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PALABRA DE MAESTRO: LOS HUÉSPEDES DE LA CLASE MEDIA

Por: Fare Suárez Sarmiento.

Entre las incertidumbres que acosan a la clase media se cuenta la certeza de que el ascenso académico mediante la abundancia de créditos profesionales no es suficiente para alcanzar la distinción social y el crecimiento económico.


Antes de avanzar, considero oportuno precisar que usamos el concepto de clase media, en términos propuestos por Carlos Marx quien dio los elementos teóricos para definir una y otras clases antagónicas limitándose a enunciar en sentido histórico la existencia de clases intermedias o capas medias que acabarían siendo absorbidas por el proletariado. Lo anterior, en atención al desuso en el que se encuentra la estructura de la pirámide social diseñada por Marx, aunque de gran utilidad para la presente reflexión.


El desenfreno por salir del secuestro histórico de la pobreza convierte a la clase media en el segmento más vulnerable de la pirámide social. Tanta es su debilidad que la comunidad de su estrato entra en la fase de recriminación silenciosa y de rechazo, cuando constata la migración la cual asume como una traición de clase.


Tal es el valor del culto a la conformidad, que muchas veces obstaculizan las posibilidades de cosecha económica, si estas tienen su fuente en las élites dominantes, muy distinto cuando la fortuna individual brilla para los deportistas de quienes se sienten representados sin importar la acumulación vertiginosa de capital y la asidua aparición en los medios masivos de información. Los celos, la envidia son remplazados por el afecto en aquellas circunstancias donde el afortunado reconoce su cuna y les sonríe y saluda a través de las pantallas. El éxito se colectiviza y las frustraciones toman un descanso porque bien saben que el dinero no logrará arrancarlo de su historia. Y es que la ofensa de clase tiene su causa en el abandono de la misma.


Existen sobradas razones para que los temores se acentúen en la conciencia de la clase media, sobre todo el segmento de los jóvenes que tuvieron la oportunidad de ingreso a la educación superior. Y es que la visión de una movilidad social ascendente guiada por la educación que neutralice las toxinas de la desigualdad haciéndolas soportables y convirtiéndolas en inofensivas, y la aún más desastrosa visión de la educación utilizada como medio para mantener en activo la movilidad social ascendente, son ahora dos visiones que están empezando a evaporarse de forma simultánea. Y con su desaparición aquella excusa propiciada y usada de modo común por nuestra sociedad en su esfuerzo por justificar sus injusticias, se va a encontrar en un serio aprieto, de acuerdo con Sygmunt Bauman en conversaciones con Ricardo Mazzeo, (p.82). Tres vertientes empezaron a colisionar: los privilegiados que lograron incursionar en el tejido de la clase dominante a partir de enlaces de sangre y en poco tiempo comenzaron a reducir sus ínfulas de gloria porque finalmente se percataron que el matrimonio une personas, no riquezas. Otros, que permanecen estancados en la clase media mantienen una pugna con los grupos en ascenso, una lucha para evitarles la movilidad, quienes al tiempo aceitan su individualismo y reciben sin reparos la ola publicitaria del capitalismo que redunda en afirmar la inexistencia de las clases y de paso contagiar a la nueva generación con el entusiasmo del éxito económico a través del empresarismo. Así, el neoliberalismo promulga la sociedad de bienestar cuya medida se expresa por los niveles de consumo y del espejismo del moderno cliché calidad de vida, traducida en casa, carro y deudas.


Los nuevos profesionales no agendan las incertidumbres del futuro; apenas han entrado al mundo de la esperanza, de la ilusión, aunque también de la impaciencia. Eventos que los vulnerabilizan aún más, al tiempo que los sitúan en una realidad que pocas veces fue objeto de análisis durante la academia.


Al explorar el hiato financiero que se abre entre los privilegiados y los desafortunados, notamos el recrudecimiento de la lucha intestina entre los sujetos de la misma clase. El acceso a prometedoras condiciones de vida derivadas del empleo digno y bien remunerado, enciende el menosprecio del otro y estimula el fatalismo individual. Se recrudece el sentimiento de la desafiliación social, acompañado del aciago regreso a la que Gramsci denomina clase subalterna para referirse al pueblo en su estado primario. Aparece –entonces– el filo de la culpa como otro miedo material conectado con la inminente frustración familiar al comprobar que los sacrificios para adquirir los títulos profesionales no sirvieron en los afanes de huir del escalafón de los innominados. El título universitario garantizaba prosperidad y bienestar que se expandían hasta familias de segundo grado de consanguineidad. Hubo momentos en que la competencia la llevaban las mujeres en cuestiones materiales, posesión de bienes con marcas extranjeras y viajes vacacionales que probaban el éxito. Los hombres –en cambio– se preocupaban por el ascenso que pudiera ser impulsado por sus conocimientos y habilidades, como una forma de ratificar el individualismo.


Cuando los privilegiados prolongan su éxito personal corren el riesgo de caer en una especie de narcisismo laboral que en lugar de reforzar su desempeño, estimula sentimientos adversos entre los demás. Y cuando sobreviene el derrumbe por la pérdida del privilegio, aquellas envidias silenciosas, se activan en comentarios sarcásticos que recuerdan, que a partir de ese instante el sueño se convertirá en pesadilla.


El consumismo esquizofrénico constituye el otro elemento de degradación de la conciencia de la clase media. La competencia exhibicionista de bienes y objetos de ultramar configura un mundo mental desierto de valores éticos y de prácticas morales, remplazado por la fantasía de las sedas finas y los aromas excitantes, sin saber que “por más que escudriñen el cielo con los telescopios no logran ver a Dios”, de acuerdo con Fernando Savater (1.997).


Pero cuando se presentan los relevos, las tres clases asumen roles distintos. La todoteniente simula pesar y desea mejores vientos a los compungidos afectados. La clase media festeja la falsa llegada de nuevos miembros a la élite social, en tanto que la clase baja glorifica a Dios por haber devuelto a su seno a un hijo prestado a la clase media. Aunque no todo se puede contar de manera literal. Muchos llegan para quedarse y hasta con la ilusión de ascender, aunque la historia les confirme que aún pervive la lucha de clases.

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