• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: NO ME REGALEN EL AÑO

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Contrario a lo que podría pensarse, los padres de familia han alzado la voz para rechazar el inminente promoción del año escolar. Tal vez nos hallemos frente a sinceros sentimientos de pudor y razonamientos justicieros que han acercado a las familias a la comprensión del apagón pedagógico propiciado por la migración de los niños y jóvenes. Los padres han admitido que la escuela no está obligada a promover de grado per se, no obstante los obstáculos y otras realidades que han limitado el acceso a los saberes académicos.


A menudo, se asume la educación como la solución a los múltiples problemas que aquejan a los distintos grupos sociales, especialmente los de la otra orilla, la mayoría, los que pueblan las aulas públicas; sin embargo, desde una mirada más delgada, podemos observar cómo la escuela puede llegar a convertirse en el verdadero problema. Muchas veces, por el solo hecho de seguir el rigor de las políticas educativas contradice su naturaleza. Otras tantas ocasiones, adopta sin resistencia algunos lineamientos curriculares y contenidos académicos oficiales que siembran la exclusión, alimentan la desigualdad y abonan la competencia cambiando la esencia de los fines de la educación, lapidando el principio de formación de ciudadano y estimulando el éxito individual que decreta sin remedio el fracaso de los otros. Por cada primer lugar habrá un rezago de más de cuarenta alumnos que caerán en el escenario del determinismo pedagógico, ese que genera una escala perversa en el aula como refuerzo a la institucionalizada en el sistema de evaluación del rendimiento escolar.


En otra dirección, la vejez de la escuela no ha podido colocarse en línea con la Nticzación impuesta porque –entre otras razones- las ntics han permanecido ninguneadas del monopolio curricular al lado de educación ética y en valores humanos, educación artística, educación religiosa, educación física, recreación y deportes, cátedra de la paz, ciencias económicas y ciencias políticas. Hoy, esa acentuada nticsfobia está cobrando con creces la exclusión y ha estimulado un vórtice de remordimientos que ha instado a la escuela a ver la educación como es, incluso como podría ser, no como fue.


No podemos esconder que nuestras ideas, imaginación creativa y voces propositivas han quedado coaguladas del sinnúmero de inyecciones de miedo que en fuertes dosis descargan sobre nosotros los medios masivos de información debido a la pandemia. De igual manera, la escuela ha optado por deferir sus acciones a los mandatos oficiales sin someterlos a un examen pedagógico para probarles a los gobernantes que la ruina social de los usuarios de la escuela se erige como la rémora silenciosa que históricamente ha ocultado las condiciones de esta parte de Colombia que no vive, sino subsiste en el tiempo detenido. Quizás ahí radica la culpa de la escuela, guardar silencio y ayudar a pintar el cielo a sabiendas de que los maestros no manejan bien los rodillos. Tal circunstancia entrega razón para aceptar la sugerencia, o mejor, cumplir con la orden de promover a todos los estudiantes sin que medie la responsabilidad en el cumplimiento de los deberes escolares.


En realidad la escuela tiene que debatir los argumentos que habrá de esgrimir para salir bien librada del linchamiento social que se avecina. El ausentismo total en los encuentros y la no entrega de las guías de aprendizaje diligenciadas y resueltas enturbian la noble y loable decisión de evitar la desaprobación del año escolar de muchos alumnos. Se tiene noticia que entre el quince y veinticinco por ciento oscila el número de estudiantes que ha desaparecido del mapa virtual. De otra parte, han rodado videos de madres que muestran su desacuerdo por la prevista decisión, aduciendo que la escuela no debe premiar a quien no ha mostrado interés por continuar con su proceso de aprendizaje; ello implicaría castigar a los niños y jóvenes quienes de la mano de los padres y adultos en el hogar han mostrado disciplina académica y responsabilidad.


Los buenos estudiantes esperan que sus esfuerzos y dedicación lleguen a ser feraces, como también claman justicia para que la pereza e importaculismo de los otros sean castigados. Aunque este es el sentir y pensar sembrado en la escuela desde la naturalización del individualismo competitivo; ese que reconoce y exalta que por cada primer puesto habrá treinta y nueve hundidos en la frustración, tal como ya se mencionó.


