• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: MIGRACIÓN: SE ACTIVA LA DISCUSIÓN

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Valdría la pena echarle una ojeada a la paradójica hospitalidad de este gobierno, cuando por un lado los adultos huyen de sus nativos paisajes del Abya Yala dejando abandonada la miseria histórica que les han obligado a vivir, mientras por el otro, los jóvenes ofrendan sus vidas en las calles para evitar padecer los infortunios de sus mayores: ni la sangre seca sobre el pavimento olvidará su olor, ni dejará de gritar por la dignidad humana, esencia de la vida, no el cuerpo echo carne que desaparecerá sin remedio. No obstante, un considerable número de migrantes contaron con la gracia divina de unos abrazos orgásmicos que les brindaron cálida recepción y –desde luego– decente manutención. Ya el amparo legal pronto terminará su curso y ni siquiera el acento podrá mantenerlos como extranjeros puesto que saben aplazar el propio frente a los colombianos, sin contar con que tocan, cantan y bailan vallenatos igual que por acá. Desde luego que los celos olvidaron la habitual resiliencia al observar la manera cómo los vecinos regados por toda Bogotá, en número superior a cuatro mil, fueron adoptados al amparo de la Ayuda Humanitaria liderada por ACNUR Internacional y alojados en refugios y albergues cuatro estrellas, mientras los deslizamientos de piedra, tierra y lodo sepultaban casas y chozas junto con la esperanza de cientos de colombianos que no conocerán al delegado de ACNUR porque lo nuestro no excede el significado de una usual y doméstica tragedia en la cual hay que invertir recursos económicos, en tanto los migrantes constituyen una especie de lotería cuyo valor de la victimización, con una sonoridad que alcanzó los confines del globo, fue tasado tan alto como la erradicación manual de los cultivos de coca.

Pero el diluvio de oportunidades y mano tendida apenas comienza: la USAID Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos, convirtió los celos iniciales de los colombianos en rechazo desde cuando, al lado del sector financiero con el guiño del gobierno, crearon un programa para la población migrante consistente en créditos, ahorros y otros privilegios con el objeto de vincular al migrante venezolano al sistema financiero colombiano.

¿Qué pasó con la población destechada? Realmente poco o casi nada: llegaron unas compritas y doscientos mil pesos para pago del arriendo, mientras siempre, de una familia completa. Valga decir, mientras los migrantes venezolanos van ganando espacio en el mercado informal y copando las vacantes de mediana exigencia laboral. Aunque es oficioso predecir que en sus agendas ya están inscritas las ambiciones de alto rango en compañías y empresas de élite. No quiere decir que toda la diáspora cumplirá los sueños soñados. Claro que no; aún tenemos que considerar la nueva esclavitud asumida como necesidad estructural del capitalismo de hoy. En este sentido, aludimos solo al esclavismo económico iniciado con la privación de derechos laborales y libertades para organizarse y demandar condiciones dignas de vida, trato y respeto. Hablamos de la exagerada servidumbre en oficios hogareños, cuyo salario se reduce al intercambio de trabajo por techo y alimentación, razón suficiente para convertir a jóvenes y adultas en delincuentes ocasionales que hurtan los valores asequibles y se fugan en medio de la noche con el botín traducido en prendas, dinero en efectivo y cualquier otra baratija que tropiezan en la huida.


Podemos afirmar que la asidua hostilización exhibe la rancia creencia que se es superior porque el otro no puede igualarlo, al tiempo que fertiliza la práctica del hurto –sobre todo– más por venganza que por subsistencia. Así, la labor doméstica en los hogares se transforma en un campo de entrenamiento para delinquir, gracias a la inhumana atingencia contra la dignidad de los migrantes. De allí se desprende la aporofobia diseminada por todo el territorio nacional hasta convertirse en patología social, tanto por la estigmatización de los hombres como criminales dentro del rango del sicariato profesional, al igual que la cosificación de la mujer que, por efectos de la publicidad periodística, el tráfico sexual ambulatorio ha impulsado el leve crecimiento de la economía en la región. Repulsa pensar que los migrantes han sido tan marcados por la antipatía que muchos de ellos han optado por subsistir gracias a ese sentimiento. La mendicidad callejera sin horario laboral, el estropicio matutino producido por los megáfonos y los gritos de los vendedores ambulantes junto con el desfile de niñas y adultas cargando hirvientes termos de tinto, obstaculizan la mirada hacia los migrantes que ya se han posicionado merced a su formación y competencias profesionales, aunque evitan el contacto directo con sus paisanos, por lo menos en público. A veces, el repudio acezante no nos deja leer el discurso de odio aceitado que permite al grupo bien situado mantener la desigualdad estructural, subrayar las diferencias y perpetuar la identidad subordinada de las víctimas.

