• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: LOS NUEVOS MIEDOS

Por: Fare Suárez Sarmiento.

Uno de los episodios más dantescos alusivo a la devastación humana, lo hallamos en el libro del Éxodo, donde la biblia pone en contacto al hombre con el dolor y la certidumbre de la muerte, aun con eventos diegéticos que escapan tanto de la comprensión racional como de la comprobación científica. Moisés nunca pensó que las diez plagas lanzadas sobre Egipto por no dejar el faraón salir al pueblo hebreo, producirían un eco hasta alcanzar la fórmula moderna conocida como cuius regio, eius religio que vendría a significar: “quien gobierna decide a qué Dios rinden culto sus súbditos” (Bauman 2017). Sin embargo, cuando el temor por la suerte de los seres amados invade las fibras del gobernante, por muy inexorable que se presenten sus decisiones, se quiebran. Pero el activante de estas súbitas apostasías tiene sus orígenes en el miedo; como el que acompañó a Edipo cuando las plagas empezaron a consumir el pueblo de Tebas, en castigo por haber cometido parricidio e incesto. Culpa que sólo se expiaría si pagaba sus delitos y en consecuencia se liberaría a la población de la epidemia. Miedo como el que se hospedó en Florencia cuando la epidemia bubónica (la peste negra) la azotó entre 1.348 y 1.353. Evento histórico que inspiró a Giovanni Boccaccio (1.313) para la creación de los cien relatos (Decamerón) cuya acción tuvo lugar en una Villa en las afueras de Florencia, donde diez jóvenes oligarcas: siete damas y tres caballeros se escondieron de la epidemia y cada uno narró diez historias como pócima para atenuar los estragos psicológicos del encierro.


Estos fragmentos de la historia dentro de muchas otras evidencias ficcionadas en el cine, el teatro y la literatura, nos muestran el valor social del miedo, en tanto conjuga la fuerza explosiva de la masa con el temor de quien propicia los males de la sociedad. No obstante, no podemos perder de vista que el registro histórico de hechos semejantes, señalan y destacan la supina crueldad de un solo protagonista, mientras que los tiempos jóvenes nos hablan de alianzas, partidos, grupos, élites y hasta pandillas que en virtud del poder y de los diversos medios de penetración de conciencia que ostentan, transforman una marejada en tsunami o un hecho de corrupción transnacional en un simple pillaje.


Los sectores políticos de alta jerarquía en afán de preservar su condición de clase dominante y activar el ejercicio del poder desde todas sus expresiones, conquistan los canales de información de mayor audiencia entre la población. No es casual que los grupos económicos posean los medios de comunicación, puestos a disposición de los gobernantes, a quienes también inoculan su buena dosis de sumisión genuflexa. Aquí se diseña el ring donde se cuece la manipulación del pueblo, en voz de Fernando Abad Domínguez “para reducir el acto de informar al capricho convenenciero de los fabricantes de “noticias”. Es redactar corpus cercenados, al antojo de una ofensiva contra la consciencia de los interlocutores, para entregarles una visión (o noción) de la realidad deformada, desfigurada, desinformada”.


Ya los miedos no se estacionan en la pandemia, sino que se extienden hacia otras escenas de la cotidianidad; la otredad no sólo es responsable de su seguridad, sino también de la mía. El nuevo miedo se desprende de las posibilidades de muerte para ingresar en el aquí y el ahora de las urgencias más sentidas, el vecino, el amigo y los familiares aplazan sus sentimientos; el apretón de manos callejero se conforma con un toque sutil de codos y el abrazo del happy birthday queda pendiente, quién sabe hasta cuándo.


Todo un comportamiento, impostado, infundado y dirigido por los medios masivos de información para que el miedo no salga de nuestro ideario y el contagio próximo a la muerte cumpla con su inminencia. La carga subliminal inició su punto de inflexión desde el surgimiento del brote pandémico para iniciar a las masas en la acumulación del miedo y desviar la atención en la profundidad del abismo estructural en la que yace nuestro sistema sanitario.