A pesar de las posiciones encontradas frente a la promoción sin condición, vale la pena tender sobre el tapete de la discusión la dramática realidad de los niños y jóvenes desheredados de la historia, cuyos padres se resisten a cumplir con los mandatos de la escuela, bien sea por crasa incapacidad económica o por resentimiento social, en cuyo caso, son aquellas familias que esperan que la escuela les resuelva sus problemas formativos y hasta les llenen los vacíos en la nevera.


Ya se ha dicho que la escuela no es una pista de competencia, lo que promueve no es aplaudir ni destacar quién es el primero, ni mucho menos, apostarle al encapsulamiento académico con los que vienen detrás; claro que no, ese efecto Pigmalión tan cotidiano en el quehacer pedagógico, tendrá que pasar al paredón reflexivo durante la construcción de la “escuela de la esperanza” que vendrá sostenida en el pico del ave Fénix. Ojalá que sí.


Es imposible ocultar el diluvio de seminarios, talleres, encuentros y conferencias pedagógicas que han copado y continúan llenando las pantallas de los dispositivos electrónicos, gracias a la acción devastadora del Covid-19. Ya se ha dicho en múltiples escenarios científicos, técnicos, académicos y hasta en las charlas familiares que nos hallamos frente a una circunstancia indeseable cuya algoritmia aún permanece sin resolver en los laboratorios más connotados del planeta; sin embargo, la brusca develación en frentes sociales como la salud y la educación junto con la sisbenización de la mayoría de la población en nuestro país, nos ha convidado a unirnos en franquía para que el carácter sempiterno y monolítico de la educación pública, principalmente, ocupe las mesas de debates obligados para convertir la crisis vestida de tragedia en oportunidad; anhelo que sepulta la desutopía planteada por Peter McLaren en términos de representación de la ausencia de un sueño o esperanza para el futuro, como también la celebración política del fin de los sueños. No existe vestigio de rendición temprana entre los maestros. El aluvión de eventos pedagógicos que cada vez cobra más fuerza e inyecta mayor entusiasmo entre las comunidades de aprendizaje ya superó la satanización nostálgica de una educación diseñada a la altura e intereses de los maestros, fundada sobre el orden, la obsecuencia y el control, muy cerca de la tesis freiriana en la educación bancaria, aquella que destaca al niño como un recipiente vacío al cual el maestro tiene que llenar.


No me regalen el año, mejor inviten a todos los niños y jóvenes a integrar la algarabía de voces ingenuas que al lado de las luces sabias de los expertos, puedan transitar sin miedos ni rencores las desvencijadas calles de la democracia y construir hasta agotar el último aliento la escuela de la esperanza, con un maestro que acompañe a la futura generación a distinguir el bien del mal, un maestro que les haga crujir los huesos de la inteligencia para que la comprensión de los fenómenos políticos, económicos y culturales trascienda la simple lectura escolar; solo de esta manera, el cultivo de su enciclopedia cultural los convertirá en ciudadanos del mundo, en guardianes del apetitoso ecosistema y que sean ellos los que repitan el pensamiento angustioso de Terry Swearingen: “vivimos en la tierra como si tuviéramos otra a la que ir”.


No me regalen el año, igual tengo toda la vida para aprender lo que decida, lo que me gusta o lo que necesite, pero si usted –querido maestro- me orienta en mi decisión y me motiva para que a pesar de la extensión y expansión de la pandemia utilice mis saberes previos y mi creatividad para aportar cómo concibo la nueva escuela, me sentiría valorado y distinguido, aunque mis ideas no ocuparan espacio en el diseño del sueño pedagógico; no como hasta ahora que la tradición y la cultura escolar me han convertido en un número que hace parte de la estadística oficial, sin voz ni nombre. También es la hora del alumno, la escuela de la esperanza no podrá construirse por fuera de los intereses y necesidades de esta generación que hará lo necesario para no correr con la misma suerte del coronel Aureliano Buendía.

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