• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: NUEVA ESCUELA, OTRO MAESTRO

Por: Fare Suárez Sarmiento.

Hemos vivido momentos aciagos, calendarios ensangrentados, guerras inútiles que han traído falsas victorias y verdaderas derrotas que han parecido de otros y como si hubieran tenido lugar en escenarios distintos de Colombia. Así aprendimos a convivir con la nequicia respirando a nuestro lado, ignorándola porque no era nuestra; de esa manera veíamos indiferentes la desgracia en los demás, aunque– huelga decirlo– la felicidad ajena tampoco nos era simpática. Por ello al revisar el texto de Savater (1.997) La educación no es una fatalidad irreversible y cualquiera puede reponerse de lo malo que había en la suya, pero ello no implica que se vuelva indiferente ante la de sus hijos, sino más bien todo lo contrario,” pareciera como si los maestros del país se hubieran sintonizado para asumir como propias las palabras del filósofo y escritor español. No hay dudas de que empezaron a conquistar las calles con el propósito de despojar a la educación pública de la fatalidad irreversible de ser considerada presuntamente de mala calidad. No había otra manera de hacer crecer la esperanza en los hijos de los ninguneados sociales y de los mismos maestros. Si desde siempre (parodiando unos trazos a García Márquez) la escuela pública no ha tenido quien le escriba, hoy ya cuenta con un ejército armado de conocimientos, dispuesto a defenderla del ultraje político y de la vejación presupuestaria.

Contamos con otro maestro. El magisterio colombiano empieza a exhibir una fortaleza ideológica importante, aunque en ciernes. Aquel maestro taciturno, miedoso, sumiso y obediente que a fuerza de amenazas se ocultaba en las convocatorias e ignoraba las marchas callejeras entró en proceso de extinción y poco a poco lo irá escondiendo la historia. Serán de muy ingrata recordación aquellos casos excepcionales que no resistieron la tentación de ofertas que sirvieron de prólogo a la inminente cooptación patronal. Los saltos cualitativos que el nuevo magisterio le ha imprimido a la profesión docente, nos permiten vislumbrar un movimiento sindical poderoso, con un ideal auténtico de fuerte arraigo democrático, pendiente de sus afiliados desde los procesos de formación política y pedagógica. La otrora práctica de hibernación gremial del sindicalismo está a punto de fenecer. Tal vez la consciencia dicte distintos preceptos estatutarios que blinde los recursos económicos derivados de las cuotas de sostenimiento deducidas a los asociados. Esta medida podría adelgazar la presunta avidez por llenar los vacíos presupuestales personales o familiares; o en otros casos, incrementar el flujo de billetera de los que ocupen los cargos dignatarios de dirección o administración. Todavía late en los recuerdos de los maestros del país, el departamento y del Distrito la cruel sevicia con la que unos directivos del sindicato regional vaciaron la millonaria cuenta bancaria sindical producto de los aportes mensuales de los maestros. Personajes vestidos con una falsa toga de docente que fueron expulsados y condenados al exilio gremial perpetuo por los más de ocho mil afiliados de entonces.

Este no es el maestro de la tiza, el tablero y la ropa llena de polvo, sino el inconforme lleno de preguntas, el de Savater, el de La Marcha del Hambre. Este es el maestro integral que no se reduce a su área específica, sino que esculca la universalidad del saber. No es el maestro “indiferente que espera un mundo diferente”, al decir de Antonio Gramsci; al contrario, nos hallamos ante un maestro (la mayoría) que no obstante su fetal formación política, empieza a entender cuál es su papel en la sociedad y cuál debe de ser su posición de clase; es decir, ya podemos ponderarlo como un maestro que reconoce su valía como sujeto transformador, con una misión muy definida en el mapa social: contribuir con la transformación de los hombres que han de cambiar el mundo.


¿Pero qué lo ha hecho cambiar de manera tan radical? Seguro usted, amigo lector, hallará múltiples razones. Yo me conformo con anotar que la información ha sido clave para la conexión con la realidad contextual del maestro. Recordemos que en el pasado el tránsito de la información nacional era privilegiado y se estimaba que el dueño de ella poseía el poder. Hoy, la secreción y la velocidad con que fluyen los pormenores de los actos económicos, políticos, culturales, científicos y educativos sobre el planeta, colocan a todos en igualdad de condiciones. Ya el poder no se ancla en el manejo y control de la información; no solo por la existencia de variados canales, como por la posibilidad que tenemos de catalogar dicha información como válida, verídica, falsa o sencillamente ignorarla.

Esto convierte al nuevo maestro en cómplice activo o pasivo de los eventos que se deriven de la información, cualquiera ella sea. De ahí que durante las movilizaciones callejeras todos los asistentes caminan replicando los vivas y los abajos arengados por los amenizadores. Pocos serían inocentes, despalomados o convidados de piedra. La información nos avasalla, nos secuestra, nos invade, nos estremece, nos mueve y nos conmueve. Esta es la era del nuevo maestro nacido envuelto entre el sonido y la imagen y el vértigo de los cambios tecnológicos. Este es el nuevo maestro fruto de valores no convencionales ni tradicionales, o por lo menos, con significados y contenidos diferentes como en el caso del valor de la moral, cuyo significado universal se fue reduciendo hasta pervertirse en humaredas individuales. Esos valores ancestrales cambiaron su concepción epistemológica y crearon obstáculos en la comunicación intergeneracional. De ahí proviene el nuevo maestro y hacia allá se conducirán las legiones de las futuras generaciones.

Este es el maestro cultivador de la cultura crítica, pregonero practicante de la democracia, defensor de las libertades que encierran autonomía en la toma de decisiones. Si la sociedad no traduce el valor de esta escuela esperanzadora en enormes posibilidades para la formación personal y la búsqueda hacia una promisoria educación profesional, las tragedias que devienen de la pobreza seguirán estragando aún más la existencia de estos sectores marginales.

La nueva escuela demanda de la creatividad y poder de invención del maestro para que la rutina académica no deprave los procesos; al contrario, bregará porque la pedagogía de la seducción y el enamoramiento se conviertan en la pócima que despertará la magia del mundo encantado por el deseo de aprender, de soñar, de crecer, de saberse dueño de un saber que lo conducirá a la conquista del mundo.

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