El prometedor pensamiento acerca del futuro sufrió el contagio del sentimiento de desastre personal que distanció la relación familiar y propició el ermitañismo. El regresionismo psicológico entra en la aventura Baumaniana de la retrotopía, entendida como ese pasado lleno de alegría y sosiego que se ha resistido a desvanecerse en la memoria, a pesar del tiempo, como una válvula de escape de la vaticinada desgracia del futuro. Es ese tempo lento mental que nos acerca al pensamiento de O. Delacroix:” estoy en este momento como un hombre que sueña y que ve cosas que teme ver que se le escapan.” Tal búsqueda eudemónica aristotélica de la felicidad queda detenida, frustrada, porque al decir del citado Bauman, “el futuro se ha transformado y ha dejado de ser el hábitat natural de las esperanzas y de las más legítimas expectativas para convertirse en un escenario de pesadillas: el terror a perder el trabajo y el estatus social asociado a este, el terror que nos confisquen el hogar y el resto de nuestros bienes y enseres, el terror a contemplar impotentes cómo nuestros hijos caen sin remedio por la espiral descendente de la pérdida de bienestar y prestigio...”


No es de extrañarse que ya no expresemos temor público por los informes de la Organización Mundial de la Salud, respecto de la contaminación atmosférica, que es solo una de las dimensiones de la crisis ecológica y según la cual cada año mata a siete millones de personas. Además, según la Organización Meteorológica Mundial, el hielo antártico se está derritiendo seis veces más rápido que hace cuatro décadas, y el hielo de Groenlandia cuatro veces más rápido de lis previsto. Según la ONU, tenemos diez años para evitar un aumento de 1,5 grados en la temperatura global en relación con la era preindustrial, y, en cualquier caso, sufriremos. (La cruel Pedagogía del Virus). Boaventura de Sousa Santos, 2020.

Tendríamos que suponer que los fenómenos naturales depredados paulatinamente por el gran capital, conciernen exclusivamente a los intelectuales y líderes políticos que construyen sus discursos supuestamente para llamar la atención al mundo industrial y alertar a la humanidad de la eventual catástrofe si no se detiene la acelerada devastación de la naturaleza.


Ya estos temas de profunda preocupación planetaria se han reducido a diálogos académicos y tareas escolares en las cuales se informa y se reafirma la predicción monolítica de los expertos, sin que ello altere la cotidianidad académica. Ni siquiera la escuela se estremece frente a la inclemencia en la extracción del alma de nuestro suelo. No hay rezos ni velorios por la muerte despiadada de la tierra. A pesar de estar frente a hechos tangibles, vivibles, sensibles, la sociedad ha caído en una funesta fase de adiaforización (palabrota que mejor ilustra nuestra indiferencia ecológica) que se ha vuelto pandémica y hasta hereditaria.


En otra dirección, William Perry, citado por Noam Chomsky (Cooperación o Extinción, 2020) advierte que “hay más probabilidades de que los peligros nucleares que afrontamos hoy estallen en un conflicto nuclear de las que hubo durante la guerra fría”. Al respecto, Chomsky afirma que esta opinión está lejos de ser aislada. Todos los años, un grupo de expertos organizado por científicos nucleares actualiza el Reloj del Apocalipsis, creado en 1.947, en el albor de la era atómica, en el que la media noche significa desastre terminal para todo el mundo,.”(The Dooms Day Clock). Como vemos, el menú de eventos asoladores de la humanidad no se agota con la certeza de las letales consecuencias del cambio climático, sin embargo, pareciera como si los magnates del mundo ignoraran esta circunstancia y en cambio, mantuvieran estrecha vigilancia sobre los péndulos del reloj apocalíptico. A pesar de que la extinción ya es una sentencia escriturada, las angustias inmediatas no dejan espacio para debatir sobre ella, no hay lugar en los pensamientos de la gente porque las emergencias individuales no dan espera: los créditos, las hipotecas de vivienda y vehículo, la pensión escolar y todo lo agendado en la economía familiar que habitualmente da nacimiento a las enfermedades que causan estallidos cardiovasculares.


Es un hecho que ni el éxodo del pueblo Hebreo gracias a las plagas, ni la autoflagelación de Edipo, ni la peste bubónica de Boccaccio, ni la epidemia del cólera de Thomas Mann, ni La Peste de Camus, ni la ceguera blanca de Saramago, ni la plaga de la muerte roja de Poe, ni mucho menos la epidemia de Hong Kong en 1.894, volverán, por lo menos no vestidas con el mismo atuendo holocaustico que le dio brillo a la literatura universal. Sin embargo, estamos de acuerdo con Mark Twain cuando afirma: “La historia no se repite, pero a veces rima”.

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