplicas y los rezos de los destinatarios de los “afuera” y “abajo” que se ecoizan en las calles se han traducido en descalificación, señalamientos y sindicación contra las figuras más visibles de la oposición política al gobierno. Estrategia histórica considerada de alto beneficio y escaso riesgo que traslada el escenario de debates y caricaturiza a los contrarios. Además, el incendio anímico de la población se aviva cuando le dicen que el país está polarizado, que existe un contubernio de la izquierda para copiar los fundamentos ideológicos de Castro y de Chávez, a lo que se les ha dado en nombrar “castrochavismo” como una política fallida enmarcada en el socialismo. Anotemos que este guion publicitario va dirigido a la clase media alta, peldaño privilegiado de los pequeños industriales, comerciantes en ciernes, propietarios de negocios, grandes usureros y profesionales con empresas incipientes, presas de la incertidumbre por el presunto despojo de sus esfuerzos y la inminente caída hacia la extrema miseria. También hay que anotar que los pobres no prestan oídos a la propaganda de la expropiación de bienes, por obvias razones, aunque entienden el fenómeno por las asiduas revelaciones de mendicidad que exhiben las cadenas televisivas pertenecientes a las élites burguesas del país.


Pero qué interesante descubrir cómo los odios archivados en las huestes de los partidos tradicionales, aquellos que tuvieron un valor de más de trescientos mil muertos, son desempolvados, avivados y hasta modernizados. Ya no hablamos de campesinos totalmente ruralizados a quienes les inyectaban letales dosis de odio en contra de otros iguales, aunque con un color distintivo que también contribuía a maniatarlos, fanatizarlos y hasta amenazarlos con la eventual descarga del poder divino.


El odio como traza histórica para preservar el poder actúa como fuente motivante de destrucción frente a cualquier amenaza que tienda a desestabilizar el gobierno. El odio no se alberga, ni hace nido entre los dirigentes de alto rango en los grupos y partidos. Ellos lo exhalan en sus discursos a través de frases breves y clichés lingüísticos envenenados que se hospedan en la mente de la gente y se abre paso rumbo al corazón. Es el pueblo el que con la lluvia de injurias ataca al otro sin saber siquiera el significado de los vocablos expropiación o comunismo. En cambio, lo que pareciera odio entre los ricos o de los ricos hacia los dirigentes opositores, con relevante estatura política, no deja de ser una “diferencia de opiniones”, una farsa que se salda con el cínico y vulgar arquetipo: “acuerdo programático”, y en los casos más degradantes “cooptación”.


No he descubierto el agua tibia; es cierto, en el archivo de los odios en Colombia han quedado bien sentados los pormenores del aciago 9 de abril de 1948, cuando la homicida campaña publicitaria contra Gaitán, mostrándolo como el individuo que voltearía el país y dejaría a los campesinos sin tierra, entre otras muchas infamias, inició el estruendoso río de sangre que desató la lucha entre liberales y conservadores, pero no los ricos ni los dueños de la producción y el sector financiero. Ellos fueron los financiadores de los pobres campesinos, instigados y hasta forzados a matarse entre ellos, sin saber por qué. El valor de los trapos rojo y azul podía intercambiarse con la vida, sólo por complacer al patrón y por sentirse cerca de algo, partícipe de un partido que gracias a la incomprensión de su salvaje mezquindad los dirigentes del país pudieron conciliar el sueño al saberse librados de la inminente amenaza gaitanista. En este renglón del libro del archivo podríamos descifrar que cualquier parecido con la realidad actual respecto a Petro, no es pura coincidencia, sino un hecho, una verdad registrada por la historia que nos advierte de la capacidad de la élite nacional para que los miedos propios por la posible pérdida del poder, los transfieran, ya no a los ignorantes campesinos, sino a las enormes cordilleras de miseria cuyas preocupaciones cotidianas no les permiten reflexionar; solo toman sin recato la limosna procedente de familias en acción u otras formas de penetración de conciencia, mientras les alcance para el caldo sin la presa.


En el caso de la clase media, en hora buena se ha percatado –por fin– que la élite burguesa no la dejará ingresar en el trono de ideales ni en el mundo simbólico tanto de valores de uso como de cambio, siempre hallará pretextos para que los títulos universitarios caigan en la pronta obsolescencia y los jóvenes renuncien a los deseos de competir para ascender y llegar. Así, el gobierno y su casta de malqueridos centran su preocupación en “mantener a las personas en niveles mínimos de subsistencia, atrapadas en el cepo de la necesidad, impedir –a toda costa– que ganen en la lucha los escenarios de oportunidades por los que han dado la vida más de una treintena de muchachos. Aunque sea apenas un ápice de las aspiraciones de conquista, porque más allá los colombianos pedimos la extinción de este Estado paquidérmico, estático y envilecido por las ansias de poder, fortalecido por el pillaje inmiserocorde al erario como una de las expresiones de la corruptela que el mundo observó cuando el máximo exponente del terror y la práctica holocáustica en Colombia requirió del cambio de “un articulito de la Constitución Nacional” para ejercer al máximo la egocracia en el país, acolitado por la oprobiosa venta del voto para lograrlo.


Creador y cultor del trastorno de ansiedad social, sembró sin escrúpulos una sociofobia en el país, en la cual la desconfianza en el otro obliga a permanecer en guardia. Ya ni la familia, menos el vecino goza de nuestra consideración: apenas el saludo entre dientes que ayuda a sostener en vilo el sentimiento de aprecio. Revive la historia, dos orillas políticas donde la gente llamada del común, se injuria en la calle en defensa de los ególatras de una u otra ideología. A veces, sin conciencia de clase, solo fungiendo como honorables defensores de quienes muchas veces no conocen. Cierto lo dicho por el expresidente boliviano Álvaro García aludiendo a que la izquierda tiene que construir otro relato, otra manera orgánica de concentrar expectativas distintas a las que han prevalecido en las últimas décadas. Necesitamos una profunda renovación de los lenguajes que nos permita generar nuevas preguntas donde las antiguas no son suficientes para proponer algo nuevo en el país que logre repercutir en el mundo.

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