• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: LO QUE VIENE, APENAS VENDRÁ

Actualizado: jul 19


Por: Fare Suárez Sarmiento.

Se puede constatar sin mucho esfuerzo que el parcial estallido social e inminente caída de algunas decisiones políticas de gobierno han sumido en la soledad al presidente. Los pocos aliados cuyo capital político e intereses económicos pudieran verse amenazados, han tomado tiras de la bandera del partido que los convoca y cada quien ha tratado de desvirtuar la magnitud del paro nacional extrayendo el árbol para tratar de ocultar el bosque. Pero no es el árbol victimizado, traducido en un puñado de las fuerzas represivas del Estado que han sido alcanzados por las piedras u objetos, únicas armas de lucha contra el poder estatal, lo que verdaderamente ha estremecido al pueblo colombiano; tampoco lo es –y resulta prudente mencionarlo– las torturas, las desapariciones y los asesinatos de un considerable número de jóvenes que ha ofrendado su vida para que su sangre sirva de materia prima, abono insurrecto de la resucitación de la otra Colombia. El estremecimiento de la gente, aunque muchos en voz baja, late en el coro altisonante que refuerza la indignación juvenil, en la resistencia y espíritu beligerante que hierve y se agiganta con el paso de los días. A pesar de que los adultos ya dejaron de sentirla debido a la fuerza de la costumbre, se atreven a hacer sentir sus pasos en las calles, plazas y avenidas, no importa si marchan con careta en vez de mascarilla.


Esta generación sabe bien que se han perdido varias oportunidades de refundación del país. Las Farc, el M19, el ELN, principalmente, desde su forma y contenido de la lucha, centraron y concentraron sus estrategias en la lucha de clases y la reconfiguración de la pirámide social, constructo ideológico de Marx, con apego a los principios maoístas. Lo problemático de aquellas batallas quijotescas alude a la escasa conexión con el pueblo, solo células de encomiable formación ideológica trataban de urbanizar la lucha convirtiéndose en blancos inequívocos de los órganos de inteligencia militar y policial, quienes desgranaron poco a poco la enorme y fructífera cadena de aquellos abnegados líderes de los grupos de estudios marxistas-leninistas y demás fuentes inspiradoras de la izquierda radical.


Esta generación, disímil en sueños y visión de mundo, conoce la historia, sabe muy bien que no habrá posibilidad de erguir la dignidad y ocupar un espacio decente dentro de la sociedad sin seguir innominado, ninguneado, mientras no les arrebaten el poder político a los burócratas de los partidos de gobierno. No piensan copiar el mal ejemplo de las generaciones anteriores, quienes les decían adiós a sus esperanzas en los cementerios. Desde Gaitán, Colombia aprendió a soñar, los ancianos y los adultos menos viejos también aprendieron a sepultar sus odios cada vez que acompañaban a la tumba alguna de las pocas voces que se atrevieron a desafiar el poder hegemónico y fascista de la clase dominante.


Tal vez pequemos de triunfalistas frente a la presente ocasión de refundar el país, pero es la forma de ir venciendo los miedos y de acumular el optimismo necesario para derribar los muros de la exclusión, recuperar la confianza para salir del ermitañismo político y conjurar las estupideces que nos impiden acercarnos. Tal vez no pensemos aún en una unidad ideológica que nos conduzca al diseño de una ruta donde se crucen y amalgamen el aquí y el ahora que produzcan el estallido del “basta ya”. Lo único cierto es que a partir del pasado reciente veintiocho de abril los ricos de Colombia necesitarán más que un somnífero para conciliar el sueño. Cada apellido deberá estar pensando en cómo sería ese proyecto país que inunda la cabeza de los marchantes; seguramente se preguntarán mientras luchan contra el desvelo, cuál sería el lugar que le permitirían ocupar dentro del croquis socio- económico que merodeó por mucho tiempo las mentes de Bateman, de Pompo Jacquin y del mismo Petro.


Nos resulta oportuno convidar al poeta Ospina para que nos refuerce cómo nuestra indiferencia ha cultivado la construcción de un mundo en el que se encargan de nuestra obediencia mediante los mecanismos pavlovianos de la publicidad, y de nuestra voluntad gracias a la eficacia ineluctable de los medios de comunicación. Pero ¿qué es su fuerza sino nuestra debilidad?, ¿qué es su poder sino nuestra docilidad?, ¿qué es su triunfo sino nuestro fracaso? De algo si estamos seguros, el nuevo proyecto de país ya cuenta con la inyección material del conocimiento de las causas que han de provocarlo. Y aunque apenas se cuenta con su diseño, sería prudente y absolutamente necesario abrir el debate acerca de la suerte de los secuestradores infames de los derechos naturales, políticos, culturales y constitucionales del noventa y nueve por ciento sobre quienes se ha escrito la historia de este país desde la falsa emancipación del yugo español.


Es cierto que la sangre que bañó los campos colombianos desde 1.945 hasta 1965 fijó el futuro del país, y no podría ser de otra manera en atención a que los protagonistas de aquel cruento derrame, siguieron enrutando nuestro destino a través del préstamo correligionario del poder o sencillamente haciendo uso del estilo de gobierno endogámico, porque, la clase baja, tan cosificada por ellos, no solo padecía de la pobreza por designio divino, sino además mantenía el anhelo mixofílico, como su sueño para salir de ella. Ese ha sido el error de la clase media, creer que puede romper la tradición homogámica de los ricos y colarse con el cursi pretexto del amor entre las redes monolíticas de una clase que requiere esas competencias, le reconoce en silencio su impulso creativo, pero su desempeño tiene fecha de vencimiento. Y –desde luego– la proximidad sentimental con alguien de su clase acelera la caducidad de tal desempeño.


Las calles y las plazas son los escenarios naturales de expresión del deseo de transformación de nuestra realidad inaccesible por otra donde quepamos todos los colombianos. Los gritos, las consignas y la defensa de los ataques homicidas de los organismos represivos oficiales, constituyen los únicos –aunque valiosos– instrumentos de lucha para sacudir al gobierno e internacionalizar el conflicto socio- político hasta mostrarle al mundo la miseria social del noventa y nueve por ciento de las familias colombianas. Recordemos que ya la clase media inició su descenso obligado por haber sido considerada como enemigo potencial que puede aproximarse al poder. La oligarquía criolla la ha mantenido a raya como la némesis política que ha venido incursionando en espacios masivos y desde allí conquistando peldaños en las corporaciones públicas, aunque locales.


Es una pena que aún estemos lejos, pero constituye una gloria, un honor, un regocijo y una muestra del fervor ancestral indígena, haber robado la atención planetaria con el estrujamiento provisional del orgullo, la soberbia, la vanidad, el latrocinio y el falso poder de la oligarquía nacional. ¡Lo que viene, apenas vendrá!


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