No hemos pasado el examen. Los colombianos hemos acentuado la xenofobia, con algún disimulo, pero alimentando la preocupación por la invasión de los espacios naturales: ya quedan pocos cerros por colonizar, los arbustos y árboles cucufates han sido desalojados de su entraña natural. Y eso que apenas ha llegado un poco más de dos millones.

Sin embargo, el gobierno nacional engrupido por la prensa internacional subsidiada por los Estados Unidos, inició una campaña de sensibilización para que los colombianos nos fundiéramos en un sincero abrazo con los migrantes afganos por llegar. Podríamos decir, que los nuevos huéspedes pertenecientes a la élite afgana contribuirán con la reconstrucción social del país desde la perspectiva cultural y con la reactivación económica en atención a que muchos de los cuatro o cinco mil que llegarán, ostentan altos perfiles profesionales y académicos. No podría ser de otra manera, si estuvieron mezclados y untados por veinte años con un segmento de la cultura gringa. Observemos que los militares norteamericanos de bajo y alto rango, no se alistan en el ejército por aburrimiento o por obligación de los padres como los colombianos, lo que equivale a afirmar que la mayoría ingresa con título académico más allá de bachiller. Todos los hombres, varones o no, son forzados a cumplir con el mandato constitucional, sin que medie su condición académica ni su situación laboral o desempeño profesional; si se rehúsa corre con la suerte de Mohamed Alí.

En nuestra sociedad sometida al Principio del Intercambio, se excluye a los innominados, a los que son vividos por la vida, a aquellos cuya circunstancia y condiciones les impiden reciprocar. No sería el caso de los afganos puesto que la hospitalidad (transitoria según USA) brindada será revertida, o mejor, pagada con saberes tecnológicos y mano de obra calificada, eludiendo el temor a la comunicación ya que, no solo leen, escriben y hablan inglés, sino que fungieron como docentes de esa lengua en universidades y Centros de Enseñanza en Afganistán.

Si los migrantes venezolanos han padecido del sentimiento aporófobo de los colombianos, a los afganos les esperan calles de honor y abrazos (a pesar de la pandemia) con loas y elogios de las damas y caballeros, quienes desde el comienzo del carnavalesco anfitrionismo exhibirán los distintivos de élite para que los distinguidos huéspedes sonrían en las fotos. Claro, no perdamos de vista la cuenta de cobro del gobierno al presidente Biden por el sustento y demás pretensiones de los célebres invitados. Tal vez el presidente Duque tema que Biden le pegue conejo en represalia por el despilfarro durante veintidós años de los miles de millones de dólares que desde Andrés Pastrana debían invertir para acabar con el narcotráfico y derrotar a las FARC. Solo entre dos mil uno y dos mil dieciséis Estados Unidos giró a Colombia la suma de diez mil millones de dólares para fortalecimiento de las fuerzas armadas. ¿Resultados? Los mismos que los del Unión Magdalena en su acezo a la categoría A del fútbol colombiano.

Como resulta de esta tibia digresión, bien valdría la pena considerar, desde otra perspectiva, los efectos inmediatos del disruptivo choque cultural hasta el componente ideológico, en el entendido de que no nos hemos librado de la desconfianza y del temor, como cualquier país del mundo con conocimiento de causa en lo político, lo religioso y lo cultural del país afgano. Tendremos que permanecer alertas mientras el presidente Iván Duque colme su avidez económica revisando su correo electrónico para constatar la llegada del pago por el servicio en el Hotel Colombia. Aunque su asidua búsqueda en el correo podría servir de apología en la narración de un cuento largo como El Coronel no Tiene Quien le Escriba.

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