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  • Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: LA REVOLUCIÓN EDUCATIVA EN LA NUEVA AGENDA POLÍTICA

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Las reflexiones y los debates se encuentran a tono con el momento histórico que estremece a la política nacional. Pocos son los escenarios que osan omitir el tema dentro del orden del día. Tal vez, el desasosiego late debido a las propuestas reformistas de los demás frentes sociales. Desde el actual sistema operativo de atención en salud, hasta la creación del campeonato profesional de fútbol femenino, siembran un aliento esperanzador en el pueblo colombiano; a diferencia del otro pedazo de país que seguirá construyendo muros de resistencia frente al vértigo del espíritu transformador del presidente Petro.


Aunque la reflexión sobre el impacto social del vigente proyecto educativo no ha

contado con los decibeles de volumen requerido, las expectativas entre los maestros y los administradores locales continúan en ascenso. Ya no asistimos al derrame de lágrimas falsas por el último lugar en el peldaño educacional del país.


Nadie reparte culpas por habernos dejado superar del Chocó. En esta coyuntura, la efervescencia que trae el sonido de cambios, en lugar de mantenerse en pleno

y constante debate interno, la diluyeron en espumas que no alcanzaron a dejar huellas en la convocatoria regional inclusiva. Aún pienso que fuimos un auditorio

decente que asistió a un concurso de chistes.


Si no se escucha la voz del maestro desvistiendo la realidad del aula, al lado del

efecto que causa en los procesos de formación del sujeto; si los obstáculos administrativos y las interferencias pedagógicas no se tienden sobre la manta de

la escuela real; si el maestro no se reconoce como inadaptado para ingresar al universo de ese otro niño; si el maestro no lee el mundo y comparte su lectura en la escuela, no habrá reforma que incinere ese pasado que amamos tanto, pero que impide que saltemos al futuro, apenas con el impulso del presente.


Si los niños y jóvenes no exhiben sus talentos y la escuela los ignora y sepulta; si

no expresan sus gustos y disgustos; si no pueden compartir las creencias y postulados de su religión, distinta de la impuesta por la escuela; si los niños y jóvenes son forzados a guardar silencio y cuando se exceden en el tiempo de uso de la palabra son sancionados, no habrá reforma que los dote de las armas del saber pertinentes para combatir la pobreza y hallar un lugar digno en la enciclopedia de la sociedad.


Si el currículo lo siguen diseñando y construyendo los expertos, basados en el éxito de Finlandia, de Singapur, Japón o China, sin desinfectarlo de esa sospechosa xenofilia, no habrá posibilidad de que los mismos colombianos alcancen a conocer y valorar la existencia de nuestra Abya Yala.


Si la escuela no escucha el clamor social; si el olor de la sangre que circula por las

calles, bañando niños, hombres, mujeres, ancianos, y esparciendo el odio entre los ciudadanos; si la indiferencia y el desprecio por los males de la otredad, habilitan y estimulan la estrangulación de la seguridad personal; si el currículo no cede un amplio espacio para la interiorización de la disciplina social y el respeto por la vida, seguiremos llenando los rincones de las ciudades de cámaras, de detectives encubiertos, de policías y, ya casi, de militares.


Si la delincuencia funda sus propias escuelas para formar criminales y alcanzar

altos niveles de perfección y éxito en la comisión de delitos, la sociedad crea las

escuelas para fortalecer el concepto de ciudadanía, del cual derivan las normas que cimientan la probidad, la honestidad, el respeto y la sana convivencia; fundamentos claves para la extinción de la enseñanza delictiva; pero si la escuela fracasa en el difícil tránsito de la teoría conceptual hacia la práctica, los alumnos desertan y aquella escuela lucirá como una alternativa para extinguir los dolores de la vida.


Si los planes y proyectos de estudios estandarizados siguen de la mano de los derechos básicos de aprendizaje, en una clara exclusión de los niños y jóvenes, cuyo talento e ingenio excepcional desbordan los trazados obligatorios de aprendizaje, disimulados como “derechos” ; si los estándares no se reconocen en el espejo multicultural y en la otra Colombia, la del mapa que borra sus municipios, veredas y caseríos por pura e ilegítima vergüenza política; si los estándares en Bogotá son idénticos para Uribia, Guajira, Cumaribo en Vichada y Alto Baudó, la condena al más ignominioso olvido será perpetua.


La nueva eutopía debe sumergirse en los cimientos de la verdad educativa nacional. Es sobre los hechos y proyectos de enseñanza fracasados, que el ideal de Petro debe diseñar el smoking con el cual se sepultará la utopía. El país necesitará décadas de ejercicio experimental basado en la prueba-error, hasta subirse al podio y codearse con Canadá, Singapur y a un ladito de Japón.


Es tiempo de pensarnos. La reflexión en el centro de la comprensión de la reconfiguración del mundo, nos conducirá a la toma de decisiones respecto de la ruta que ha de trazarse para que el aprendizaje salga del discurso pedagógico fundado en los términos pertinente, relevante, significativo, motivante y utilitario. Cada uno de esos vocablos encierra una polivalencia semántica que provoca el debate. Con la participación de los demás actores educativos el significado se pluraliza y se enriquece el valor dentro de la pedagogía. El padre, desde su perspectiva, expondrá sus intereses en lo alusivo a lo que desea para su hijo. Y todos los miembros de la comunidad de aprendizaje aportarán sus visiones de mundo, definirán el tipo de ciudadano que desean la familia y la ciudad, sin ignorar la importancia de las demandas del mercado. Llegó el momento de la construcción colectiva del proyecto educativo institucional. La inmoralidad de pagar para que lo hicieran algunos mercaderes educativos, es un hecho del pasado. Participar, producir, proponer; en una palabra, empoderarse, es un deber moral de la comunidad de aprendizaje. Desde el rector hasta el personal de servicios generales deben constituirse en agentes de saber que orientan los procesos de formación desde su función y compromiso laboral. La autorregulación convivencial se afana por tomarse la escuela. Los manuales, los códigos legales y toda la jurisprudencia en materia educativa, serán subsumidas por los actos de habla sustentados en la teoría de la comunicación pragmática, convertidos en actos compromisorios. Los actos ilocutivos y perlocutivos fortalecerán el terreno

dialógico entre la comunidad de aprendizaje. La promoción del entendimiento, de

la admisión de la culpa y de la aceptación de la disculpa, conducirán al sepulcro el castigo, la ofensa y la defensa, el odio y el rechazo. En cambio, brillará el

consenso, el acuerdo, el respeto y la autocorrección del error. Así suena el grito

eutópico de Petro, para la nueva Colombia.

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