• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: LOS MEDIOS: ¿CUARTO PODER? INICIACIÓN

Actualizado: jul 16

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Antes del abordaje del tema que da título a la presente reflexión, se me antoja imperativo un breve recorrido, muy tímido, quizás, acerca de la manera cómo los activistas del grupo etario juvenil han recibido crueles e infames epítetos en los que el vocablo vándalo se convierte en lugar común; así mismo la enjundia y el coraje les ha facilitado la resistencia a las violencias física desde el aparato represivo del Estado (frase de cajón de la izquierda juvenil del setenta) y moral desde las voces e imágenes de los medios de comunicación. Razón suficiente para ocuparme del valor de la prensa como cuarto poder en Colombia, reflexión que tendrá lugar en la siguiente ocasión.


El ejercicio del poder mediático responde hoy a la efervescencia política erigida con la inminente extinción del neoliberalismo. Dicho poder se ha constituido en instrumento pedagógico de difusión de la ideología del sistema y de alienación de los ciudadanos, tarea sencilla por el solo hecho de que resulta más fácil provocar la explosión de emociones que estimular la inteligencia. Llegar al fondo del corazón para llenar de sombras la razón ha sido el fundamento de la retórica de los medios de comunicación. El manejo de las incertidumbres tangibles y el constante acento en la desesperanza, atrapan las voluntades hasta entronizar las tesis de los que ostentan el poder. Mecanismo antiguo de preservación, un poco modernizado con la combinación del terror de Estado junto con la manipulación informática al servicio de la élite oficial. Medios capaces de estructurar formas públicas de sentimiento, de engendrar oídos y vistas, que a su vez se hipostasian como productores de sentido común que alberga la verdad unívoca, enunciados vestidos de paremias que no admiten la revisión o el análisis del pueblo.


La invención del mantra izquierdista, aludiendo a la hecatombe socioeconómica de Venezuela, principalmente, ha sido una de las armas publicitarias que ha calado en el sentir y el ser del colombiano. El hecho de tender la mano a los inmigrantes y expresar la misericordia bíblica en todas sus formas con los niños, mujeres embarazadas y discapacitados, pareciera constatar con fuerza de certificado oficial, la inminencia de una catástrofe social, económica y política, gemela con los venezolanos. El pánico cunde en las esferas media y media alta. Los propietarios de la mediana industria, los pequeños productores y los asalariados piensan en los horrores de esa aventura, condición de vulnerabilidad que los convierte en fuerza solidaria con la élite de poder, promotora del desequilibrio emocional a través de sus empresas de medios.



Los aspirantes a los peldaños de poder político del gobierno no necesitan iniciar enormes despliegues de campañas electorales, los medios lo hacen todo al verter sobre la conciencia de un extenso bloque de votantes el caudal de sangre, tormentos, expropiación y miseria que devendrían si apoyan las aspiraciones políticas de cualquier candidato alternativo, llamado por los medios de comunicación eufemismo ideológico por ultraizquierda. No hay duda de que el riego del pánico colectivo alcanza hasta tocar las puertas de la esperanza de los pobres, quienes evitarían a toda costa hurgar en las basuras cualquier comestible que lo ayude a mitigar el hambre, de acuerdo con las imágenes dantescas de diaria ocurrencia en las calles del vecino país que exhiben sin descanso los mass media.


Resulta que muchos creyeron que con la firma del acuerdo de paz con las Farc la siembra de minas asesinas cesaría. Algunos, cuyo escepticismo les impidió tocar las palmas, se han mantenido postrados en las ventanas como centro de observatorio deduciendo las edades de los que caen contra el piso impulsados por las balas u otros artefactos bélicos de uso exclusivo del aparato militar. Hubo extracción de las minas quiebrapatas, es cierto, pero mucho peor ha sido su remplazo: un lenguaje que riega odio sobre el fértil terreno minado donde el espíritu violento recibe la carga subliminal sin horario de censura de emisión. La noche, la madrugada, la mañana, la tarde, los colombianos se hallan a merced de una retórica incendiaria, reiterativa y compartida por los grupos de poder que ha empezado a surtir sus funestos resultados: innumerables entierros prematuros que surcan calles polvorientas pisadas con zapatos baratos, que no alcanzan a despertar dolor general ni inyectar la debida catarsis porque lo humano se traduce en frías e inauténticas cifras que desactivan los sentimientos de conmiseración frente a la muerte de púberes, adolescentes y jóvenes, cual delito ha sido levantarle la falda a la ignominiosa exclusión social y la condena histórica a la pobreza.


La burguesía criolla necesita activado el paro, los falsos patriotas soplan la leña del incendio para producir rechazo y desilusión popular, mientras el partido de gobierno derrama toda la culpa sobre los bloqueos y el pueblo admite tal responsabilidad hasta el grado de aceptar el alarmante incremento de los alimentos y bienes de consumo ordinario. Esta retórica guerrerista saca a la gente de su pasiva cotidianidad y la enfrenta a los jóvenes participantes. Los medios cumplen así su objetivo, cámaras y micrófonos encienden la ira de los afectados quienes riegan sus sentimientos hasta donde llegue la publicación. La estrategia se asume como el complemento insidioso que contribuye a que el pueblo guarde silencio frente al tajante negacionismo del presidente de la república a la firma de los acuerdos, lo que arrojará sin remedio el desaliento y debilitamiento moral de los activistas. Claro, contamos con la certeza de que la reactivación de las movilizaciones será un hecho enmarcado en la experiencia de lo actuado.

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